“Para simples tus fotos enseñando los cocos con el escote hasta aquí. Luego a partir de ahí hablamos de todo lo demás”. Ese fue el infame comentario que una diputada del PP, Elisa Vigil, lanzó contra la aguerrida analista política de la izquierda Sarah Santaolalla en el programa En boca de todos de Telecinco. La política en España está llegando a límites degradantes inimaginables. Vox se creó para impregnar la vida pública de este país de odio, bilis y mala educación. Y alguien en el PP cometió el error de adoptar el manual trumpista de Santiago Abascal. Ahora nos encontramos con las consecuencias: una monstruosa censora de la moral nacionalcatolicista ensañándose con los “cocos” de una honrada trabajadora de la información.
Hace tiempo que las mujeres del Partido Popular deberían haber dado un paso adelante contra el machismo, no solo de sus compañeros, también el que anida en algunas de ellas. Arrinconar a la machirula, tan peligrosa o más que el señoro, es una tarea de regeneración que, por uno u otro motivo, no se ha terminado de completar en Génova 13. En ese partido abunda el perfil de mujer que aún sueña con el retorno al patriarcado franquista. El cásate y sé sumisa. El ama de casa que está para lo que diga el marido cavernícola y talibán. La alienada que renuncia a su vida por el bien de la familia, la santa que se entierra en vida, que va a misa de doce (muy a su pesar) y que no se pinta ni se viste libremente para que el maromo de turno no le suelte aquello de “no me gusta que a los toros vayas con la minifalda”, que cantaba Manolo Escobar. Todo ese mundo rancio que parecía felizmente superado tras medio siglo de democracia está más vivo que nunca por culpa de una derecha entregada a Vox.
Resulta inconcebible que una profesional de la política en un país moderno del siglo XXI se atreva a comparar el escote de otra mujer con “unos cocos”. Para coco el que le falta a ella. Hemos llegado a un punto en que la historia contemporánea, el renacer del fascismo, la deriva hacia el medievalismo, la anaciclosis y la Tercera Guerra Mundial, solo puede explicarse por la falta de cerebro, de sesera, de coco. Trump gobierna el mundo como si se tratase de una agencia inmobiliaria, de ahí su falta de coco. A Ayuso, otra con escaso cocamen, la pusieron ahí como metralleta de soltar mil sandeces por segundo (mientras se habla de sus payasadas, la Quirón hace caja y negocio con la Sanidad pública). María Corina Machado se postra servilmente ante el mafioso neoyorquino y le regala su Premio Nobel, un indicio más de que le falta un hervor. Y Julio Iglesias, de confirmarse las denuncias de dos trabajadoras a las que presuntamente explotaba como esclavas sexuales, también demostró poca cabeza, poca inteligencia, poco coco. Falta tanto juicio en el mundo, tanta materia gris, tanto coco, que la alta representante de la Unión Europea, Kaja Kallas, ya ha tirado la toalla: “Es un buen momento para empezar a beber”. Ahí ha estado bien la mandataria de Bruselas, si a Trump le da por lanzarnos sus misiles mucho mejor una botella de whisky que una máscara de gas.
¿Cómo hemos llegado a este punto etílico en el que a millones de personas parece habérsele vaciado el cerebro hasta perder el alma, la cordura y la razón? Podríamos hablar de causas evolutivas, biológicas y alimenticias (las mierdas que nos dan a comer y beber, más el aire contaminado que respiramos, no debe ser nada bueno para el encéfalo). Pero, sin duda, es la filosofía la que nos da las claves del fenómeno. Desde la llegada del trumpismo hasta la última machirulada de Elisa Vigil hay un complejo proceso dialéctico. Marx avisó de que el capitalismo embrutece al ser humano hasta convertirlo en un medio para la producción, no en un fin, de ahí la alienación. Max Weber pensaba que la racionalización extrema de la realidad, la burocracia, el materialismo, el cálculo matemático y eficiente convierte a las personas en simples piezas de un sistema. Marcuse, en El hombre unidimensional, sostuvo que la sociedad industrial reduce al ser humano a la categoría de obediente consumidor. Zygmunt Bauman alertó de que el poder de la tecnología conduce a la indiferencia, al sufrimiento. Y Hannah Arendt analizó la banalidad del mal, la capacidad de cometer atrocidades sin reflexión moral, por obediencia o pura rutina: la deshumanización surge cuando dejamos de pensar y comportarnos como seres racionales. Todo ello podría resumirse en una frase mucho más coloquial y pedestre: el personal ha perdido definitivamente el coco, la condición humana, y vota a canallas que son lo peor.
A la gran Sarah Santaolalla no podemos hacer más que enviarle toda nuestra solidaridad y nuestro apoyo, aunque no los necesita porque ella solita se basta y se sobra para defenderse de una señora sin entendederas. Sus intervenciones en las tertulias televisivas son incisivas, preclaras, sin una pizca de concesión a lo políticamente correcto. Tiene mucho coco, sí, qué pasa, y además es un torrente de verdades, una pura sangre del periodismo de opinión que no se muerde la lengua. Por eso asusta tanto a sus enemigos de la derechona. Por eso la ven como a la gran bruja de la izquierda que hace temblar los cimientos de los poderes fácticos y del patriarcado. Si pudieran, la quemaban en la hoguera como en los tiempos de la Inquisición. Ánimo Sarah, ladran luego cabalgamos.