Alberto Núñez Feijóo dedicó buena parte de la jornada a acusar a Pedro Sánchez de generar tensión porque sabe que va a perder las elecciones y a presentarse como garante del orden frente a los disturbios registrados en los últimos días. Sin embargo, cuanto más insiste el líder popular en describir una España al borde del conflicto político permanente, más difícil resulta distinguir dónde termina el discurso tradicional del PP y dónde comienza el relato que durante años ha alimentado el ascenso de la ultraderecha. Se trata de una evolución política que lleva tiempo desarrollándose y que encuentra en estas elecciones una de sus expresiones más evidentes.
Del gestor moderado al candidato de la confrontación
Feijóo construyó su imagen pública sobre una idea muy concreta, la de un dirigente pragmático, alejado de los excesos ideológicos y capaz de atraer votantes moderados desencantados tanto de la izquierda como de la derecha más radical. Aquella promesa se ha ido diluyendo campaña tras campaña.
La jornada política de este martes vuelve a demostrar que el líder popular prefiere hablar de disturbios, tensión institucional, inseguridad y crisis política antes que centrar el debate en propuestas concretas sobre vivienda, salarios o servicios públicos. Mientras millones de ciudadanos siguen afrontando problemas relacionados con el acceso a una vivienda o el coste de la vida, la dirección del PP parece decidida a convertir el orden público en el eje vertebrador de su estrategia electoral.
No se trata únicamente de condenar la violencia, algo que forma parte de cualquier posición democrática razonable. El problema aparece cuando los altercados dejan de ser condenados para convertirse en la principal herramienta de construcción de un relato político basado en la idea de un país sumido en un deterioro continuo.
Una campaña diseñada para competir con Vox
La cuestión de fondo es evidente. Feijóo no está compitiendo únicamente contra Pedro Sánchez. También compite contra Santiago Abascal. Y es precisamente esa disputa por el liderazgo del bloque conservador la que explica buena parte del endurecimiento del discurso popular.
Cuando el líder del PP insiste en vincular los disturbios con la actuación del Gobierno o cuando su partido convierte cada episodio de conflictividad en una prueba del supuesto fracaso del Ejecutivo, no está hablando solamente al votante tradicional popular. Está enviando un mensaje a un electorado situado más a la derecha y ante el que trata de aparecer como una alternativa tan contundente como Vox, pero con mayores opciones de alcanzar la Moncloa. La consecuencia es una progresiva asimilación de marcos políticos que hasta hace poco pertenecían casi en exclusiva a la ultraderecha.
El PP y Vox cada vez más cerca
Las palabras también importan en política. Y cuando dos partidos terminan describiendo la realidad mediante conceptos similares, las fronteras ideológicas comienzan a difuminarse. Mientras Feijóo denuncia una estrategia gubernamental basada en la tensión y promete mano dura frente a los violentos, Vox continúa alimentando un discurso todavía más agresivo contra el Ejecutivo. Las diferencias de tono existen, pero el terreno de juego es prácticamente el mismo. [europapress.es]
La reciente colaboración entre ambas formaciones para coordinar candidaturas al Senado ya había puesto de manifiesto hasta qué punto la relación entre PP y Vox ha entrado en una nueva fase. Lo que hace unos años era presentado como una alianza incómoda aparece ahora como una realidad asumida por amplios sectores de la derecha española. La paradoja es evidente. Feijóo llegó a la política nacional prometiendo ampliar el espacio electoral del PP hacia el centro. Sin embargo, la campaña del 29N muestra a un candidato mucho más preocupado por evitar fugas hacia Vox que por conquistar votantes moderados.
La política del miedo como estrategia electoral
Toda campaña necesita un marco narrativo. En esta ocasión, el elegido por el Partido Popular parece claro. Si durante otros ciclos electorales el mensaje se centraba en la gestión económica o la estabilidad institucional, ahora el eje principal gira alrededor de una supuesta situación de emergencia política y social que exigiría un cambio de gobierno inmediato. Se trata de una estrategia conocida en numerosos países europeos donde la derecha tradicional ha asumido parte del lenguaje de la extrema derecha con el objetivo de frenar su crecimiento. El problema es que esa táctica rara vez fortalece a quienes intentan aplicarla. Con frecuencia acaba legitimando los discursos que originalmente pretendía contener.
Cada vez que el debate electoral se desplaza desde las propuestas hacia el miedo, la alarma o la sensación de amenaza constante, quienes más se benefician suelen ser precisamente las fuerzas políticas que han hecho de la confrontación su principal herramienta de movilización.
El riesgo de normalizar los marcos de la ultraderecha
La principal victoria de Vox no consiste únicamente en los votos que pueda obtener el 29N. Su verdadero éxito radica en haber conseguido que buena parte del debate político se formule en sus propios términos. Cuando la discusión pública gira de manera obsesiva alrededor del orden, la inseguridad, la crisis institucional o el conflicto permanente, la ultraderecha logra imponer las categorías desde las que interpreta la realidad nacional.
Por eso el endurecimiento del discurso de Feijóo supone mucho más que una decisión táctica de campaña. Refleja una transformación más profunda dentro de la derecha española, cada vez menos preocupada por diferenciarse de Vox y cada vez más dispuesta a competir en el terreno político que la formación de Abascal lleva años cultivando.
La gran incógnita del 29N no será únicamente quién gana las elecciones. La cuestión realmente relevante será comprobar hasta qué punto la derecha española ha terminado aceptando que para alcanzar el poder debe hablar el lenguaje que durante años convirtió a Vox en una fuerza decisiva de la política nacional.
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