La costa que se llena en verano y se queda sin casas para vivir

El turismo sostiene buena parte de la economía de los municipios costeros gallegos, pero la presión estacional sobre la vivienda empieza a complicar la vida de quienes necesitan un alquiler durante los doce meses del año

05 de Septiembre de 2026
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La costa que se llena en verano y se queda sin casas para vivir

Agosto cambia la costa gallega. Cambia el tráfico, el ruido, los horarios y hasta la manera de moverse por pueblos que durante unas semanas parecen quedarse pequeños. Se abren apartamentos cerrados durante meses, las terrazas trabajan sin descanso y encontrar dónde dejar el coche puede llevar más tiempo del previsto.

En las Rías Baixas se conoce bien esa transformación. O Grove, Sanxenxo, Baiona, Nigrán, A Guarda, Cambados y otros municipios costeros reciben cada verano a miles de personas que forman parte de su economía y, en muchos casos, de su propia historia. Familias que llevan décadas regresando al mismo lugar, propietarios de segundas residencias, visitantes ocasionales y turistas extranjeros conviven durante unas semanas con quienes están allí en enero y en agosto.

Después el verano termina. Buena parte de las viviendas se cierra, el tráfico disminuye y vuelve el ritmo de los meses en los que no hace falta reservar una mesa ni dar varias vueltas para aparcar. La fotografía podría llevar a pensar que entonces sobra vivienda. Para quien busca un alquiler estable, no siempre es así. Una casa puede estar vacía durante meses y, al mismo tiempo, no estar disponible para quien necesita vivir en ella.

Ese es uno de los problemas que empieza a sentirse con mayor claridad en las localidades costeras sometidas a una fuerte presión estacional. La segunda residencia tiene desde hace décadas un peso importante en Galicia y a ella se ha sumado el alquiler vacacional. Entre ambas realidades queda un mercado residencial que en determinados lugares ofrece pocas opciones a quien busca algo tan poco extraordinario como un contrato que llegue hasta el verano siguiente.

Sanxenxo permite hacerse una idea de esa peculiar relación con la vivienda. El Censo de 2021 contabilizó 17.787 viviendas familiares en el municipio, pero solo 6.579 eran principales. Las otras 11.211 figuraban como no principales, una categoría que incluye realidades muy diferentes y que no debe confundirse con vivienda turística. Los últimos datos experimentales del INE, correspondientes a mayo de 2026, detectan 1.385 viviendas turísticas anunciadas en las principales plataformas, equivalentes al 7,79 % del parque residencial.

Una casa hasta junio

Quienes viven en municipios turísticos conocen una modalidad de alquiler que las estadísticas no siempre consiguen retratar bien. Pisos disponibles desde septiembre u octubre hasta mayo o junio, suficientes para pasar el curso pero no para instalarse. Cuando empieza la temporada alta, la vivienda recupera su uso turístico o vacacional y quien la ocupaba tiene que buscar otra. El propietario puede obtener durante el verano unos ingresos que difícilmente conseguiría manteniendo el mismo alquiler durante todo el año.

Es una decisión económica perfectamente comprensible desde el punto de vista individual. Cuando se repite en muchas viviendas de una misma zona, sus efectos dejan de ser individuales. Y los nota quien obtiene destino en un colegio o en un centro de salud de la costa y necesita instalarse cerca de su trabajo. También una pareja joven que quiere abandonar la casa de sus padres o quien nació allí y descubre que vivir en su propio municipio exige competir por una oferta cada vez más reducida.

Durante años Galicia ha hablado de despoblación pensando casi siempre en el interior. Carreteras, escuelas, cobertura sanitaria, transporte y oportunidades laborales han ocupado buena parte de ese debate. En algunos puntos de la costa empieza a aparecer una situación diferente. Puede existir actividad económica, puede llegar población durante meses y, aun así, resultar difícil retener a quienes quieren quedarse.

La vivienda se convierte entonces en una forma menos visible de expulsión. Nadie obliga a marcharse. Basta con que encontrar un alquiler asumible y estable se convierta en una búsqueda que se repite cada año.

Vivir todo el año también mantiene un pueblo

Cargar la responsabilidad sobre el turista sería tan sencillo como injusto, y tampoco todas las segundas residencias pueden tratarse como viviendas inútiles.

Buena parte de la costa gallega ha crecido alrededor de una relación con el turismo que va mucho más allá de julio y agosto. Las familias que regresan cada verano compran, consumen, pagan impuestos, reforman viviendas y sostienen una actividad económica de la que dependen miles de empleos. En muchos municipios sería difícil imaginar el comercio o la hostelería sin ellas.

El último agosto ofrece una muestra bastante clara. Sanxenxo cerró el mes con una ocupación turística media del 88,1 %, que llegó al 93,7 % en los apartamentos turísticos. Es difícil discutir la importancia económica de una actividad con semejante capacidad para llenar un municipio durante el verano.

Pero los pueblos no funcionan únicamente durante la temporada alta. El restaurante lleno en agosto necesita trabajadores. El centro de salud necesita profesionales. El colegio necesita niños. Los comercios necesitan clientes también cuando llueve durante una semana seguida y el paseo marítimo está prácticamente vacío. Y todos necesitan algún lugar donde vivir.

El problema aparece cuando una vivienda adquiere mucho más valor como alojamiento de unos días que como hogar durante un año. El mercado hace sus cuentas. Un ayuntamiento debería hacer otras.

Perder población permanente tiene consecuencias que no se recuperan llenando apartamentos durante seis semanas. Menos vecinos significan menos alumnado, menos consumo durante el invierno, menos servicios y mayores dificultades para mantener una comunidad viva fuera de temporada.

La solución tampoco puede ser idéntica en toda Galicia. La presión residencial de Sanxenxo no es la de todos los municipios de las Rías Baixas y las circunstancias de la costa lucense son diferentes de las del área de Vigo. Incluso localidades próximas pueden tener problemas muy distintos.

Eso obliga a conocer mejor qué viviendas existen, qué uso tienen y qué parte del parque residencial está realmente disponible. También a ampliar el alquiler estable, movilizar vivienda vacía, promover vivienda protegida y permitir que los municipios con mayor presión turística dispongan de instrumentos para actuar sobre su propia realidad.

Nada de eso exige elegir entre turismo y residentes. Galicia necesita el turismo y en muchos lugares sería absurdo sostener lo contrario. Pero también necesita que una persona que encuentre trabajo en la costa pueda aceptar ese empleo sin preguntarse dónde vivirá cuando llegue junio.

Durante el verano vemos con facilidad el éxito de un municipio. Las terrazas llenas, los comercios abiertos, las playas ocupadas y las calles con gente ofrecen una imagen inmediata de prosperidad. Pero la salud de un pueblo se comprueba también en febrero, cuando siguen encendidas las luces de las casas de quienes han podido quedarse.

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