Los estatutos de los partidos sirven, sobre todo, para cuando se pierde. Son útiles para poner orden en la derrota y para decorar estanterías cuando se vuelve al poder. En Manzaneda, un pequeño municipio de la provincia de Ourense, el Partido Popular ha dejado claro que sus propias normas obligan solo mientras no estorben. Y la oposición, en vez de señalarlo, ha optado por mirar al techo.
Estatutos en pausa indefinida
En los estatutos del Partido Popular —esos que se recitan en congresos y se olvidan en los ayuntamientos— el transfuguismo está tipificado como infracción muy grave si se utiliza para alterar mayorías de gobierno. Sin matices. Sin excepciones. Sin letra pequeña. Y aun así, eso es exactamente lo que ha pasado en Manzaneda, donde el PP ha recuperado la alcaldía gracias a dos concejales que salieron del PSOE y pasaron a la cómoda categoría de no adscritos.
La maniobra fue posible tras una sentencia del Tribunal Constitucional dictada en 2025, que volvió a habilitar las mociones de censura apoyadas en concejales no adscritos. Desde entonces, el Partido Popular ha recurrido a este mismo método en diversos municipios, aprovechando el nuevo marco jurídico para promover cambios de gobierno mediante mayorías reconstruidas fuera de las listas electorales originales. Legal, sí. Coherente con sus propias reglas internas, no tanto.
Porque los estatutos prevén sanciones claras: suspensión, inhabilitación, expulsión. Pero no se ha movido ni un papel. No hay expediente, no hay explicación, no hay gesto. El reglamento no se ha derogado: simplemente ha dejado de aplicarse. Una especie de amnistía muda, dictada por pura necesidad.
El silencio de Luis Menor
El presidente de la Diputación y del Partido Popular de Ourense, Luis Menor, no ha tenido que desautorizar nada. Le ha bastado con no hacer nada. Y en política, no hacer nada también es una forma de decidir. En este caso, la decisión es sencilla: la alcaldía pesa más que la coherencia.
Ourense lleva tiempo funcionando como un laboratorio de flexibilidad normativa. Las reglas se estiran o se encogen según convenga. Lo que en Génova se redacta con solemnidad, aquí se gestiona como trámite administrativo. El transfuguismo, si ayuda, deja de ser un problema moral y pasa a ser una herramienta más.
El PSdeG, espectador imprescindible
Pero este guion necesita un segundo actor, y ese es el PSdeG de Ourense. Su reacción ante la moción de censura ha sido una mezcla de desconcierto y cansancio. Ni ofensiva política, ni denuncia sostenida, ni presión pública para que el PP cumpla lo que firma. Nada. Como si el asunto fuera demasiado menor para hacer ruido o demasiado incómodo para insistir.
La oposición ha asumido el hecho consumado con una protesta mínima, casi simbólica. Lo justo para poder decir que se dijo algo. En una provincia donde el poder se ejerce por inercia, el silencio también es una forma de acuerdo. Y el PSdeG ha preferido no desentonar.
No es solo una alcaldía perdida. Es una renuncia más profunda: permitir que el adversario incumpla sus propias normas sin obligarlo a mirarse al espejo.
Lo de Manzaneda no es un escándalo porque nadie quiere tratarlo como tal. Es una operación pequeña, limpia, sin ruido. Y por eso mismo reveladora. Demuestra cómo los estatutos se convierten en papel mojado cuando el poder está en juego y cómo la oposición se limita a administrar la derrota en lugar de disputar el relato.
No ha habido trampas. Pero sí una verdad incómoda: las reglas solo pesan si alguien decide hacerlas pesar. Y en Ourense, ahora mismo, nadie parece tener ganas.