Tras meses de bloqueo, de trumpismo y filibusterismo barato, Feijóo tendrá que pasar por Moncloa, que es tanto como pasar por el aro. Una derrota sin paliativos. El líder del PP se verá las caras con el presidente del Gobierno la próxima semana. Y no solo para hablar de la crítica situación internacional, al borde de la Tercera Guerra Mundial; también para debatir sobre asuntos de política nacional, interna, doméstica. No querías, pues toma dos tazas, Alberto.
La reunión crucial entre Pedro Sánchez y el jefe de la oposición es una claudicación sonrojante para el Partido Popular. Feijóo había construido toda su estrategia política sobre una premisa clara: ponerle un cordón sanitario al PSOE, mantener distancias con el “Número 1”, según suele calificar él mismo al jefe del Ejecutivo tratando de implicarlo en la trama corrupta Koldo. Ha mentido, ha difundido bulos, se ha comportado como un hooligan, un fanático y un xenófobo. Ha querido evitar cualquier fotografía con el presidente que pudiera interpretarse como una normalización institucional del sanchismo para sostener un discurso rupturista y de confrontación total. Sin embargo, el vendaval de la historia se lo ha llevado por delante. Abascal se frota las manos.
Ucrania, Venezuela, Irán, Groenlandia, la realidad internacional, en fin, ha obligado al gallego a salir de su zona de confort. La situación global atraviesa por uno de los momentos más delicados desde el final de la Guerra Fría. Estallan conflictos abiertos, tensiones geopolíticas, redefinición de alianzas y decisiones militares que requieren consenso. En ese contexto, el Gobierno ha convocado al líder de la oposición para tratar de consensuar una posición de unidad por el bien del país. Para Feijóo, todo esto supone un auténtico drama porque ahora tendrá que hacer política de verdad y dejarse de marear la perdiz con el máster universitario de Begoña Gómez. Tras meses de tozudo negacionismo, ahora tendrá que sentarse con el líder socialista para hablar de aquello que no admite demagogias ni retóricas vacías. La paz o la guerra. Y además tendrá que posicionarse claramente en la rueda de prensa posterior: o está con el imperialismo yanqui que amenaza con invadir Europa (también con Vox) o está con la democracia, con el Derecho internacional y con la Unión Europea. O está con el auténtico patriotismo o queda como el traidor que va de la mano con el invasor. Es lo que tiene situarse siempre en el lado malo de la historia.
Ayer, el ministro Albares desnudó la estrategia del Partido Popular en el Pleno Extraordinario sobre política exterior. Dirigiéndose a la diputada Cayetana Álvarez de Toledo, le recordó que el propio Trump ha calificado a Delcy Rodríguez como una persona “fantástica” y le pidió que aclarara de una vez cuál es la posición de la derecha española. Feijóo y los suyos siempre pensaron que con el secuestro de Maduro a manos de las fuerzas especiales de los Delta Force caería irremediablemente el régimen bolivariano. En Génova se descorcharon botellas de champán y se lanzaron cofetis. Los prebostes populares se sintieron exultantes. Pedro Sánchez estaba tocado y herido de muerte. Era el fin de la coalición. Algunos youtubers ultraconservadores incluso llegaron a pedirle a Donald Trump que invadiera España también, que hiciera aterrizar a sus marines en los tejados de la Moncloa para llevarse a Guantánamo, y después ante el juez de Nueva York, al gran tótem del chavismo español. Un delirio más.
Sin embargo, toda la estrategia del PP se vino abajo, desmoronada como un castillo de naipes, cuando Trump, un hombre ciclotímico y desnortado que funciona a impulsos, según el dolor de úlcera, cambió de caballo en medio de la carrera, una vez más, y defenestró a María Corina Machado para darle el protectorado petrolífero a Delcy Rodríguez. El magnate neoyorquino argumentó que la Premio Nobel de la Paz no contaba con el apoyo del pueblo venezolano y la tiró al vertedero de la historia como un clínex usado. ¿Cómo podía ser eso? ¿Cómo podía ser que la gran musa de la oposición venezolana, la mano derecha de Maduro y la misteriosa e intrigante confidente de José Luis Ábalos, fuese arrinconada como un juguete roto y adelantada por la derecha por la lugarteniente del cartel de los Soles? Feijóo estaba perdido, el PP se quedaba solo en Europa y Cayetana Álvarez de Toledo tenía que salir a tapar las vergüenzas con un tuit de brocha gorda. De nada sirvió que CAT le recordara a Trump que la Machado era la legítima elegida para encabezar la transición de Venezuela a la democracia. A día de hoy, Delcy sigue siendo la gobernadora del estado 51 de USA. El esperpento para la derecha española se consumó ayer con la vergonzante puesta en escena en la Casa Blanca, a la que acudió Machado para postrarse, arrodillarse y rendir pleitesía al emperador (también capo de la mafia neoyorquina). Trump ni siquiera le concedió trato de diplomática acreditada; la hizo pasar por la puerta de atrás, por el escáner de seguridad, por donde entran los carteros, los mensajeros de Amazon y el personal del servicio doméstico de la White House. Después llegó el momento para la historia. Machado sacó la medalla del Nobel chapada en oro de 196 gramos de peso y 6,6 centímetros de diámetro y se la ofreció a su amo y señor en señal de vasallaje. Pocas veces a lo largo de la historia se ha visto una humillación tan bochornosa.
Todo este momento delirante le ha pillado a Feijóo con el pie cambiado, sin posibilidad de reacción y respondiendo ante la jueza de la dana, que le busca las cosquillas por haber respaldado al gran incompetente Mazón. Ahora, desbordado por los acontecimientos tras meses de jugar al trumpismo antisistema más abyecto, al líder del PP solo le queda aceptar la invitación de Sánchez y volver al redil del diálogo y el consenso. Dicen que Felipe VI le dio un tirón de orejas en Navidad: Alberto, deja de hacer el tonto y compórtate como un adulto.