La cuenta atrás, ¿para Feijóo o para Sánchez?

Decenas de miles de personas, convocadas por el Partido Popular, se han concentrado en el Templo de Debod para reclamar la convocatoria de elecciones tras la entrada en prisión de José Luis Ábalos y Koldo García

30 de Noviembre de 2025
Actualizado a las 14:58h
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Feijoo cuenta atrás
Alberto Núñez Feijóo en un momento de su discurso en el Templo de Debod 

La política española, acostumbrada a vivir instalada en una sucesión de crisis encadenadas, encontró este fin de semana un nuevo símbolo sonoro: The Final Countdown. El tema ochentero de la banda sueca Europe, que cantó en la boda del futbolista Sergio Ramos, himno de vísperas y ultimátums, sonó en el Templo de Debod mientras Alberto Núñez Feijóo subía a la tribuna para encabezar una concentración que, más que un acto de partido, quiso presentarse como una demostración de fuerza social. La escenografía era clara: un país al borde de algo y un líder opositor dispuesto a capitalizarlo.

Más allá del baile de cifras, lo relevante fue el guion político que Feijóo buscó imprimir: trasladar a la calle la exigencia de “elecciones, ya” y enmarcar el momento presente como un juicio moral al llamado “sanchismo”. La prisión de José Luis Ábalos, antiguo ministro socialista, sirvió como catalizador y como estribillo.

Feijóo sintetizó su acusación en una frase destinada a convertirse en titular: “El sanchismo es corrupción: política, económica, institucional, social y moral”. La enumeración tenía menos valor probatorio que performativo; era un diagnóstico total, un marco narrativo destinado a reducir al adversario a un fenómeno corrosivo que contamina todo lo que toca. Los cánticos que respondían desde la multitud (“Pedro Sánchez dimisión”, “a prisión”) completaban la obra coral.

El líder popular quiso mostrarse empático con la “frustración” ciudadana. Pero, como corresponde al político que aspira a gobernar, también llamó a la perseverancia: “Los grandes cambios se producen cuando la sociedad persevera en ellos”. Feijóo prometió la suya: “No vamos a parar”.

Moción imposible

La gran incógnita que sobrevolaba el acto no era la concentración en sí, sino la insistencia de Feijóo en una moción de censura que ni los números, ni los incentivos parlamentarios, ni la geometría política actual permiten imaginar. Sin embargo, el popular convirtió esa imposibilidad en herramienta retórica: más que buscar los apoyos, buscaba exponer las negativas.

A cada grupo del mosaico que sostiene a Pedro Sánchez (nacionalistas, independentistas, socios a la izquierda) les lanzó preguntas que pretendían ser compromisos morales: “¿Vuestra ideología es sostener la corrupción?”. No mencionó por nombre a PNV o Junts, pero habló para ellos. A Sumar, la fuerza a la izquierda del PSOE, la acusó directamente de prestarse a ser “un juguete”.

El mensaje iba, en realidad, destinado a un tercer público: el votante socialista incómodo. Feijóo intentó abrir esa grieta con otra fórmula contundente: el PSOE estaría “manchando su historia”. Y remató con una frase de trazo grueso: “Cuatro cogieron ese coche para llegar al poder y tres ya conocen la cárcel. Falta el uno, el presidente del Gobierno”. Una afirmación calculada para generar impacto, difícil de sostener en términos institucionales, pero eficaz como munición en un clima político polarizado.

¿Cuenta atrás para Sánchez… o para Feijóo?

Sin embargo, la cuenta atrás que el PP quiso proyectar hacia La Moncloa tiene una lectura alternativa dentro del propio partido. La música elegida para la escena —dramática, terminal— buscaba sugerir el ocaso político de Pedro Sánchez. Pero en los corrillos conservadores una pregunta menos explícita acompañaba a la convocatoria: ¿y si el reloj también avanza contra Alberto Núñez Feijóo?

La presencia de Isabel Díaz Ayuso en el acto (protagonista de una política más emocional y de combate) introdujo, sin quererlo, un contrapunto. Ayuso no cuestiona el liderazgo del presidente del PP, pero su popularidad creciente y su capacidad de movilización proyectan una sombra alargada sobre cualquier intento de Feijóo de presentarse como líder indiscutido del espacio conservador. Su estilo directo, su dominio de la comunicación digital y su política basada en la confrontación han seducido a segmentos del electorado que ven en ella una alternativa más afilada frente al sanchismo.

Mientras Feijóo reivindica una apuesta por la moderación y por reconstruir un centro político capaz de atraer antiguos votantes socialistas, Ayuso encarna el vértice más trumpista del PP. En un ecosistema político que premia la intensidad, su atractivo es evidente. El desafío para Feijóo es que esa intensidad no siempre se traduce en transversalidad, un requisito indispensable para ganar elecciones generales; pero también es evidente que la energía de Ayuso ejerce presión interna, marcando tiempos y expectativas.

La paradoja es que el PP necesita ambos perfiles, pero vive en la incómoda tensión de que cada avance de uno puede leerse como contención del otro. En ese equilibrio se juega parte de la cuenta atrás real: la de un partido que aún no ha resuelto si la próxima elección general se librará desde la moderación calculada de Feijóo o desde el pulso identitario que Ayuso representa para una parte de su base.

Foto de familia

A la foto del Templo de Debod acudieron los principales rostros del pasado y el presente del Partido Popular: Aznar, Rajoy, Ayuso, Almeida y varios presidentes autonómicos. La imagen buscaba transmitir unidad interna, un activo que el PP reivindica en contraste con la fragmentación parlamentaria del bloque rival. Pero la unidad visual no puede ocultar las corrientes internas: el PP intenta mostrarse compacto, aunque las expectativas electorales y el ascenso de líderes mediáticos tensan siempre la cohesión.

La ausencia de otros partidos fue también significativa. Aunque la convocatoria se presentó como “sin siglas”, ningún dirigente externo al PP decidió sumarse. Ni siquiera Vox, el aliado incómodo con el que Feijóo mantiene una relación de tensión estratégica: indispensable para gobernar en varios territorios, inconveniente para cualquier intento de proyectar moderación. Desde la tribuna, el presidente popular les advirtió: “No os equivoquéis ni de objetivo ni de adversario”. Un recordatorio, o quizá una advertencia, de que el mapa político a la derecha está lejos de estabilizarse.

Indignación

La concentración de Madrid refleja algo más profundo que un acto partidista: la consolidación de una política española que vive en permanente movilización. Las calles se han convertido en extensión del Parlamento y las emociones, en recurso táctico de primera línea. El PP busca articular el malestar con Sánchez en forma de mayoría social; el Gobierno, por su parte, se aferra a su coalición parlamentaria como garante de estabilidad en un país donde ninguna fuerza puede aspirar a gobernar sola.

Para Feijóo, el desafío es doble: convertir la indignación en alternativa… y hacerlo mientras gestiona la competencia interna que emerge en su propio flanco. Para Sánchez, sobrevivir en un entorno donde cada crisis se convierte en un referéndum sobre su legitimidad. España vive así un tiempo en que la política ya no se juega sólo en los votos, sino en el relato, en la calle y en la musculatura emocional de los partidos.

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