Isabel Díaz Ayuso ha calificado la captura de Nicolás Maduro como un “día histórico” y ha hablado sin reservas de la “vuelta de la democracia” en Venezuela. Pero basta escuchar con atención la rueda de prensa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para comprobar que lo que Ayuso presenta como liberación no coincide en absoluto con lo que Trump describe como objetivo político.
Trump no habló de elecciones inmediatas, ni de soberanía venezolana, ni de un proceso liderado por instituciones del país. Dijo algo muy distinto y extraordinariamente claro: Estados Unidos “está allí”, “va a quedarse” y “administrará el país” hasta que considere que la transición es “segura, adecuada y legal”. Esa es la base real del nuevo escenario. No una democracia naciente, sino un país bajo tutela.
La ignorancia deliberada de Ayuso
Ayuso ignora deliberadamente ese marco. Su relato empieza y termina en la palabra “libertad”, pero Trump no utilizó ese concepto como principio político, sino como resultado subordinado a la fuerza. En su discurso, la libertad no surge del pueblo venezolano, sino del poder militar estadounidense. Es una libertad concedida, vigilada y condicionada.
El presidente estadounidense fue aún más explícito: habló de permanencia indefinida, de una posible segunda oleada militar si fuera necesaria y de la entrada de grandes compañías petroleras estadounidenses para “reparar” y “gestionar” la industria venezolana. No lo presentó como cooperación, sino como corrección de un “robo histórico” a Estados Unidos. Es decir, como recuperación de intereses propios.
Trump da la espalda a la libertad de Ayuso y los ultraliberales
Ese dato es decisivo y Ayuso lo borra por completo. No hay en sus declaraciones una sola referencia al control de recursos, al papel del petróleo o a los intereses económicos que Trump sitúa en el centro de la operación. Porque admitirlo rompería su marco moral: ya no sería una lucha por la democracia, sino una reordenación geopolítica con beneficios claros para una potencia extranjera.
Trump tampoco habló como un mediador neutral. Invocó la Doctrina Monroe, reafirmó la primacía de Estados Unidos en el hemisferio occidental y advirtió que lo ocurrido en Venezuela podía servir de mensaje para otros países. Ese lenguaje no es democrático; es hegemónico. Describe una relación de dominación, no de acompañamiento.
Ayuso, sin embargo, aplaude ese discurso sin una sola reserva. Cuando Trump dice “nos quedamos”, ella responde con entusiasmo. Cuando Trump anuncia que administrará un país ajeno, ella lo traduce como “vuelta de la democracia”. Es una manipulación consciente del lenguaje.
La contradicción es brutal: Ayuso denuncia supuestas injerencias cuando no le convienen, pero legitima una intervención total cuando el actor es Estados Unidos. No hay principios universales, solo alineamientos ideológicos. La democracia, en su discurso, no es un sistema con reglas, sino una etiqueta que se coloca al vencedor correcto.
La ilegalidad de Trump y la ignorancia de Ayuso cuando no le escriben los discursos
Incluso el uso del término “legal” en boca de Trump debería haber despertado cautela. Trump repite que la transición debe ser “legal”, pero no explica ante qué derecho, bajo qué jurisdicción ni con qué aval internacional. Ayuso no pregunta. No exige garantías. No reclama límites temporales. Le basta la autoridad del poder.
Al celebrar sin matices la captura de Maduro y el control posterior del país, Ayuso no está defendiendo la democracia venezolana. Está normalizando la idea de que un país puede ser gobernado desde fuera si quien lo hace pertenece al bloque adecuado. Y eso no es liberalismo. Es la sustitución del derecho por la fuerza.
Lo que Trump dijo en su rueda de prensa desmonta por completo el relato de Ayuso. Ella habla de libertad. Él habla de control. Ella habla de democracia. Él habla de administración. Entre ambas cosas hay un abismo que Ayuso pretende ocultar con retórica.