José María Aznar ha regresado este jueves a Ceuta dispuesto a convertir su visita en una enmienda a la política del Gobierno. El expresidente ha reclamado «firmeza», ha advertido de que «la soberanía nacional no tiene vacaciones» y ha sostenido que la debilidad de un Estado termina provocando nuevas amenazas. Es un discurso reconocible en Aznar y particularmente cómodo cuando han pasado más de dos décadas desde que correspondía a su Gobierno administrar una de las relaciones exteriores más complejas que tiene España.
Acompañado por Ana Botella y recibido por el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, el antiguo jefe del Ejecutivo ha afirmado que «el futuro de Ceuta es el futuro de España» y ha reclamado un cambio completo en la dirección política del país. También ha respaldado las propuestas de Alberto Núñez Feijóo y ha defendido que quienes hayan entrado irregularmente en territorio español deben abandonarlo.
La gravedad de lo sucedido en Ceuta permite discutir la actuación del Gobierno, reclamar explicaciones y analizar qué mecanismos fallaron para que una frontera española y europea pudiera verse sometida a semejante presión. Utilizar esa crisis para presentar retrospectivamente los años de Aznar como un ejercicio impecable de autoridad frente a Marruecos exige, en cambio, prescindir de una parte importante de la hemeroteca. Porque la hemeroteca de José María Aznar también conserva un capítulo llamado Perejil.
La firmeza de Perejil necesitó ayuda
En julio de 2002, efectivos marroquíes ocuparon el pequeño islote de Perejil, situado frente a la costa norteafricana. El Gobierno de Aznar respondió con la operación Romeo-Sierra, en la que fuerzas españolas desalojaron a los efectivos marroquíes y recuperaron el control del islote. Ese es el episodio que ha quedado asociado a la imagen de firmeza de aquellos días y que Vivas ha vuelto a reivindicar este jueves al elogiar la «rotundidad» con la que actuó el entonces presidente. La crisis, sin embargo, no terminó con la intervención militar española.
Estados Unidos desempeñó un papel decisivo para impedir que el enfrentamiento entre Madrid y Rabat continuara escalando y conseguir que ambas partes regresaran al statu quo anterior. La participación del entonces secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, está ampliamente documentada. Washington intervino entre los dos gobiernos hasta alcanzar el entendimiento que permitió cerrar uno de los momentos de mayor tensión entre España y Marruecos de las últimas décadas.
Conviene recordarlo ahora que Aznar ha elegido precisamente la soberanía y la firmeza como medida de la política exterior ajena. La soberanía española, efectivamente, no se tomó vacaciones en 2002, la diplomacia estadounidense tuvo que hacer algunas horas extraordinarias.
Perejil tampoco apareció en medio de unas relaciones idílicas con Rabat. El embajador marroquí había sido llamado a consultas por su Gobierno meses antes y el episodio del islote llevó el deterioro bilateral a su momento más delicado. Marruecos era entonces, como sigue siendo hoy, un vecino difícil e imprescindible, con el que se entrecruzan intereses económicos, fronterizos, migratorios y de seguridad que permanecen cuando termina cualquier crisis.
La oposición desde la memoria selectiva
Aznar tiene todo el derecho a considerar insuficiente la actuación del Ejecutivo ante lo ocurrido en Ceuta y a reclamar una respuesta más contundente. Más difícil resulta utilizar su propia presidencia como certificado de cómo deben gestionarse las relaciones con Rabat cuando el episodio que ahora se reivindica terminó precisamente con una potencia aliada negociando entre ambos países para evitar una escalada mayor.
La situación actual incorpora, además, cuestiones que no se resuelven únicamente mediante una demostración de autoridad. El control de las fronteras convive con obligaciones legales respecto a los menores y con procedimientos de retorno que deben examinarse conforme a la legislación. A ello se suma una realidad geográfica que ningún Gobierno español puede modificar: Marruecos seguirá estando a pocos kilómetros de las costas españolas cuando desaparezcan los titulares sobre la última crisis.
España necesita proteger Ceuta y Melilla y exigir a Rabat el respeto debido a sus fronteras, al tiempo que mantiene con Marruecos cooperación policial, comercial, migratoria y de seguridad. Esa convivencia entre firmeza y negociación ha condicionado durante décadas la política española hacia el país vecino, también durante los ocho años en los que Aznar ocupó La Moncloa.
Con la distancia de más de dos décadas, Perejil admite una reconstrucción mucho más limpia que la que ofrecían aquellos días. Puede recordarse la operación militar española y la recuperación del islote, pero en la fotografía faltaría entonces una parte relevante de lo ocurrido después.
Aznar ha acudido a Ceuta para recordar al Gobierno cómo considera que debe defenderse un país. Pero Perejil, el episodio elegido para respaldar esa autoridad, fue también una crisis diplomática que terminó necesitando negociación y mediación estadounidense. Veinticuatro años después resulta fácil quedarse con la operación militar, pero Colin Powell también forma parte de aquella fotografía.
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