Ayuso "profana" la memoria de las víctimas de ETA

Consuelo Ordóñez desnuda la “derecha abertzale” del PP y acusa a la presidenta madrileña de utilizar a los asesinados por ETA para fabricar un enemigo que ya no existe

23 de Enero de 2026
Actualizado el 26 de enero
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El alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, participan en el homenaje a Gregorio Ordóñez, este jueves en Madrid.

Hay líneas que, cuando se cruzan, ya no tienen vuelta atrás. Isabel Díaz Ayuso las ha cruzado todas. No solo ha manipulado el recuerdo de Gregorio Ordóñez: ha convertido la memoria de las víctimas de ETA en un recurso narrativo al servicio de su estrategia política. Ha utilizado el dolor ajeno como materia prima de su propaganda. Ha transformado un homenaje en un mitin. Y lo ha hecho con una frialdad que roza lo obsceno.

Lo que dijo Ayuso no fue un exceso verbal. Fue una operación consciente. Al preguntarse públicamente si hoy un nuevo Gregorio Ordóñez tendría que vivir escoltado, la presidenta de la Comunidad de Madrid no estaba recordando el pasado: estaba falsificando el presente. Estaba sugiriendo que España vive bajo una amenaza equivalente a la de los años del terrorismo. Estaba fabricando una atmósfera de miedo político que no existe. Estaba mintiendo.

ETA ya no existe.

ETA ya no existe. No mata. No amenaza. No extorsiona. No condiciona elecciones. No pone bombas. No asesina concejales. No obliga a vivir con escolta. No existe. Insistir en que el contexto actual es comparable al de los años noventa no es ignorancia: es manipulación deliberada de la memoria colectiva.

Pero lo más grave no es la mentira histórica. Lo más grave es quién la desmiente y desde dónde. Consuelo Ordóñez no habla como analista, ni como militante, ni como tertuliana. Habla como hermana de un asesinado. Como presidenta de una asociación de víctimas. Como mujer que ha vivido el terror en carne propia. Y su respuesta a Ayuso es demoledora: “Sufrí el odio de la izquierda abertzale. Ahora y con mucha más crueldad, el vuestro, el de la derecha abertzale”.

Eso no es una metáfora. Es una acusación política de primer nivel. Lo que Consuelo Ordóñez está diciendo es que el discurso del PP ha reproducido la misma lógica de violencia simbólica que ella sufrió durante décadas: la del señalamiento, la del enemigo interior, la de la apropiación moral del sufrimiento ajeno. La diferencia es que ahora no hay pistolas, pero sí micrófonos. No hay bombas, pero sí campañas. No hay asesinatos, pero sí una explotación sistemática del dolor.

La expresión “derecha abertzale” es un espejo cruel. Devuelve al PP la imagen de lo que se ha convertido: un nacionalismo identitario, autorreferencial, que se cree dueño de la memoria, de la moral y del concepto de España. Un proyecto político que necesita permanentemente un enemigo para existir. Si no hay ETA, se inventa. Si no hay terror, se dramatiza. Si no hay víctimas dóciles, se las ignora.

Gregorio Ordóñez no fue eso. No fue un tótem ideológico. No fue un símbolo de cruzada. No fue un mártir de ninguna patria abstracta. Fue un político democrático que defendía derechos, no identidades; convivencia, no trincheras; adversarios, no enemigos. Y precisamente por eso, de estar vivo hoy, sería incómodo para Ayuso. Porque jamás habría aceptado este uso tóxico de la memoria. Porque jamás habría hablado de patrias. Porque jamás habría reducido la política a una guerra moral.

Lo que hace Ayuso es reescribir a los muertos. Vaciar sus biografías de contenido real para rellenarlas con consignas. Convertir la memoria en un decorado. En un instrumento. En un arma. No honra a Gregorio Ordóñez: lo secuestra simbólicamente para legitimar su propio discurso de confrontación permanente.

Cuando acusa al Gobierno de “blanquear a quienes han cometido los delitos más graves”, no está defendiendo a las víctimas: está cuestionando la legitimidad democrática del país. Está sugiriendo que las instituciones están en manos de criminales. Está sembrando desconfianza estructural en el sistema. Está utilizando el terrorismo como coartada para erosionar la democracia desde dentro.

Eso tiene un nombre: irresponsabilidad histórica. Porque trivializa lo que fue el terror real. Porque banaliza el asesinato político. Porque convierte el dolor en un recurso escénico. Porque transforma la memoria en mercancía electoral.

Y por eso la “constelación Ordóñez” es tan incómoda para el PP. Porque no es una memoria dócil. Porque no se deja instrumentalizar. Porque no acepta el papel de figurante en un relato ajeno. Porque recuerda algo que el discurso de Ayuso quiere borrar: que la derrota de ETA fue una victoria del Estado de derecho, no de la propaganda. De la justicia, no del ruido. De la democracia, no de la épica.

“Que no olvidaremos el dolor de tantas familias y de hombres y mujeres honrados que no eligieron ser víctimas”. Esa frase no admite apropiaciones. No admite banderas. No admite mitines. No admite reescrituras interesadas.

La memoria de las víctimas no es patrimonio del PP. No es un recurso electoral. No es un decorado emocional. Es un límite moral. Y Ayuso lo ha cruzado. Con frialdad. Con cálculo. Y con una obscena falta de respeto hacia quienes no pueden ya defenderse de su uso político.

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