España vive una paradoja difícil de ignorar. Los indicadores económicos clave muestran una situación claramente mejor que la de hace una década: más empleo que en 2008, crecimiento sostenido, beneficios empresariales elevados y un sistema productivo que, pese a sus debilidades estructurales, ha resistido crisis encadenadas. Sin embargo, el clima político y mediático transmite una sensación de colapso permanente, decadencia institucional y desastre económico inminente.
Esta disonancia entre datos objetivos y percepción social no es casual ni espontánea. Tiene causas políticas, económicas, culturales y comunicativas ampliamente estudiadas en la literatura contemporánea.
Empleo alto, salarios bajos: la clave del malestar
El empleo en España se encuentra en máximos históricos. Nunca ha habido tantas personas ocupadas. Este dato, por sí solo, desmonta la idea de una economía hundida. Sin embargo, el malestar social persiste porque el empleo no se traduce automáticamente en bienestar.
Los salarios reales han crecido menos que los beneficios empresariales y, durante largos periodos, menos que el coste de la vida. Aquí aparece una de las claves centrales del problema: trabajar ya no garantiza vivir mejor.
El filósofo John Rawls advertía de que una sociedad puede ser formalmente próspera y, al mismo tiempo, percibirse como injusta si los frutos del crecimiento no mejoran la posición de los menos favorecidos. Eso es exactamente lo que ocurre cuando los márgenes empresariales aumentan mientras el poder adquisitivo se estanca.
Beneficios empresariales y percepción de abuso
Las grandes empresas, cotizadas y no cotizadas, han registrado beneficios muy elevados tras la pandemia. Esto no es una anomalía española, sino una tendencia global. Sin embargo, en España este fenómeno se produce en paralelo a subidas muy acusadas de precios en bienes esenciales, especialmente los alimentos.
Cuando la ciudadanía observa que las empresas ganan más mientras paga más por lo básico, se genera una sensación de abuso, aunque los datos macroeconómicos sean positivos. La economía puede ir bien, pero no para todos al mismo ritmo.
Este desequilibrio alimenta un sentimiento de agravio que la política convierte con facilidad en combustible emocional.
La economía vivida frente a la economía explicada
Uno de los grandes errores del debate público es confundir economía agregada con experiencia cotidiana. La gente no vive el PIB: vive la compra semanal, el alquiler, la hipoteca y la factura energética.
El sociólogo Pierre Bourdieu explicaba que la dominación moderna no se ejerce solo mediante leyes, sino también a través de percepciones y marcos simbólicos. Cuando el discurso oficial habla de recuperación, pero la vida diaria no mejora de forma visible, se produce una ruptura de confianza.
Esa brecha es explotada políticamente por quienes necesitan construir un relato de fracaso continuo.
La política del conflicto permanente
La crispación no surge necesariamente porque la economía vaya mal, sino porque el conflicto moviliza más que la gestión. La literatura política contemporánea es clara en este punto: las emociones negativas fidelizan electorados.
La politóloga Chantal Mouffe sostiene que muchas democracias han pasado de la deliberación a una lógica agonística, donde el adversario se convierte en enemigo. En este marco, reconocer avances económicos sería desmovilizador para quien basa su estrategia en el choque constante.
Decir que “todo va mal” no siempre describe la realidad: también puede construirla políticamente.
Medios, redes y amplificación del desastre
Las redes sociales y ciertos formatos mediáticos amplifican sistemáticamente lo negativo. El algoritmo premia el enfado, no el matiz. Una economía que mejora lentamente no genera clics; una economía “al borde del colapso”, sí.
Esto ayuda a explicar por qué el discurso público parece situado siempre al borde del abismo, incluso en fases de crecimiento. La realidad queda subordinada al relato más rentable emocionalmente.
La economía no explica sola la crispación
España no vive una ruina económica, pero sí una crisis de percepción, distribución y relato. La economía mejora en términos agregados, pero no lo suficiente —ni lo bastante rápido— para neutralizar la sensación de injusticia cotidiana.
Cuando el crecimiento no se reparte, el conflicto se normaliza. Cuando el conflicto se convierte en estrategia política, la crispación deja de ser un síntoma y pasa a ser un objetivo.