La desigualdad que empieza cuando se cierra la puerta de casa

Los datos de Oxfam Intermón muestran que el trabajo doméstico no remunerado sigue recayendo de forma abrumadora sobre las mujeres y condiciona su autonomía económica y su tiempo de vida

06 de Marzo de 2026
Actualizado a las 12:22h
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Desigualdad puerta
Foto: FreePik

La igualdad entre hombres y mujeres suele medirse en salarios, presencia política o acceso al empleo. Pero hay otro espacio donde las cifras continúan siendo mucho más tozudas: el interior de los hogares. Allí, lejos de los discursos públicos y de los avances legislativos, la desigualdad sigue organizando el reparto del tiempo y del trabajo cotidiano.

Según la encuesta Vivir la Desigualdad elaborada por Oxfam Intermón, el 6,9% de las mujeres en España se dedica exclusivamente al trabajo doméstico no remunerado, frente a apenas un 0,3% de los hombres. Dicho de otro modo: hay 23 veces más mujeres que hombres cuya actividad principal consiste en sostener la vida diaria de sus hogares sin salario ni reconocimiento económico.

El dato no es anecdótico. Es la base de una cadena de desigualdades que afecta al empleo, a los ingresos, al tiempo disponible y, finalmente, a la autonomía personal.

La economía invisible

El trabajo doméstico sigue siendo una de las grandes paradojas de las sociedades modernas. Es indispensable para el funcionamiento de la economía —sin cuidados, limpieza, alimentación o atención a menores y mayores no existiría el mercado laboral tal como lo conocemos— y, sin embargo, permanece en gran medida fuera de las estadísticas económicas y de la remuneración.

La encuesta revela hasta qué punto esa carga continúa feminizada. Cuatro de cada diez mujeres aseguran que su empleo principal les deja sin tiempo suficiente para las tareas domésticas o de cuidado, una proporción notablemente superior a la de los hombres. Y más de un 40% declara que necesitaría un segundo trabajo, pero no puede asumirlo por falta de tiempo vinculada precisamente a esas responsabilidades. Es una ecuación conocida por las economistas feministas desde hace décadas: el tiempo dedicado a cuidar limita las oportunidades laborales.

Menos ingresos, menos tiempo, menos autonomía

Las consecuencias aparecen también en los ingresos. Una de cada cuatro mujeres vive en hogares con ingresos mensuales inferiores a 1.200 euros, una proporción sensiblemente mayor que la de los hombres. En el extremo contrario —los hogares con rentas más altas— la presencia masculina casi duplica a la femenina.

La brecha no se limita al dinero. También se refleja en la percepción de bienestar y en la salud mental. Menos mujeres que hombres dicen sentirse satisfechas con su empleo o disponer de tiempo para ocio y vida personal. La encuesta sugiere que la desigualdad doméstica tiene un efecto acumulativo: menos tiempo para trabajar, menos ingresos, más renuncias cotidianas.

Hay otro dato revelador en el estudio: las mujeres perciben más desigualdad en el reparto de responsabilidades dentro del hogar que los hombres que muestra que la experiencia cotidiana de la desigualdad no siempre es compartida. Además, más de un tercio de las mujeres considera que la distribución de tareas en casa es claramente desigual, entre los hombres esa percepción es notablemente menor. Es un fenómeno conocido en sociología: quien carga con la mayor parte del trabajo invisible tiende a verlo con más claridad.

El desafío pendiente

Las organizaciones que trabajan en el ámbito de la desigualdad llevan tiempo señalando que el problema no puede resolverse solo con cambios individuales dentro de cada familia. El reparto del tiempo está profundamente condicionado por la organización del mercado laboral, la disponibilidad de servicios públicos de cuidados y las políticas de conciliación.

Por eso las propuestas que acompañan al informe apuntan a reforzar los sistemas públicos de atención a menores, mayores y personas dependientes, así como a mejorar las condiciones laborales del sector de cuidados y del empleo doméstico. En el fondo, la discusión es más amplia: si los cuidados siguen siendo una responsabilidad privada de las mujeres o si pasan a entenderse como una responsabilidad colectiva de la sociedad.

Porque la desigualdad de género no empieza en los despachos ni en los consejos de administración. Empieza mucho antes, en el reparto silencioso del tiempo dentro de cada casa.

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