'La bola negra' y el peligro de convertir a los Javis en intocables

La última propuesta de Javier Calvo y Javier Ambrossi tiene una historia con potencial, pero un guion que se pierde en escenas prescindibles, apariciones forzadas y una duración excesiva

Bola Negra

Hay películas que decepcionan porque parten de una idea mediocre y otras que lo hacen precisamente, por lo contrario: porque tienen una idea magnífica entre manos y no consiguen desarrollarla como merece. La bola negra, la última película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, pertenece, a mi juicio, a esta segunda categoría. Su planteamiento tiene interés, las historias que pretende contar merecen la pena y existe un trasfondo cultural, histórico y sentimental que podría haber dado lugar a una obra mucho más redonda. El problema aparece cuando toca convertir todo ese material en una película que funcione de principio a fin. Y ahí es donde el guion empieza a hacer aguas.

Salí del cine con la sensación de que había visto una película a la que le sobraba, como mínimo, una hora. No es una exageración motivada por la impaciencia de un espectador que mira el reloj cada diez minutos, sino la impresión que dejan determinadas escenas que no aportan prácticamente nada a la trama, no profundizan de manera sustancial en los personajes y tampoco contribuyen a comprender mejor el universo que los directores quieren construir. Son secuencias que están ahí, que ocupan su espacio y que terminan diluyendo el interés de una historia que habría ganado muchísimo con una narración más concentrada.

El ejemplo más evidente es el del nieto en Atenas y su ligue de Grindr. ¿Qué aporta realmente esa parte al conjunto? ¿Qué información imprescindible proporciona sobre la historia que se nos está contando? ¿Hasta qué punto resulta necesaria para comprender a los personajes o el sentido último de la película? Son preguntas que uno se hace mientras contempla una secuencia que parece tener vida propia, desconectada del desarrollo dramático principal. Que una escena retrate una experiencia reconocible, que introduzca una situación vinculada a la homosexualidad contemporánea o que pueda tener interés por sí misma no significa que deba formar parte necesariamente de una película. Una cosa es que una secuencia pueda funcionar de manera independiente y otra muy distinta que esté justificada dentro del relato.

Algo parecido sucede con las participaciones de Penélope Cruz y Glenn Close. Sus nombres tienen un peso indiscutible y su presencia puede generar expectación, pero una película no mejora automáticamente por incorporar a intérpretes de semejante prestigio. En La bola negra, sus intervenciones me parecen forzadas, introducidas con calzador y mucho menos relevantes para el desarrollo de la trama de lo que cabría esperar. Son momentos que llaman la atención por quién aparece en pantalla, pero que no consiguen justificar suficientemente por qué esas escenas deben estar ahí.

Y es una pena, porque la cuestión no es discutir el talento de los actores ni negar el atractivo que puedan tener determinadas colaboraciones. El problema es otro: cuando una aparición parece concebida para añadir prestigio al proyecto en lugar de responder a una necesidad narrativa, el espectador lo percibe. En mi opinión, las intervenciones de Cruz y Close son prescindibles en los términos en que están planteadas. Suprimirlas, junto con otras secuencias que apenas hacen avanzar la historia, habría permitido aligerar la película en unos 40 minutos como mínimo, sin perder su esencia. Probablemente, el resultado habría sido una obra más ágil, más coherente y emocionalmente más efectiva.

Porque el montaje también es una forma de contar. Saber qué filmar es importante, pero saber qué dejar fuera resulta igual de decisivo. Un buen guion no consiste en acumular situaciones, personajes, diálogos y escenas hasta agotar todas las posibilidades de una idea. Consiste en seleccionar, jerarquizar y encontrar el equilibrio entre aquello que merece ser contado y aquello que, por muy atractivo que parezca sobre el papel, termina siendo un lastre. La duración excesiva no es el único problema de La bola negra, pero sí uno de los síntomas más evidentes de que sus responsables no han sabido desprenderse de todo lo que sobraba.

Los Javis no son infalibles

Esta crítica me lleva a una cuestión que va más allá de la propia película. En España existe cierta tendencia a construir consensos alrededor de determinados creadores hasta convertirlos en figuras prácticamente incuestionables. Durante años, ese fenómeno ha tenido en Pedro Almodóvar uno de sus principales referentes. Ahora parece extenderse también a Los Javis, convertidos en una de las parejas creativas más celebradas del audiovisual español.

Conviene aclararlo antes de que alguien confunda una crítica cinematográfica con una descalificación personal: Javier Calvo y Javier Ambrossi tienen talento, imaginación y capacidad para desarrollar proyectos que conectan con el público. Negarlo sería absurdo. Han demostrado creatividad y han contribuido a situar determinadas historias y personajes en el centro de la conversación cultural. Pero reconocer sus méritos no obliga a aplaudir todo lo que hacen.

Parece que, en determinados ambientes culturales y mediáticos, existe una necesidad de presentar cada nuevo proyecto de ciertos autores como una obra extraordinaria, brillante, magnífica o directamente imprescindible. Se anticipa el entusiasmo, se construye el relato del acontecimiento y después parece que cualquier objeción se convierte en una herejía. Sin embargo, ningún creador mantiene siempre el mismo nivel. Hay películas mejores y peores, discos más inspirados y otros menos conseguidos, novelas extraordinarias y otras que no están a la altura de las expectativas. Sucede con todo el mundo, por mucho talento que tenga.

¿Por qué iba a ser diferente con los Javis? ¿Por qué deberíamos renunciar a valorar una película por lo que realmente ofrece y no por la reputación de quienes la firman? El prestigio puede despertar interés, pero no sustituye al criterio. Y la admiración no debería convertirse en una obligación de entusiasmo permanente.

Quizá el problema sea que hemos terminado acostumbrándonos a confundir el prestigio con la excelencia y la expectación con el resultado. Los Javis pueden seguir siendo dos creadores talentosos sin que eso convierta cada uno de sus trabajos en una obra maestra. Del mismo modo, se puede reconocer la importancia de los temas que aborda La bola negra y, al mismo tiempo, señalar sus deficiencias cinematográficas.

En mi opinión, La bola negra tiene una historia interesante que permite explorar cuestiones relacionadas con el deseo, la identidad, la memoria y las experiencias de amor entre hombres en distintos contextos. Pero tener todos esos ingredientes no garantiza una película redonda,hace falta que las piezas encajen, que las historias se sostengan mutuamente y que cada escena tenga una razón de ser. A mi juicio, ese trabajo de desarrollo no está resuelto con la precisión que necesitaba el proyecto.

Lorca, Hollywood y Trump

Hay, además, otro elemento que rodea a la película y que merece una reflexión: sus posibilidades de reconocimiento internacional y, particularmente, de llegar a los Óscar. Personalmente, no le veo posibilidades reales de hacerse con la estatuilla, aunque eso no significa que sea imposible que consiga atención o reconocimiento en determinados circuitos.

La película reúne elementos que pueden resultar especialmente significativos en el contexto cultural español: varias historias de amor entre hombres, la memoria de la homosexualidad y la referencia a Federico García Lorca, el poeta asesinado por los franquistas. Son materiales con una enorme carga histórica, política y sentimental. La figura de Lorca, su obra y las circunstancias de su muerte siguen proyectando una sombra poderosa sobre cualquier relato que dialogue con su legado.

Ahora bien, la relevancia de estos temas no garantiza por sí sola el éxito cinematográfico ni la consagración de una película en Hollywood. Tampoco creo que las historias de amor entre hombres o la memoria de Federico García Lorca deban considerarse obstáculos automáticos para obtener un Óscar. Sería simplificar demasiado el funcionamiento de una industria que ha reconocido películas con temáticas muy diversas. Mi escepticismo responde, sobre todo, al resultado artístico y a la distancia que percibo entre las ambiciones del proyecto y su ejecución, pero también a un contexto político internacional que no conviene ignorar.

Con Donald Trump de nuevo en la Casa Blanca y su Administración impulsando una agenda contraria a buena parte de las políticas de diversidad e inclusión, cabe preguntarse hasta qué punto este clima puede influir en el entorno cultural estadounidense. A ello se suma la confrontación política que el presidente mantiene con el Gobierno de Pedro Sánchez. Sin dar por hecho que estos factores vayan a condicionar las decisiones de la Academia, me cuesta imaginar que La bola negra parta con una posición especialmente favorable para hacerse con la estatuilla más codiciada de Hollywood, teniendo en cuenta que aborda cuestiones como la libertad sexual, la memoria de la dictadura franquista y, especialmente, la homosexualidad. En cualquier caso, más allá de las consideraciones políticas, sigo creyendo que sus principales debilidades están en la propia película y en un desarrollo narrativo que no termina de estar a la altura de su planteamiento.

Si la intención es aspirar a un reconocimiento internacional, la película necesita sostenerse por sí misma, más allá de la importancia de los asuntos que aborda, del prestigio de sus creadores o del nombre de las estrellas que aparecen en ella. Una historia con potencial universal debe lograr que cada escena contribuya a su desarrollo y que la emoción nazca de los personajes y de sus conflictos, no de la acumulación de elementos destinados a subrayar la trascendencia de la obra.

Y aquí vuelvo al problema inicial. Las intervenciones de Penélope Cruz y Glenn Close podrían interpretarse como una manera de reforzar el atractivo del proyecto de cara a la industria estadounidense. No puedo afirmar que esa fuera la intención de sus responsables, pero sí considero que, tal y como están integradas, resultan narrativamente innecesarias. Si se pretende que una película trascienda fronteras, lo último que necesita es que el espectador perciba que algunas de sus piezas están colocadas para producir un efecto externo al relato.

Una buena película también sabe cuándo terminar

Lo más frustrante de La bola negra es que no estamos ante una historia sin interés ni una propuesta carente de personalidad. Precisamente por eso resulta tan evidente lo que podría haber sido. La película parte de una buena idea y de un material narrativo con posibilidades, pero el exceso de diálogos y escenas intrascendentes lastra su desarrollo. En mi opinión, los minutos dedicados a estas secuencias superfluas podrían haberse aprovechado para profundizar en las emociones de unos protagonistas que, paradójicamente, cuentan sus relaciones sentimentales sin llegar a transmitirlas. Sus sentimientos apenas traspasan la pantalla, sus amores resultan poco creíbles y sus vínculos desprenden una frialdad que impide al espectador conectar con ellos. Son relaciones que se cuentan, pero que no se sienten.

En resumen, una buena idea no siempre da lugar a una buena película. La bola negra parte de una buena idea y de una historia que merecen la pena, pero su desarrollo no está a la altura de todo su potencial. Le sobra metraje, le faltan decisiones narrativas más precisas y le habría beneficiado una mayor capacidad de poda.

El resultado es más de dos horas y media de película que demuestran que no todo lo que hacen los Javis es brillante, del mismo modo que no todo lo que firma Almodóvar, productor del filme, tiene que ser una obra maestra. El verdadero respeto hacia los creadores no consiste en aplaudirlos sin condiciones, sino en reconocer sus aciertos y señalar sus errores. Y, en este caso, el más evidente es haber dejado que una gran película posible se diluyera entre demasiados diálogos y escenas innecesarias.

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