Ayuso premia a María Corina Machado y convierte la Puerta del Sol en escaparate del trumpismo más peligroso

La presidenta madrileña entrega la Medalla de Oro a una Nobel de la Paz que ha respaldado la presión militar de Trump sobre Venezuela, mientras la derecha europea empieza a alejarse del presidente estadounidense y el PP mantiene su abrazo político con Vox

17 de Abril de 2026
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Ayuso (montaje con el momento en que Corina Machado le entrega el Nobel de la Paz a Trump) IA
Ayuso (montaje con el momento en que Corina Machado le entrega el Nobel de la Paz a Trump) ia

Isabel Díaz Ayuso anunció en la Asamblea de Madrid que la Puerta del Sol se convertiría “en la plaza de la libertad” para homenajear a María Corina Machado y a Edmundo González. “Por eso vamos a premiar al Nobel de la Paz, María Corina Machado, y al ganador, verdadero ganador de las elecciones en Venezuela, Edmundo González”, proclamó la presidenta madrileña. La Comunidad de Madrid confirmó oficialmente la concesión de la Medalla de Oro a Machado y la Medalla Internacional a González “en reconocimiento a su labor en favor de la libertad y los derechos humanos en Venezuela”.

Pero la pregunta política es otra: ¿a quién está premiando realmente Ayuso? ¿A una defensora de la democracia venezolana o a una figura convertida en símbolo internacional del trumpismo latinoamericano? La respuesta no puede despacharse con propaganda. María Corina Machado recibió el Nobel de la Paz 2025, según el Comité Nobel, por su “trabajo incansable” en favor de los derechos democráticos del pueblo venezolano y por su lucha para lograr una transición “justa y pacífica” de la dictadura a la democracia. Ese es el fundamento oficial del premio.

Sin embargo, ese relato convive con una realidad mucho más incómoda: Machado ha respaldado la estrategia de presión militar de Donald Trump sobre Venezuela. Reuters informó en octubre de 2025 de que la dirigente venezolana mantenía un apoyo firme a la estrategia militarizada de Trump y sostenía que Maduro debía apartarse para evitar una escalada. En una entrevista con Bloomberg, Machado afirmó que la escalada era “la única forma” de obligar a Maduro a entender que tenía que irse.

Ese dato es crucial. No se trata de negar la naturaleza autoritaria del chavismo ni la represión padecida por la oposición venezolana. Se trata de señalar una contradicción elemental: un Nobel de la Paz no puede convertirse en coartada para avalar presiones militares extranjeras, operaciones de fuerza o salidas tuteladas por Washington. La paz no se construye pidiendo más presión militar. La democracia no se restaura poniendo el destino de un país en manos de una potencia exterior. Y los derechos humanos no se defienden celebrando una estrategia que puede terminar en muertos, hambre, bloqueo y fractura social.

La contradicción se hizo aún más evidente tras la intervención estadounidense en Venezuela. Varios medios de comunicación informaron que Machado respaldó el uso de la fuerza por parte de la Casa Blanca y difundieron que la Administración Trump “ha cumplido su promesa de hacer valer la ley”. También Reuters recogió que, tras recoger el Nobel, Machado insistió en una transición ordenada y pacífica, pero afirmó que Maduro dejaría el poder “negociado o no negociado”.

Ayuso no entra en esas zonas oscuras. Prefiere construir una escena de balcón, bandera y épica. En su intervención, presentó a Machado y González como representantes de “millones de venezolanos y otros hispanos que lo único que piden es libertad”. También afirmó que Madrid es “plaza de la hispanidad” y que aquí no se promueve “la subvención masiva para tener a la gente empobrecida y dependiente”. El problema es que esa retórica de libertad está pegada a una alianza política muy concreta: Trump, Vox y la derecha más dura del continente.

La propia Machado dedicó el Nobel al pueblo venezolano y a Trump “por su apoyo decisivo” a su causa, según recogieron varios medios internacionales. Posteriormente, el Instituto Nobel tuvo que recordar que un premio Nobel no puede revocarse, compartirse ni transferirse después de ser anunciado, después de que Machado ofreciera simbólicamente compartirlo con Trump.

Ahí aparece la enorme incomodidad para el PP. Ayuso se abraza a Machado en el mismo momento en que Trump se ha convertido en un problema incluso para parte de sus aliados europeos. Giorgia Meloni, hasta ahora una de las dirigentes europeas más próximas al trumpismo, calificó de “inaceptables” los ataques de Trump al Papa León XIV y se ha distanciado de la implicación militar estadounidense en Irán. Ese enfriamiento político entre Meloni y Trump, con la dirigente italiana defendiendo al Papa y marcando distancias ante la guerra.

La ruptura moral es todavía más clara en el plano religioso. El Papa León XIV ha reafirmado su mensaje de paz y diálogo frente a las críticas de Trump, que le acusó de debilidad e ineficacia en política exterior. Reuters recogió que el pontífice mantendrá su oposición a la guerra y su defensa de la diplomacia multilateral. Es decir, mientras el Papa denuncia la lógica bélica, Ayuso premia en Madrid a una dirigente que ha dado cobertura política a la presión militar de Trump en Venezuela.

La derecha británica y otros sectores conservadores europeos también han empezado a medir el coste de aparecer pegados a Trump en plena escalada internacional. La excepción más clara sigue siendo Vox, que mantiene una línea de alineamiento con el trumpismo global. Y ahí Ayuso vuelve a jugar en el mismo tablero: dice representar una derecha institucional, pero sus gestos internacionales refuerzan el marco ideológico de Vox. La diferencia es de estilo, no siempre de fondo.

La presidenta madrileña utilizó además la medalla para lanzar una ofensiva contra la izquierda española. Habló de cárceles venezolanas, Cuba, Nicaragua, narcotráfico, pobreza y control de la prensa. Pero evitó el dato esencial: defender derechos humanos en Venezuela no obliga a respaldar la política exterior de Trump. Condenar la represión chavista no exige justificar operaciones militares estadounidenses. Y premiar a una líder opositora no debería significar blanquear una estrategia que convierte América Latina en tablero de intervención.

La Comunidad de Madrid tiene derecho a conceder sus medallas. Pero los premios públicos no son neutros. Ayuso no solo reconoce a Machado: se coloca a su lado, la convierte en símbolo propio y usa su figura para disputar una batalla ideológica nacional. La medalla no se entrega únicamente por Venezuela. Se entrega para decir que Madrid es el kilómetro cero de una derecha internacional que mezcla anticomunismo, trumpismo, hispanidad selectiva y guerra cultural.

Por eso el acto es tan grave. Porque Ayuso pretende vestir de “libertad” lo que también es apoyo a una salida de fuerza. Porque habla de paz mientras homenajea a una Nobel que ha avalado la escalada militar como vía para derribar a Maduro. Porque se presenta como defensora de los venezolanos, pero en el pleno desprecia las regularizaciones que permitirían vivir con derechos a miles de migrantes que ya trabajan en Madrid. Y porque el PP, incluso cuando Europa se aleja de Trump, sigue atrapado en su sombra: una derecha que confunde democracia con intervención, libertad con propaganda y derechos humanos con oportunidad electoral.

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