Guardiola entrega el poder a los ultras

La presidenta popular extremeña gana holgadamente y certifica el hundimiento del PSOE, pero a costa de vender su tierra a la secta trumpista de Abascal

22 de Diciembre de 2025
Actualizado a las 17:13h
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María Guardiola, presidenta de la Junta de Extremadura
María Guardiola, presidenta de la Junta de Extremadura

María Guardiola había convocado elecciones anticipadas para tratar de lograr la mayoría absoluta y no tener que depender de Vox para aprobar los Presupuestos. No lo ha conseguido. Al contrario, pese a que sube un escaño (29), no ha hecho más que engordar al partido ultraderechista, que pasa de 6 a 11 diputados. De esta manera, la lideresa extremeña vuelve a la casilla de salida, pero más rehén que nunca del partido neofascista. No solo es una maldición para la subsistencia del Estado de bienestar, también para la salud de la democracia, amenazada por un Santiago Abascal cuyas delirantes políticas de retorno al pasado salen reforzadas del fiasco organizado por la señora presidenta.

“Claro que ha merecido la pena”, se jactaba Guardiola, anoche, mientras celebraba la victoria con sus militantes. Su ceguera política sigue siendo pasmosa. Presume de haber dado el golpe de gracia al sanchismo, cuyo cabeza de lista, Miguel Ángel Gallardo, pasará sin duda a la posteridad como el enterrador que dilapidó el tradicional granero de votos socialista, cosechando el peor resultado de la historia, un descalabro sin precedentes. Sin embargo, se niega a ver la realidad, que no es otra que a partir de ahora será rehén de los ultraderechistas. Que abandone toda esperanza de legislar según su programa político. Si quiere conservar el poder, tendrá que pasar por demasiados aros de ignominia, como blanquear el franquismo, acabar con el feminismo, echar a miles de inmigrantes de la comunidad autónoma, privatizar la Sanidad pública, liquidar las medidas de protección del medio ambiente y lucha contra el cambio climático, cerrar el grifo de las ayudas a las asociaciones cívicas que Vox considera “chiringuitos”, propalar el odio a Europa, hacer suyas las ideologías conspiranoicas, anticientíficas y negacionistas y secundar las querellas de Manos Limpias, el sindicato nostálgico del régimen anterior que le hace el juego sucio a Abascal (su último triunfo llevar al banquillo de los acusados al propio Gallardo por el caso de la plaza de músico adjudicada al hermano de Pedro Sánchez en la Diputación de Badajoz). O sea, más trumpismo nacionalista como ya está ocurriendo en el resto del país y en buena parte de la UE. ¿Acaso no es eso una victoria sin paliativos del nuevo fascismo tuneado? No es como para brindar con champán, más bien para ir preparando el funeral de la democracia.

Extremadura es una comunidad autónoma atravesada por el mundo rural. No se puede ganar elecciones allí sin seducir a las gentes del campo y ese olvido del agro explica, entre otros factores demográficos y sociológicos, el brusco viraje desde el socialismo hasta el nuevo populismo neofranquista. Esa transformación vertiginosa tiene mucho que ver con el malestar de la España vaciada, de la España profunda que duerme el sueño del pasado ajena a la modernización, mejor dicho, una realidad que Pedro Sánchez no ha sabido afrontar en los últimos años de Gobierno de coalición. Guardiola, una líder populista que comparte buena parte de su ideario político con Vox, ha sabido conectar con esa corriente subterránea de malestar popular. Su vodevil de campaña –“nos están robando la democracia delante de nuestros ojos” tras la sustracción de 124 papeletas emitidas por correo en el recóndito pueblo extremeño de Fuente de Cantos–, define a la perfección quién es esta mujer. Sembrar las sospechas de pucherazo en un sistema electoral como el español, que figura entre los diez más limpios, seguros y garantistas del mundo, rezuma trumpismo por los cuatro costados. Es propio de golpistas que no respetan las reglas del juego democrático.

María Guardiola, una mala copia o clon de Isabel Díaz Ayuso, llegó al poder prometiendo que jamás pactaría con Vox. Hoy ya negocia, a toda prisa, su investidura con los de Abascal. Todo por la poltrona. Los extremeños la han votado simplemente porque odian a Sánchez. Desde ese punto de vista, sigue estando a prueba. Es solo cuestión de tiempo que Vox termine comiéndose al PP, consumando el “sorpasso” y llenando las instituciones de toreros y caciques, de catetos y señoros. El votante es soberano y lo que ha salido de las urnas es la expresión más directa de la voluntad popular. Lo cual no significa que el bifachito de derechas que emerge de la negra cita electoral del domingo sea lo que más conviene al pueblo. El tiempo pondrá a cada cual en su lugar, como está ocurriendo en otras comunidades autónomas gobernadas por el PP. Ya llegarán los escándalos en hospitales privatizados como los de Madrid y los desmanes en la Sanidad pública como el caso de las mamografías en la Andalucía de Moreno Bonilla; ya llegará la próxima oleada de incendios para los que Extremadura no está preparada por culpa de los recortes en los servicios de bomberos y Protección Civil (como también ocurre en la Castilla de Mañueco); ya llegarán las riadas y danas consecuencia del cambio climático negado por Vox que se ha llevado por delante a Carlos Mazón en Valencia.

Abascal va a hacer presidenta a la baronesa popular extremeña, pero al mismo tiempo que le entrega la vara de mando le pondrá los grilletes de cautiva y desarmada. Ella, que no tiene demasiadas luces ni bagaje intelectual (así son las nuevas divas pop que salen de los laboratorios de FAES), seguirá zapateando alegres villancicos navideños al ritmo de la zambomba flamenca. El odio a Sánchez está en plena efervescencia y es tal que el pueblo se lo perdona todo a la presidenta, incluso la infamia de que haya colocado a su primo el chófer condenado por violencia machista. Pero el odio pasará y quedará la hermosa tierra quemada por las devastadoras políticas del PP. A disfrutar de lo votado. Quedan algunos brotes verdes, como el tímido resurgir de la izquierda real de Irene de Miguel y el testimonial triunfo del PSOE en Jarilla, epicentro de los incendios forestales de este verano. Allí ya huelen la chamusquina que van dejando los ultras. 

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