Pedro Sánchez ha pedido un gran pacto de Estado contra el cambio climático para hacer frente a los grandes incendios forestales que arrasan el país. Sin embargo, la derecha echada al monte (al monte ya quemado) sigue haciendo oídos sordos ante cualquier tipo de colaboración y rechaza la mano tendida. Mientras tanto, mientras PP y Vox se enrocan en el sectarismo más abyecto y ruin, miles de personas son evacuadas y confinadas ante las llamas y a los bomberos no les queda otra que cerrar el grifo de las mangueras, claudicar en la batalla contra el fuego y retroceder ante unos siniestros de sexta generación (fuera de toda capacidad de extinción) agravados por el calentamiento global. Pretender apagar el apocalipsis con unas cuantas mangueras y un par de viejos y destartalados hidroaviones se antoja la última arrogancia del ser humano. La rudimentaria tecnología del hombre de nada sirve cuando la naturaleza ruge.
El resultado de esta esquizofrénica política en la que nos han instalado algunos es la pesadilla que vivimos estos días: verdes y frondosos bosques convertidos en negros manchurrones, evacuaciones masivas como si se tratara de una guerra nuclear, casas destruidas, pueblos enteros abandonados. Pérdidas millonarias, sectores económicos en quiebra, pobreza, caos. La ruina de un país y el colapso del Estado y de la civilización, que en definitiva es la consecuencia directa de este cataclismo natural de proporciones bíblicas. A eso nos enfrentamos. A un retorno no ya a la Edad Media, sino a la Edad de Piedra.
Por desgracia, el riesgo no ha pasado. Lo que nos espera en el mes de agosto será bastante parecido, si no peor, a lo que hemos sufrido en julio. Y el año que viene será aún más dramático y desolador. España batirá récords de superficie perdida un verano tras otro. El calor extremo, el viento, la desertización y la falta de humedad producto de la degeneración del clima mediterráneo de las últimas décadas han llegado para quedarse. El escenario es aterrador y solo los necios y los inconscientes (entre los que parecen encontrarse los prebostes de nuestra derecha patria) se atreven a seguir practicando el negacionismo demagógico. Mientras la ciudadanía reclama que los políticos de uno y otro signo se pongan de acuerdo, los Feijóo, Ayuso y Abascal interpretan la aberrante sinfonía del populismo, como aquellos músicos del Titanic que seguían haciendo sonar sus violines mientras el barco se hundía. Esa maldición, la de una generación de gobernantes obtusos y mediocres, cainitas y reaccionarios, es la que nos ha caído en desgracia como la tierra yerma y estéril que queda tras el monstruoso incendio de Ávila, el peor de la historia (ostentará ese triste récord de 50.000 hectáreas calcinadas hasta el próximo período estival, cuando se declarará otro todavía peor).
La situación de emergencia nacional (similar a la que viven otros países europeos como Francia, Grecia y Portugal) requiere de grandes pactos de Estado con medidas drásticas y urgentes como la apuesta por un nuevo modelo productivo más sostenible, ya sin combustible de origen orgánico y basado en las energías limpias y renovables. Lo reclaman los ciudadanos, los científicos y hasta el rey Felipe, que exige unidad ante el desafío inmenso. Sin embargo, la banda ayusista tiene otros planes: seguir quemando petróleo, seguir quemando el planeta hasta los estertores finales de un capitalismo salvaje ya agonizante. Fue el ministro Montoro quien dijo aquello de “que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”. Hoy la frase sigue más vigente que nunca, solo que sustituyendo el verbo caer por el verbo abrasar. Que se abrase España entera, que ya apagaremos nosotros la hoguera infernal incontrolable desde Cádiz hasta Finisterre.
Es más que evidente que la situación dramática exige unidad y participación de todos, pero las derechas ibéricas rechazan cualquier tipo de diálogo contra la emergencia climática sencillamente porque están a otra cosa: a derribar el Gobierno por tierra, mar y aire. ¿Qué se puede esperar de un tipo como Abascal, fiel discípulo trumpista, que sigue negando la realidad con el argumento del “fanatismo climático” de la izquierda? Cuando no quede un solo árbol en este país, cuando estemos achicharrados por el calor y comiendo arena, el Caudillo de Bilbao sacará su caballo del cortijo y cabalgará sobre él, boina calada, sobre un inmenso desierto de españolitos pobres, desarrapados, beduinos. El sueño del totalitarismo materializado en la peor de las distopías.
El cambio climático es el principal problema al que se enfrenta la humanidad. Cuando se trata de resolver problemas no hay políticas de izquierdas y políticas de derechas, hay buenas o malas ideas, tal como decía el añorado Eduard Punset. Y el programa negacionista que Feijóo le ha comprado a Vox (con la excusa de que el pacto propuesto por Sánchez es “propaganda” y “tacticismo político”), es sencillamente nefasto para todos. Criminal es el loco con la lata de gasolina que reduce un hermoso parque natural a un montón de cenizas. Pero hay otros pirómanos por omisión y por negligencia. El ciego fanatismo destruye tanto y tan deprisa como el fuego.
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