Madrid no necesita alcanzar los 50 grados para convertirse durante algunas semanas del verano en una ciudad extremadamente difícil de habitar. Conviene empezar por esa precisión porque el cambio climático es demasiado grave para combatirlo con exageraciones fácilmente desmontables. Ninguna proyección solvente permite afirmar hoy que en 2050 la capital vaya a registrar habitualmente temperaturas del aire superiores a 50 ºC, pero los escenarios disponibles dibujan algo suficientemente preocupante: un Madrid considerablemente más cálido, con episodios extremos más frecuentes, noches más difíciles para recuperar el organismo y una población envejecida sometida a un estrés térmico cada vez mayor.
Un informe realizado por AXA Climate y presentado por la Fundación AXA en junio de 2026 estima que, si se mantiene la actual trayectoria de emisiones y calentamiento, las temperaturas máximas de Madrid podrían incrementarse entre 5,2 y 5,5 ºC durante los próximos 25 años, aproximando el clima de la ciudad al que hoy tiene Marrakech. Como referencia, el observatorio de AEMET en El Retiro mantiene un máximo histórico de 40,7 ºC, alcanzado en agosto de 2021 y también registrado en junio de 2019 y julio de 2022. Esto no significa que podamos sumar mecánicamente cinco grados al récord y anunciar 46 o 50 grados: las proyecciones climáticas no funcionan así. Significa que toda la distribución de temperaturas se desplaza y que los episodios que hoy consideramos excepcionales pueden convertirse en mucho más habituales.
Un estudio científico que modelizó la evolución de las olas de calor en Madrid bajo un escenario de emisiones muy elevadas calculó para 2050 alrededor de ocho olas de calor anuales, con una duración media aproximada de cuatro días y medio. Su resultado no predice 50 ºC como temperatura habitual, pero sí un enorme incremento del tiempo durante el cual la población estaría sometida a valores asociados a un aumento de la mortalidad.
Una ciudad puede ser inhabitable sin alcanzar los 50 grados
La temperatura que aparece en un termómetro meteorológico tampoco describe por completo el calor que soporta una persona caminando por una plaza sin sombra. Importan la radiación solar, el viento, la humedad, las temperaturas de las paredes y pavimentos y el calor acumulado durante el día que la ciudad devuelve durante la noche. El IPCC estima que la propia isla de calor urbana puede añadir alrededor de dos grados al calentamiento local y destaca que el sombreado es decisivo porque reduce la temperatura radiante que recibe directamente el cuerpo humano.
Por eso una plaza mineral puede tener pavimentos que superen ampliamente los 50 ºC aunque el aire esté diez o quince grados por debajo. Los experimentos con diferentes pavimentos han encontrado que el asfalto convencional se encuentra entre las superficies urbanas que más se calientan, mientras los suelos vegetados y determinadas superficies permeables o reflectantes presentan comportamientos considerablemente mejores.
El verdadero peligro de Madrid en 2050, por tanto, no es una fotografía espectacular de un termómetro marcando 50 grados en la Gran Vía. Es algo mucho menos cinematográfico y mucho más grave: semanas consecutivas durante las que trabajar en la calle resulte peligroso, noches tropicales que impidan descansar, viviendas antiguas incapaces de disipar el calor, colegios convertidos en hornos antes de terminar el curso, personas mayores encerradas durante horas y barrios pobres considerablemente más calientes que aquellos donde abundan los árboles y las viviendas climatizadas.
El error sería esperar a comprobarlo
Madrid tiene oficialmente una hoja de ruta que pretende reducir sus emisiones un 65% en 2030 respecto de 1990 y alcanzar la neutralidad climática en 2050. También dispone de un enorme patrimonio verde: el Ayuntamiento contabiliza más de 6.000 hectáreas de zonas verdes municipales y casi dos millones de árboles de titularidad municipal, de los que unos 260.000 se encuentran en las calles.
El problema es que contar árboles no equivale a disponer de sombra donde hace falta. Un gran parque periférico no protege a una persona que a las cuatro de la tarde espera un autobús en una avenida completamente mineralizada. El desafío de las próximas décadas consiste en introducir naturaleza precisamente donde ahora predominan asfalto, piedra, hormigón, coches y fachadas que reciben horas de radiación solar.
El IPCC considera robusta la evidencia sobre la capacidad de árboles urbanos, bosques, cubiertas y fachadas verdes para reducir el calor mediante sombra y evapotranspiración. Pero advierte también de que la eficacia depende de dónde se planten, su densidad, la disponibilidad de agua y el diseño de la ciudad. No basta con plantar miles de ejemplares en una operación propagandística; hay que garantizar que sobrevivan hasta convertirse en árboles capaces de proyectar verdaderas copas de sombra.
Marrakech no es una metáfora
La comparación con Marrakech debería sacudir la política madrileña porque obliga a pensar la ciudad con un horizonte de décadas. Cada plaza que se reforma ahora, cada colegio construido, cada calle pavimentada, cada árbol eliminado y cada aparcamiento subterráneo que impide plantar vegetación de gran porte condicionará el Madrid de 2040 y 2050.
No sabemos si algún día el observatorio de El Retiro marcará 50 ºC. Lo que sabemos es bastante más importante: el calentamiento acumulado depende fundamentalmente de cuánto CO₂ sigamos emitiendo y detenerlo exige alcanzar emisiones netas cero de ese gas, además de reducir profundamente metano y otros gases de efecto invernadero. Si después se mantienen emisiones netas negativas de CO₂, la temperatura global podría descender lentamente, aunque fenómenos como la subida del nivel del mar continuarían durante siglos.
Madrid todavía puede evitar los peores escenarios, pero hay una condición incómoda: las decisiones que determinarán cómo se vivirá en 2050 tienen que empezar a tomarse mucho antes de 2050.
El peligro no consiste en que un día Madrid alcance una cifra redonda y aterradora. Consiste en esperar a que la ciudad sea insoportable para comenzar entonces a preguntarnos por qué no la preparamos cuando todavía teníamos tiempo.
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