La clase media que trabaja pero ha dejado de sentirse segura

España crea empleo, mejora salarios y crece por encima de buena parte de Europa. Aun así, muchas familias han perdido algo que durante décadas definió a la clase media, la confianza en que su posición económica iría a mejor

28 de Agosto de 2026
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La clase media que trabaja pero ha dejado de sentirse segura

La clase media española tiene hoy razones objetivas para mirar los datos económicos con bastante más tranquilidad que hace unos años. Hay más gente trabajando que nunca, el paro ha bajado del 10 %, los salarios han mejorado y la economía continúa creciendo por encima de las principales potencias europeas. Basta alejarse de las estadísticas, sin embargo, para encontrar una sensación bastante menos confortable.

Personas que trabajan, cobran todos los meses y llevan una vida razonablemente estable sienten que cualquier gasto importante puede alterar unas cuentas que parecían ordenadas. No hace falta encontrarse al borde de la exclusión para vivir pendiente de que nada importante se tuerza.

Durante décadas, pertenecer a la clase media no significaba necesariamente disponer de grandes ingresos. Tenía mucho que ver con poder organizar la vida con cierta previsibilidad. Un empleo permitía pagar una vivienda, criar hijos, ahorrar algo, disfrutar de unas vacaciones y afrontar un imprevisto sin que la economía familiar saltara por los aires. La distancia respecto a las clases más acomodadas podía ser enorme, pero existía una certeza bastante extendida: trabajando, el futuro podía ir construyéndose.

Esa confianza se ha debilitado justo cuando algunos de los indicadores que durante años alimentaron el pesimismo español han empezado a mejorar.

Tener trabajo ya no garantiza tener margen

España superó en julio los 22,5 millones de afiliados a la Seguridad Social, un máximo para ese mes. La última EPA situó además la tasa de paro por debajo del 10 %, una frontera que el país llevaba casi dos décadas sin conseguir rebajar.

El cambio del mercado laboral va bastante más allá del número de trabajadores. La reforma laboral redujo de manera muy importante la temporalidad, el salario mínimo ha experimentado una subida considerable durante los últimos años y la creación de empleo ha acompañado a un crecimiento económico que continúa destacando dentro de Europa.

La situación laboral de millones de personas es hoy más sólida que hace una década y cualquier análisis sobre la inseguridad económica que ignore esa transformación partiría de una fotografía equivocada. La dificultad aparece después, cuando esa estabilidad laboral tiene que convertirse en estabilidad cotidiana.

Una nómina fija ya no garantiza necesariamente capacidad de ahorro. Dos salarios pueden sostener sin dificultades una casa hasta que llega un hijo, sube el alquiler o aparece la necesidad de cuidar a un familiar. Una reparación del coche, una derrama o varios gastos imprevistos seguidos bastan a veces para consumir el colchón acumulado durante meses. La seguridad depende entonces de que demasiadas cosas continúen funcionando bien al mismo tiempo.

Durante mucho tiempo hemos medido el bienestar principalmente a través de la renta. Cuánto entra en casa sigue siendo fundamental.

Importa también cuánto queda después.

La vivienda se lleva una parte muy elevada de los ingresos de numerosos hogares, especialmente entre jóvenes y familias que viven de alquiler. Los alimentos acumularon fuertes incrementos durante los años de mayor inflación y muchos de aquellos precios no regresaron después a su punto de partida. A ello se suman energía, transporte, seguros, educación, cuidados y esa sucesión de recibos ordinarios que rara vez parece extraordinaria por separado.

Ahí empiezan a separarse vidas que las estadísticas pueden colocar en una misma franja de renta. Una familia con la vivienda pagada y algunos ahorros afrontará un problema económico desde una posición muy distinta a otra que depende de dos nóminas para pagar alquiler, hijos y gastos corrientes. Perder el empleo durante seis meses puede ser una contrariedad en un caso y desordenar completamente las cuentas en el otro.

Tener ingresos y tener margen han dejado de significar lo mismo, y ese margen explica probablemente mejor que muchas etiquetas sociales por qué alguien con un salario razonable puede sentirse económicamente vulnerable.

El futuro dejó de parecer previsible

También ha cambiado algo que no cabe fácilmente en una nómina: la relación con el futuro. Las generaciones que construyeron buena parte de la clase media española durante las últimas décadas del siglo XX crecieron con una expectativa de progreso bastante arraigada. La siguiente generación estudiaría más, tendría mejores oportunidades y accedería a un nivel de bienestar superior, la realidad nunca fue tan ordenada como ese relato, pero la expectativa existía.

Hoy resulta bastante más difícil decirle a una persona de treinta años dónde estará económicamente dentro de diez. Puede progresar, por supuesto. Puede ganar más, comprar una casa y construir patrimonio. Lo que se ha debilitado es la sensación de que ese recorrido llegará casi naturalmente con los años de trabajo.

Cambiar de empleo puede abrir una oportunidad o devolver a la casilla de salida. Tener hijos obliga a hacer cálculos bastante precisos. Comprar una vivienda compromete buena parte de los ingresos durante décadas. Ahorrar para la jubilación compite con necesidades mucho más próximas.

Quizá por eso la estabilidad ha recuperado tanto valor. La atracción del empleo público entre muchos jóvenes no se explica únicamente por el sueldo. También ofrece algo que una parte del mercado laboral privado garantiza con más dificultad: saber aproximadamente qué ocurrirá el mes que viene y el siguiente. El problema alcanza inevitablemente a la política.

La mejora del mercado laboral ha proporcionado una posición más sólida a millones de trabajadores. Más empleo, mejores salarios, menos temporalidad y mayor protección hacen una diferencia real. Pero la experiencia cotidiana está mostrando que el contrato de trabajo es solo una parte de la ecuación.

La vivienda se ha convertido en la otra gran pieza. Junto a ella aparecen los cuidados, la conciliación, el coste de formar una familia y la capacidad de conservar algunos ahorros después de pagar los gastos ordinarios. Una persona puede encontrarse muy lejos de cualquier umbral de exclusión y necesitar, al mismo tiempo, que su empleo, su salud y sus gastos permanezcan exactamente bajo control para conservar el nivel de vida alcanzado.

Ahí aparece una de las explicaciones de por qué los buenos datos macroeconómicos no siempre producen el optimismo que cabría esperar. Decir a quien vive así que la economía funciona no es engañarle. El país crece, crea empleo y ha mejorado indicadores laborales que durante años parecían enquistados. Pero esa persona probablemente esté haciendo otra cuenta.

Mira lo que ingresa, resta la vivienda, los recibos, la compra, el coche, los hijos si los tiene y aquello que consigue guardar a final de mes. Después calcula cuánto tiempo podría sostener todo eso si desapareciera una nómina. 

 

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