Dice la leyenda en la Casa Blanca que la presidencia de los Estados Unidos te devora por dentro. Que entras con el pelo negro y sales al cabo de cuatro años encorvado, canoso y con cara de no haber dormido una noche entera. No hay más que ver, por ejemplo, cómo entró Barack Obama y cómo salió. Bueno... pues parece que a Donald Trump no le llegó ese manual.
Para el magnate neoyorquino, ocupar de nuevo el Despacho Oval no ha sido un sacrificio; ha sido, digámoslo sin rodeos, el negocio del siglo. Tras hacerse pública su última declaración patrimonial, a más de un fiscalista en Washington se le cayó el café encima. Más de 2.200 millones de dólares en solo doce meses. Una barbaridad. Pero lo verdaderamente escandaloso no era el tamaño del montón de billetes, sino de dónde salía.
El análisis exhaustivo de esa declaración de bienes revela el truco: más de un tercio de ese dineral vino directo de un entramado de empresas que Trump había fundado apenas unos meses antes de volver a jurar el cargo. Una jugada redonda para sus finanzas que demuestra que su vuelta a la Casa Blanca no era más que un plan de negocio, el más lucrativo de su vida.
Porque, a ver, la lección de su primer paso por la Casa Blanca la llevaba bien aprendida. En 2016, cuando ganó casi por sorpresa, congeló la creación de nuevos negocios. Se dedicó a vivir del alquiler de sus hoteles y de los mandatarios extranjeros que pagaban suites de lujo para caerle bien al presidente. Aquello trajo cola, sí... pero lo de ahora es de otra liga. La corrupción ha pasado a un nivel premium y sin esconderse.
Esta vez no hubo improvisación. Volvió con la lección estudiada, la libreta llena y una prisa tremenda por facturar. Del señor que vendía gorritas rojas y camisetas por internet hemos pasado a un tiburón de las finanzas globales. Solo entre la primavera de 2024 y su regreso a la Casa Blanca, su familia dio de alta setenta y cuatro corporaciones y productos. ¡Setenta y cuatro! Estampó su apellido en todo lo que tuviera superficie: biblias, guitarras con el número 45 grabado, relojes de oro y proyectos inmobiliarios en India o Vietnam.
Y luego están las criptomonedas. Hay que tener la cara muy dura o ser muy corrupto para haber dicho durante años que el bitcoin era una estafa y, acto seguido, lanzar tu propia memecoin justo antes de gobernar. ¿El resultado? Más de 635 millones de dólares en regalías en un solo año. Todo para su bolsillo mientras miles de pequeños inversores veían cómo sus ahorros se esfumaban en cuanto el valor de la moneda digital cayó en picado. Una ruina para unos, un bote millonario para él.
Pero la cosa no acaba en el entorno digital, ni mucho menos. En el ladrillo tradicional, el modelo mutó: ya no se molesta en poner un solo ladrillo. Vende la marca, la firma, el nombre "Trump" en la fachada. Si la torre se construye o termina siendo un solar abandonado, al presidente le da igual. Él ya ha cobrado su comisión por adelantado.
¿Y los favores políticos? Están flotando ahí, a la vista de todo el mundo. Aparecen sociedades como Trump Acquisition LLC, aquel viejo armazón de la fallida torre en Moscú que de pronto resucita para recibir diez millones de dólares de un multimillonario indio. Pagas y, ¡mira qué casualidad!, tus relaciones con la administración estadounidense mejoran milagrosamente.
O el caso de Corea del Sur. Un par de semanas antes de destaparse los informes, la Organización Trump cerró un acuerdo con una firma surcoreana de aluminio. La empresa le soltó dos millones de dólares a Trump como "tarifa de desarrollo" mientras el propio Departamento de Comercio norteamericano la estaba investigando por prácticas irregulares. Sin rodeos. Todo en la cara de los inspectores.
Pues bien, la maquina no se ha parado. Solo en este segundo mandato ya ha creado más de treinta sociedades nuevas. Vienen oleadas de ingresos desde Serbia, Filipinas o Rumanía. Incluso cuando el proyecto fracasa, como pasó en Australia, el mensaje que queda es transparente como el agua: la presidencia de la potencia mundial más grande del planeta se ha convertido en una simple agencia de publicidad privada.
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