Ayuso valida el autoritorismo con su silencio sobre Bukele

La presidenta de la Comunidad de Madrid ataca poniendo como ejemplo de represión de la izquierda las dictaduras de Venezuela y Cuba, pero no menciona las lideradas por la extrema derecha, como es el caso de El Salvador

31 de Marzo de 2026
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Ayuso salarios
Isabel Díaz Ayuso durante un Consejo de Gobierno | Foto: CAM

La coherencia suele ser la primera víctima de la estrategia partidista cuando se habla de política internacional. La actual deriva de América Latina ofrece un caso de estudio fascinante sobre la arquitectura del poder moderno: las sorprendentes semejanzas entre los regímenes de Nicolás Maduro y Nayib Bukele. Aunque situados en polos ideológicos opuestos, ambos líderes han perfeccionado un modelo de gobernanza basado en la destrucción de los contrapesos democráticos, el culto a la personalidad, la represión a los opositores y la instrumentalización del sistema judicial. Sin embargo, en el discurso de Isabel Díaz Ayuso, esta simetría autoritaria desaparece en favor de un silencio selectivo que delata una visión de la libertad condicionada por la afinidad electoral e ideológica.

Mientras que la presidenta de la Comunidad de Madrid ha convertido la denuncia de la dictadura en Venezuela en el eje de su proyección exterior, su mudez respecto a la deriva autoritaria de El Salvador resulta atronadora. Esta disonancia no es solo una cuestión de agenda, sino que revela cómo se utiliza el sufrimiento ajeno para desgastar al adversario doméstico, ignorando realidades idénticas cuando estas no encajan en el relato de la "lucha contra el socialismo". La Puerta del Sol se proclama como la "casa de la libertad" para los exiliados venezolanos, pero baja la persiana ante el desmantelamiento del Estado de derecho en el país centroamericano.

Al observar con rigor técnico el funcionamiento de ambos gobiernos, las analogías son ineludibles. Tanto Maduro como Bukele han ejecutado una captura de las instituciones del Estado para garantizar su perpetuidad en el poder. En Venezuela, el Tribunal Supremo es un apéndice del Ejecutivo; en El Salvador, la destitución fulminante de magistrados de la Sala de lo Constitucional permitió a Bukele forzar una reelección que la carta magna prohibía taxativamente. Ambos líderes comparten el desprecio por el control legislativo y han utilizado estados de excepción para normalizar la suspensión de derechos fundamentales y la detención arbitraria de ciudadanos sin debido proceso.

Incluso en la estética del poder, las similitudes afloran. Si el chavismo utiliza la retórica de la "revolución eterna" para justificar el control social, el bukelismo emplea la propaganda digital y el mesianismo tecnológico para silenciar la disidencia. Ambos regímenes han creado entornos hostiles para la prensa independiente, persiguiendo a periodistas y calificando cualquier crítica de traición a la patria. Esta convergencia en los métodos (control de los medios, asfixia de la oposición y populismo punitivo) dibuja un nuevo tipo de autocracia que trasciende las etiquetas de izquierda o derecha, centrándose únicamente en la acumulación de poder absoluto.

Para Isabel Díaz Ayuso, Venezuela no es solo un país en crisis; es un arma arrojadiza contra el Gobierno de España. Al vincular sistemáticamente a Nicolás Maduro con sus adversarios políticos en Madrid, la presidenta regional construye una narrativa de "comunismo o libertad" que simplifica la realidad geopolítica para consumo interno. Sus constantes alusiones a la "hambruna" y las "torturas" en Caracas son legítimas en su fondo, pero pierden fuerza moral cuando se contrastan con su indiferencia, incluso desprecio, ante las denuncias de organismos internacionales sobre las violaciones de derechos humanos en El Salvador, donde miles de personas languidecen en megacárceles sin pruebas de pertenencia a pandillas.

Este silencio sobre Bukele no es accidental. Al no mencionar El Salvador, Ayuso evita entrar en contradicción con sectores de su propia base y aliados internacionales que ven en el mandatario salvadoreño un modelo de "mano dura" eficaz. Al hacerlo, la presidenta regional valida la idea de que el autoritarismo es aceptable siempre que se vista con la bandera del orden y la seguridad, mientras que es intolerable si se envuelve en la retórica del socialismo del siglo XXI. Esta selectividad debilita la supuesta vocación universal de su defensa de la libertad, convirtiéndola en una herramienta de oportunismo político que ignora las sombras de San Salvador para centrarse exclusivamente en las luces fundidas de Caracas.

La coherencia es el único antídoto contra la polarización estéril. Si el objetivo real es la defensa de las democracias liberales, la condena al atropello institucional debería ser uniforme, independientemente de quién ostente el bastón de mando. La negativa de Ayuso a criticar los excesos de Bukele, mientras utiliza a Maduro para atacar a la izquierda española, revela que su compromiso no es con la democracia como sistema, sino con una ideología específica que permite ciertos abusos si estos sirven para "limpiar" la sociedad.

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