El humorista Quequé (Héctor de Miguel) dice que para, que se toma un descanso, un respiro. No puede más. En los últimos meses, se había convertido en uno de los blancos preferidos de la extrema derecha española. Lo que comenzó como una serie de ataques aislados en redes sociales ha evolucionado hacia una campaña organizada de señalamiento, acoso digital y desinformación. El fenómeno no es nuevo: la extrema derecha lleva años utilizando estrategias de hostigamiento contra periodistas, artistas y creadores que consideran ideológicamente incómodos. Pero el caso de Quequé es especialmente significativo y sangrante porque revela hasta qué punto el humor se ha convertido en un campo de batalla político.
La persecución contra el cómico no se explica por un chiste concreto ni por una polémica puntual. Es el resultado de un clima político donde la sátira, la crítica y la irreverencia se interpretan como amenazas. Y donde determinados sectores reaccionarios han decidido que el humor debe ser disciplinado, vigilado y castigado cuando no encaja en su marco ideológico.
Quequé lleva más de dos décadas en la comedia. Su estilo, basado en la ironía, el sarcasmo y la crítica social, siempre ha incomodado a sectores conservadores. Sin embargo, la escalada actual no tiene precedentes. La extrema derecha ha convertido al humorista en un símbolo de lo que consideran “la izquierda cultural”, un enemigo a batir en su guerra cultural permanente.
El detonante ha sido su participación en programas de humor político, monólogos y comentarios satíricos que cuestionan discursos reaccionarios. En un contexto de polarización extrema, la sátira se interpreta como ataque personal, y el humorista pasa a ser tratado como adversario político. La persecución contra Quequé sigue un patrón que ya se ha detectado en otros casos: señalamiento coordinado en redes sociales y cuentas vinculadas a la extrema derecha que amplifican fragmentos descontextualizados de sus intervenciones, presentándolos como “ofensas” o “ataques a España”. Se han viralizado afirmaciones falsas sobre su vida personal, su trabajo y sus ingresos, con el objetivo de desacreditarlo y erosionar su reputación. Ha habido insultos, amenazas y mensajes intimidatorios que se multiplican cada vez que el humorista publica contenido o aparece en un programa.
Algunos grupos han promovido boicots y campañas para que cadenas de televisión o productoras prescindan de él. El objetivo no es debatir ni criticar su humor, sino silenciarlo. La extrema derecha ha convertido el humor en un frente de batalla. No es casual: la sátira es una herramienta poderosa para cuestionar el poder, desmontar discursos y exponer contradicciones. Por eso, históricamente, los movimientos autoritarios han intentado controlar o censurar a los humoristas.
En España, este fenómeno se ha intensificado. La extrema derecha considera que el humor crítico forma parte de un supuesto “ecosistema progresista” que domina la cultura. Y en lugar de responder con humor o argumentos, opta por la estrategia del señalamiento y el acoso. Quequé se ha convertido en un símbolo porque representa un tipo de humor que no se somete a los límites que ciertos sectores quieren imponer. Su estilo directo, su presencia en programas de sátira política y su capacidad para conectar con audiencias jóvenes lo convierten en un objetivo especialmente atractivo para quienes buscan librar una guerra cultural.
Uno de los elementos más llamativos de esta campaña es la contradicción entre el discurso y la práctica. La extrema derecha se presenta como defensora de la libertad de expresión, especialmente cuando se trata de proteger discursos ofensivos, discriminatorios o provocadores. Sin embargo, cuando el humor se dirige hacia ellos, la reacción es muy distinta. En lugar de defender el derecho del humorista a expresarse, recurren al acoso, la presión y la desinformación. La libertad de expresión se convierte así en un concepto instrumental: se defiende cuando beneficia a los propios, se ataca cuando beneficia a los otros.
El acoso digital no es un fenómeno inocuo. Tiene consecuencias reales: desgaste emocional, presión psicológica, miedo a represalias, autocensura, impacto en oportunidades laborales. Quequé ha reconocido en varias ocasiones que la presión es constante. Aunque mantiene su actividad profesional, la campaña de hostigamiento busca precisamente eso: forzar la autocensura y enviar un mensaje a otros humoristas. El mensaje es claro: “Si te metes con nosotros, te perseguiremos”.
El caso de Quequé no es aislado. La extrema derecha ha dirigido campañas similares contra periodistas, actores, músicos, escritores, científicos y activistas. El caso de la tertuliana Sarah Santaolalla es paradigmático de lo que está pasando. La comunicadora sufre acosos casi cada día sin que nadie, ni la Policía ni la Justicia, haga nada por evitarlo. El objetivo es siempre el mismo: disciplinar el espacio cultural y convertirlo en un territorio donde solo ciertas voces puedan expresarse sin miedo. Mientras se asfixia a los referentes de la izquierda, los voceros del extremismo ultra campan a sus anchas. Vito Quiles lo tiene mucho más fácil para continuar propagando sus bulos antidemocráticos en las redes sociales.
La persecución a Quequé es un síntoma más de la expansión del trumpismo en todo el mundo. La persecución de la extrema derecha a Quequé no es solo un ataque a un humorista. Es un intento de controlar el espacio público, de intimidar a quienes usan el humor como herramienta crítica y de imponer un clima donde la sátira se castiga. La censura y la dictadura tuitera de Elon Musk al servicio del totalitarismo. Tecnofascismo. El caso revela una tensión profunda en la sociedad española entre quienes entienden el humor como un espacio de libertad y quienes lo ven como una amenaza que debe ser vigilada. Y muestra cómo la extrema derecha utiliza el acoso digital como arma política para intentar moldear el debate cultural. Si el fascismo posmoderno empieza a silenciar a intelectuales y artistas, la democracia está condenada. A Quequé le deseamos que se reponga pronto de su bajón anímico y laboral. La lucha antifa sigue. Todos somos Quequé.
