El bombardeo norteamericano sobre Caracas ha sacudido la diplomacia mundial. Se espera una reacción inmediata de Rusia y China, así como de la organización de Estados americanos. Medios estadounidenses aseguran que Trump había informado a Putin de sus intenciones a través del teléfono rojo (el que mantiene línea directa entre Washington y Moscú en momentos de crisis), de modo que el Kremlin estaba informado. El acuerdo entre ambas superpotencias estaba claro desde hacía meses: los rusos completaban su apropiación de la región ucraniana del Dombás y los yanquis volvían a meterse en el patio trasero latinoamericano, retornando a las viejas doctrinas intervencionistas de los años 60 y 70 de tan nefastos recuerdos históricos. Vuelven las escenas sangrientas de antaño, la imagen de Bahía de Cochinos, el golpe contra Allende en Chile, la participación de la CIA en la conjura de los milicos argentinos.
Trump y Putin están en conexión permanente (también en sintonía ideológica), lo cual no significa que a Rusia la haga gracia que Estados Unidos bombardee a un país aliado como Venezuela. El ataque contra Caracas repercutirá, sin duda, en las relaciones bilaterales. Aunque ninguna de las fuentes consultadas menciona una reacción directa de Rusia tras los bombardeos, sí es posible evaluar las implicaciones geopolíticas previsibles a partir del contexto histórico y del papel que Moscú ha desempeñado en Venezuela. En primer lugar, Rusia podría interpretar el ataque como una amenaza a su influencia estratégica. Venezuela es uno de los aliados más firmes de Rusia en América Latina. Moscú ha invertido en cooperación militar, acuerdos energéticos y apoyo financiero al gobierno de Maduro.
Un ataque estadounidense contra instalaciones militares venezolanas (como los registrados en La Carlota y Fuerte Tiuna en las últimas horas) puede ser percibido por Rusia como un intento de Washington por reducir su esfera de influencia en la región. No existe de momento riesgo de de confrontación directa ni indirecta entre ambas superpotencias. Tampoco de escalada inmediata. Se espera, eso sí, que se pueda intensificar la retórica verbal o diplomática, un aumento de la desconfianza estratégica, y un refuerzo de la narrativa imperialista rusa, que acusará a EE. UU. de actuar de forma unilateral en el hemisferio occidental y que, probablemente, intensificará su invasión de Ucrania. El ataque ocurre en un país donde Rusia tiene intereses directos en petróleo y gas, infraestructura militar y venta de armamento. Las grandes empresas venezolanas y rusas trabajan de común acuerdo. De ahí que el último bloqueo de petroleros de Venezuela a manos de la Marina estadounidense no haya sentado bien en el Kremlin.
Llama la atención el silencio de Moscú (no parece que haya declaración de condena, al menos de momento), pero se da por hecho que Rusia enviará nuevas remesas de material bélico y medios técnicos al régimen de Maduro (lo cual podría incrementar el nivel de tensión en la zona). En cualquier caso, la diplomacia en los foros internacionales se antoja decisiva. La ONU ya prepara una reunión de su Consejo de Seguridad. Si Washington intensifica su presión sobre Caracas, Moscú podría reforzar su presencia militar simbólica, aumentar su respaldo económico y utilizar Venezuela como plataforma para contrarrestar la influencia estadounidense. El enfriamiento adicional de las relaciones bilaterales podría estar asegurado. La sintonía entre Trump y Putin ha decaído y se encuentra en un punto bajo desde que el presidente norteamericano se ha puesto al frente del plan de paz para Ucrania que estrecha el margen de maniobra de Rusia en su intento por llegar a Kiev y hacerse con el control de todo el país.
Por tanto, aunque no hay evidencia de una escalada directa entre Estados Unidos y Rusia tras el bombardeo, el ataque sí tiene el potencial de tensar aún más una relación ya deteriorada, activar mecanismos de apoyo ruso a Venezuela y reconfigurar alianzas y equilibrios en América Latina. Trump ha abierto una puerta que no se sabe a dónde conduce.
