José Luis Martínez-Almeida acudió a Espejo Público con la comodidad que da el cargo y con una ambición que ya no se limita a la gestión municipal. La entrevista, larga y a ratos dispersa, dejó sin embargo una idea clara: una forma de entender la política en la que el resultado acaba pesando más que el procedimiento y en la que la política exterior se utiliza como terreno de afirmación ideológica dentro de la derecha española. El problema no es solo lo que dice, sino lo que da por asumido.
El alcalde comenzó avalando sin rodeos la detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos. Admitió que “las formas” no encajan en el derecho internacional, pero justificó la actuación porque, insistió, “hay un dictador menos”. El planteamiento no es inocente. Desplaza el debate del terreno jurídico al moral y convierte la legalidad en un obstáculo secundario si el desenlace se considera deseable. En boca de un jurista, el argumento no es menor. Aceptar que la vulneración de tratados puede ser asumible abre una puerta difícil de cerrar.
En su razonamiento hay, además, una omisión relevante. Almeida subraya que Maduro no es perseguido como jefe de Estado, sino como narcotraficante, y recuerda que Washington nunca lo reconoció como presidente. Pero esquiva la cuestión central: qué queda del sistema de garantías cuando una potencia decide actuar al margen de los cauces comunes. Quién fija el límite entre justicia penal y acción política. El alcalde habla del “mensaje de esperanza” para los venezolanos, pero pasa de puntillas por las consecuencias inmediatas ya documentadas: aumento de la represión, detenciones de periodistas, control de las calles por colectivos armados. El tiempo dirá, sostiene. Mientras tanto, la legalidad queda en suspenso.
La coartada europea
El salto a Groenlandia no es casual. Almeida concede que Donald Trump no debe tomarse “al pie de la letra”, aunque sí “en la dirección que marca”. Traducido: relativizar la amenaza para negociar mejor. Europa, dice, debe actuar con “firmeza y sutileza”, sin cuestionar la soberanía danesa, pero abierta a cooperar en materia de seguridad. De nuevo, la ambigüedad como método. Se reconoce que el multilateralismo está en crisis, pero se evita señalar con claridad a quien lo dinamita. La “lucecita” europea que invoca corre el riesgo de quedarse en consigna si no se acompaña de límites explícitos.
Ese marco internacional le sirve también para ajustar cuentas internas. La ausencia de Pedro Sánchez en la Pascua Militar se convierte en prueba de una supuesta “agenda de supervivencia”. No hay análisis institucional, sino reproche personal. Almeida acusa al presidente de utilizar la política exterior en clave doméstica, mientras él mismo la emplea para alinearse con un discurso duro, marcar perfil propio y situarse dentro del Partido Popular. FAES, dice, “no es el PP”, pero el poso ideológico aflora sin complejos: la legitimación del uso de la fuerza cuando el resultado conviene.
El retrato de Sánchez como dirigente sin política exterior contrasta con la ligereza con la que el propio Almeida despacha asuntos de enorme calado. Habla de la OTAN, de soberanía, de aranceles o de Ucrania como si fueran piezas intercambiables en un tablero retórico. No hay cifras, ni compromisos concretos, ni evaluación de costes. Hay, sobre todo, posicionamiento.
Entre el plató y la ciudad
Cuando la conversación regresa a lo local, el alcalde vuelve a terreno conocido. Empleo, afiliación, crecimiento. Madrid como excepción virtuosa y como prueba de que “la política importa”. El relato es reconocible y vuelve a dejar fuera lo incómodo: precariedad, desigualdad territorial, presión sobre los servicios públicos, una vivienda cada vez más inaccesible. La comparación con Cataluña funciona como atajo y evita entrar en el fondo del modelo.
Incluso en cuestiones aparentemente menores —la cabalgata, los debates sobre representación— Almeida opta por desactivar el conflicto sin abordarlo. “No polarizar”, “no debatir”, “acto festivo”. La neutralidad que invoca es, en realidad, una forma de mantener las cosas como están.
La entrevista deja una sensación persistente: Almeida ensaya un papel que va más allá de la alcaldía. Se mueve cómodo en la política nacional, ordena jerarquías internas y mide cada palabra con la vista puesta en 2027. Pero cuanto más amplio es el escenario que reclama, más visibles resultan las grietas del discurso: una tolerancia inquietante con la excepción, una fe selectiva en la legalidad y una tendencia a usar la política exterior como espejo de batallas internas.
No es una cuestión de estilo ni de tono. Es de fondo. Cuando se normaliza que el resultado justifique el procedimiento y se relativiza el derecho en nombre de la eficacia, el problema ya no es Trump, ni Maduro, ni Groenlandia. Es el marco que se acepta como común.