El crecimiento de la extrema derecha y los paralelismos con el ascenso de Mussolini al poder

Un siglo después de que Benito Mussolini marchara sobre Roma capitalizando el descontento de una sociedad agraviada, la Europa contemporánea vuelve a revivir las mismas grietas estructurales que convirtieron el miedo en la fuerza política más devastadora

14 de Septiembre de 2026
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Mussolini

El crecimiento global de la extrema derecha en la actualidad se sustenta en las consecuencias de la crisis de 2008, a la falta de respuesta por parte de los gobiernos de centro derecha y socialdemócratas y al crecimiento de la brecha de desigualdad generado por un escenario socioeconómico diseñado para que el 0,1% de la población acumule el 80% de la riqueza mundial. A las democracias rara vez las tumba un golpe seco de hacha. Se van pudriendo por dentro, muy despacio, hasta que la estructura ya no sostiene nada y cualquiera la tira de una patada.

Eso mismo pasó en Roma, allá por el otoño de 1922. Benito Mussolini no tuvo que tomar el Palacio del Quirinal a bombazo limpio. Le bastó con mirar a la cara a una masa de campesinos y obreros arruinados, oler el sudor helado de los industriales que temían a los bolcheviques y decir: "Dejadme a mí". El fascismo no cayó del cielo como un castigo divino... Fue el resultado lógico de una sociedad partida en mil pedazos, de veteranos de guerra mendigando en las esquinas y de unos políticos metidos en sus despachos que no se enteraban de nada.

Pues bien, echemos un vistazo al mapa de Europa hoy. Las imágenes no son idénticas, claro... No hay camisas negras apaleando sindicalistas por las plazas. Pero la música de fondo se parece demasiado.

Para entender el estropicio de entonces, hay que recordar cómo salieron los italianos de la Gran Guerra. Habían ganado, sí, pero volvían a casa con la sensación de haber sido estafados. Lo llamaban la "victoria mutilada". Los salarios no daban para comprar ni pan, los precios subían cada mañana y el sur rural seguía siendo esa tierra olvidada de Dios donde la miseria se heredaba de padres a hijos. En esas llegó el famoso Biennio Rosso: huelgas salvajes, fábricas ocupadas en Turín y campesinos agarrando la azada para reclamar tierras.

Las élites de la época (los patronos, los terratenientes, la propia monarquía) se hicieron pis encima pensando en la Revolución Rusa. Y ahí entraron en escena las escuadras fascistas. Tipos armados con garrotes que prometían "orden" a cambio de mirar para otro lado. El liberalismo italiano no cayó; se entregó con armas y bagajes a un matón porque le pareció el mal menor.

Mussolini lo entendió todo al vuelo. Vio antes que nadie que la política ya no iba de discursos articulados en el parlamento, sino de espectáculo, banderas, puños en alto y la promesa de devolverle al país un orgullo perdido. La masa no quería leerse un programa electoral de cien páginas; quería un culpable al que señalar y a alguien fuerte al mando.

Si saltamos cien años hacia adelante, ¿qué nos encontramos en nuestro patio trasero? No hay una posguerra con trincheras y barro, pero desde la crisis de 2008 llevamos quince o veinte años encadenando una crisis tras otra. Precios por las nubes, la vivienda convertida en un lujo inalcanzable, empleos donde te dejas la espalda para no llegar a fin de mes... En muchos pueblos desindustrializados de la Europa profunda, la palabra "globalización" suena a chiste malo o a condena.

Ahí es donde la historia rima. Cuando los partidos tradicionales se vuelven tecnócratas, cuando hablan en ese lenguaje frío y distante de las instituciones europeas y se muestran incapaces de arreglar la vida cotidiana de la gente, regalan el monopolio de la indignación.

El miedo ya no es al comunismo soviético. El miedo ahora tiene otros nombres en el vocabulario de la extrema derecha: la inmigración descontrolada, la pérdida de identidad, la inseguridad en los barrios o las decisiones que se toman a miles de kilómetros. Las fuerzas de extrema derecha actuales han aprendido la vieja lección del Duce: simplificar problemas endiabladamente complejos en consignas de trazo grueso. "Nosotros contra ellos". "Los de casa primero". "La patria frente al caos".

Mussolini no triunfó únicamente porque sus seguidores fueran brutales. Triunfó porque el resto del país prefirió la indiferencia, la cobardía o el cálculo político antes que ponerse a arreglar las tripas del Estado. Si la política deja de ser útil para mejorar la vida de la gente de a pie, la democracia se convierte en un cascarón vacío. Y cuando eso ocurre, siempre hay alguien esperando en la esquina para prometer soluciones mágicas a garrotazo limpio.

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