En el otoño lluvioso de 2014, el entonces primer ministro británico, David Cameron, montó en cólera ante sus homólogos europeos, negándose a pagar una actualización de la contribución al bloque de algo más de 2.000 millones de euros. Aquella gesticulación cargada de soberbia, diseñada para calmar a las facciones más radicales de su propio partido y frenar el auge de la extrema derecha nativista, encendió la mecha de un artefacto que terminaría por explosionar en las manos de todo un país.
Hoy, contemplando la evolución de las islas desde la distancia que otorga el tiempo, queda claro que el referéndum que entonces parecía una hipótesis difusa se transformó en la mayor maniobra de autolesión económica y social de la historia contemporánea. Quienes vendieron la ilusión de que hacer camino en solitario devolvería la grandeza a la antaño todopoderosa Gran Bretaña frente a los supuestos dictámenes de Bruselas observan hoy cómo el país zozobra casi en cada indicador imaginable. La cruda realidad del impacto económico del Brexit en el Reino Unido ha pulverizado el triunfalismo de aquellos charlatanes de feria, demostrando que en un mundo globalizado, donde las grandes potencias dictan las reglas del juego, el aislamiento no trae libertad, sino una profunda e inapelable decadencia.
Colapso financiero y comercial
Las cuentas que la propaganda ultraconservadora presentaba a la ciudadanía eran tan sencillas como falsas: sin el corsé de las regulaciones comunitarias, la economía despuntaría y la libra esterlina recuperaría su hegemonía. La realidad macroeconómica posterior a la desconexión dibuja un escenario diametralmente opuesto. Rigurosos análisis de la Universidad de Stanford y del National Bureau for Economic Research sitúan el crecimiento económico del Reino Unido entre seis y ocho puntos por debajo de la trayectoria que habría mantenido de haber permanecido dentro del mercado común. El crecimiento anual se ha aletargado hasta un raquítico promedio, perdiendo fuelle respecto a los quince años anteriores a la ruptura.
La pérdida de músculo financiero se evidencia de forma dramática en la productividad del Reino Unido tras el Brexit. Los informes oficiales de la Oficina para la Responsabilidad Presupuestaria (OBR) revelan que la capacidad productiva general ha caído de manera alarmante, lastrada por las barreras invisibles que el propio país decidió levantar. El anhelado milagro exportador que prometían los partidarios de la ruptura, basado en supuestos acuerdos comerciales pos-Brexit idílicos con terceros países, se ha revelado como una completa quimera sin impacto material alguno. Lejos de beneficiarse de la libertad regulatoria, el comercio exterior global de las islas se ha contraído de forma severa, mientras que la devaluación de la libra esterlina frente al euro ha sido una constante, disipando cualquier atisbo de fortaleza monetaria.
Fronteras blindadas, pasaportes devaluados y aulas vacías
Uno de los efectos más tangibles y cotidianos de este repliegue identitario se sufre en los controles fronterizos. El libre tránsito que durante décadas enriqueció los lazos culturales y comerciales con el continente ha dado paso a un entramado burocrático asfixiante. Las restricciones de movilidad por el Brexit mutuas limitan los viajes turísticos a un máximo de noventa días, obligando además a los ciudadanos europeos a tramitar la nueva Autorización Electrónica de Viaje (ETA) para el Reino Unido previa, cuyas tasas administrativas no han dejado de encarecerse de forma exponencial. Cruzar el Canal de la Mancha se ha convertido en un trámite engorroso y costoso que ha terminado por frenar el dinamismo del turismo británico en comparación con el espectacular auge vivido por competidores europeos directos.
Esta pérdida de influencia internacional se refleja con nitidez en el prestigio del propio documento de identidad británico. El pasaporte del Reino Unido y el Henley Passport Index reflejan un lento pero inexorable descenso en las clasificaciones globales, donde las islas se han visto superadas por sus antiguos socios comunitarios. El repliegue fronterizo también ha provocado un severo desencanto entre el talento joven internacional. Los datos del Observatorio Migratorio de la Universidad de Oxford constatan que el volumen de estudiantes de la UE en universidades británicas se ha desplomado casi a la mitad, disuadidos por los desorbitados costes de matrícula para extranjeros y la farragosa tramitación de visados de estudios. El Reino Unido ha dejado de ser el faro académico del continente para convertirse en una fortaleza inaccesible y envejecida.
Sanidad depauperada y auge del extremismo
La mayor de las falacias propagadas durante la campaña de salida se pintó de color rojo en los autobuses que recorrían el país, prometiendo desviar los fondos enviados a Europa directamente a las arcas del sistema de salud público. Más de una década después, los indicadores oficiales exponen la quiebra absoluta de aquella promesa y revelan la grave crisis del NHS británico. La Encuesta de Actitudes Sociales Británicas (BSA) muestra el desplome de la confianza ciudadana hacia lo que fuera la joya de la corona de su estado de bienestar: la insatisfacción pública duplica hoy con creces a la de los ciudadanos que se declaran conformes con el servicio, dándole la vuelta por completo a los niveles de aceptación previos a la ruptura. Las listas de espera interminables, la falta de personal médico y el colapso de las urgencias constituyen el verdadero legado de la gestión del desapego europeo.
Incluso en las cifras de inmigración en el Reino Unido, el gran caballo de batalla del discurso nacionalista y xenófobo, los resultados suponen un bofetón de realidad. Aunque el saldo migratorio de ciudadanos comunitarios se ha hundido con la marcha neta de miles de trabajadores europeos que han empaquetado sus vidas de vuelta al continente, el volumen global de entradas ha continuado aumentando debido al repunte de la inmigración procedente de países extracomunitarios. El control absoluto de las fronteras que se prometía a los votantes nativistas ha resultado ser otra ilusión óptica en un mercado laboral que sigue necesitando mano de obra exterior para sostener sus servicios más básicos.
La gran e inquietante paradoja que este veterano cronista observa con preocupación es que el empobrecimiento colectivo no parece haber penalizado a los arquitectos del desastre. En lugar de rendir cuentas por la ruina generada, el auge de la extrema derecha con Reform UK y la figura de Nigel Farage vuelven a ganar tracción en los sondeos de intención de voto, capitalizando el descontento de la misma sociedad que empujaron al abismo. Mientras la gran mayoría de la población lidia con el encarecimiento de la cesta de la compra y el declive de sus instituciones públicas, el entramado aduanero y unos pocos sectores corporativos desregulados hacen caja con el nuevo papeleo. El Brexit permanece ante los ojos del mundo como la prueba irrefutable de que el populismo de extrema derecha y sus consecuencias no solucionan los problemas cotidianos de la gente; únicamente siembran división, debilitan las estructuras del bienestar y cosechan una ruina duradera que tardarán generaciones en subsanar.