Los que callan cobardemente ante Vito Quiles

El activista ultra acumula una serie de denuncias, la última de la esposa del presidente del Gobierno

30 de Abril de 2026
Actualizado a la 13:32h
Guardar
Vito Quiles durante el supuesto acoso a Begoña Gómez. Fuente Eda TV / La Sexta
Vito Quiles durante el supuesto acoso a Begoña Gómez. Fuente Eda TV / La Sexta

El supuesto acoso del agitador ultraderechista Vito Quiles a Begoña Gómez, en un restaurante de Madrid, está dejando en evidencia a los diversos estamentos de este país. Los jueces guardan silencio, la prensa conservadora guarda silencio, los políticos de la oposición guardan silencio. O están con los métodos del mercenario del nuevo fascismo posmoderno o son unos cobardes.

El silencio cómplice se está convirtiendo en el abono perfecto para la crianza de este tipo de personajes, los youtubers e influencers del nuevo mundo de la posverdad. En buena medida, el auge de la extrema derecha global tiene que ver con el triunfo del agitprop (agitación y propaganda) y las gamberradas de esta muchachada antitistema. Fue así, con guerracivilismo, con bulos en las redes sociales, con montajes y mucha crispación en la calle, como Donald Trump llegó al poder. El magnate de la Casa Blanca abrió el camino a los pequeños trumpitos de todo el orbe. Vito Quiles tiene bien aprendido el manual. El muchacho se levanta por la mañana, se acicala ante el espejo (tupé bien firme y engominado), coge su micro y se presenta en el Congreso de los Diputados, o en un acto público, o en la casa de un político de izquierdas (a los de derechas ni tocarlos) y a reventarlo. Ayer tocaba Begoña Gómez, una mujer vapuleada y triturada por la fachosfera cuyo mayor delito ha sido organizar un máster para la Universidad Complutense de Madrid. El suceso está aún por aclarar –faltan datos, como qué pasó dentro de la cafetería–, y la esposa del presidente del Gobierno ya ha presentado una denuncia por acoso contra el supuesto agitador ultra. Pero mientras se esclarece el asunto, llama poderosamente la atención que todos los que tendrían algo que decir callen.

Vito Quiles no es un periodista. Y quien quiera presentarlo así está engañando a la opinión pública. Su función no es informar, ni investigar, ni llegar al fondo de una verdad o de una turbia trama de corrupción. Él está ahí para lo que está, para provocar, para pinchar, para sacar de sus casillas a las personas a las que aborda por la calle con sus preguntas tendenciosas y manipuladas. Un periodista pregunta; Vito Quiles reta, molesta, desafía. No debe ser plato de buen gusto salir de casa por la mañana y encontrarte con un tipo que te persigue por la calle como una mosca cojonera para meterte la alcachofa en la boca. La calle es un espacio público, sí, pero la calle debería ser también un espacio de tranquilidad y de seguridad para todos los ciudadanos, los de derechas y los de izquierdas. Vito Quiles, emulando a Manuel Fraga cuando dijo aquello de “la calle es mía”, ha hecho suyo un territorio urbano hasta hoy libre y protegido por el Estado de derecho. Se ha convertido en una especie de justiciero o tirano callejero. Alguien que se mete en las vidas ajenas, que chincha, que incordia, que toca las narices. Eso no es periodismo, es otra cosa.

Los famosos escraches con “jarabe democrático” patentados por Pablo Iglesias fueron un tremendo error. Entre la manifestación y la protesta cívica y el acoso personal propio de regímenes policiales totalitarios hay una frontera más que delimitada que nadie debería haber traspasado jamás. Eso es lo que hace hoy VQ, escrachear al personal, no dejarle vivir, cercenarle su derecho legítimo a pasear y deambular por una vía pública sin que un sujeto empiece a volcar sobre uno su bilis y sus bulos. El señorito Vito va camino de sustituir a aquellos cobradores del frac de dudosa constitucionalidad que se le mandaban al moroso de turno cuando no pagaba las facturas. En un país donde rige el imperio de la ley no hay lugar para gente que se convierte en la sombra siniestra, enlutada y amenazante de otra persona.

Son legión los que están aguantando las tontunas y payasadas de este personaje sin escrúpulos que va de periodista cuando no es más que una marioneta cuyos hilos son movidos por otros. Sarah Santaolalla, Rubén Sánchez, Ana Pardo de Vera y hasta una mujer con discapacidad a la que se dio el gustazo de denigrar, según la Fiscalía. Unos lo sufren con paciencia, otros pierden los estribos y terminan revolviéndose contra el muchacho que ha hecho de tocarle los pies y la moral a otros su modus vivendi (craso error entrar en su juego). Puede ser que quien mejor lleve la cruz impuesta por esta fauna ultra sea Gabriel Rufián, quien, cuando es abordado por uno de ellos, se pone a hablar de lo bien que le salen las croquetas con la termomix. Ese es el camino, aunque sea fácil decirlo sin ser víctima del atropello.

Mientras los acosadores profesionales pululan por doquier, la Justicia calla, los periódicos callan y la portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz, se limita a condenar “cualquier violencia y acoso, también a periodistas”, poniéndose al lado del verdugo en lugar de defender al perseguido. Cada día que pasa, esta mujer alcanza cotas de mayor bajeza moral. Feijóo debería avergonzarse de invitar, como teloneros para levantar las audiencias de sus aburridos mítines, a sujetos de esta guisa. La prensa, también la de derechas, debería decir algo en lugar de reírle las gracias. Y Génova debería dar explicaciones de por qué algunos de los suyos comían con VQ horas antes del acoso a Begoña Gómez. No todo vale en política, tampoco el millón de seguidores de este escuadrista mediático envarado y repeinado que, con la luz verde de los poderes fácticos de este país, ha inaugurado el peligroso activismo antidemocrático y trumpizado.

Lo + leído