Uno de los desplazamientos más significativos y menos inocentes hacia el trumpismo del discurso de Isabel Díaz Ayuso se produce cuando la alternancia política, núcleo funcional de cualquier democracia liberal, deja de ser presentada como una posibilidad legítima y pasa a convertirse en una amenaza manipulada por el poder. En este punto, la retórica ya no se limita a denunciar pactos, mayorías parlamentarias o decisiones políticas discutibles, sino que cuestiona implícitamente la limpieza del proceso electoral, un gesto que conecta de manera directa con la estrategia discursiva inaugurada por Donald Trump tras su derrota en 2020.
Ayuso afirmó recientemente que el Gobierno busca “borrar gente de los censos”, que “ya no cuela el voto por correo” lo que conecta con la teoría conspirativa de la extrema derecha sobre las elecciones de 2023. Aunque no formula una acusación jurídica explícita, el mensaje es claro: cuando la izquierda gana, no es por convicción ciudadana sino por manipulación del sistema. Esta insinuación es clave, porque desplaza el eje del debate desde la política hacia la legitimidad misma del voto. No se trata de haber perdido, sino de que la victoria del adversario es sospechosa por definición.
Este mecanismo es idéntico al utilizado por Trump cuando comenzó a hablar de “millones de votos ilegales”, de censos inflados y de un sistema de voto por correo diseñado para robar elecciones. Como en el trumpismo, Ayuso no necesita demostrar el fraude, le basta con instalar la duda, desgastar la confianza en las instituciones electorales y convertir cada derrota o cada resultado adverso en una anomalía. La democracia deja de ser un árbitro neutral y pasa a ser un campo de batalla viciado.
La referencia al voto por correo resulta especialmente reveladora. En España, como en Estados Unidos, el voto por correo ha sido históricamente un mecanismo ordinario, regulado y fiscalizado. Sin embargo, al sugerir que “ya no cuela”, Ayuso insinúa que fue un instrumento decisivo de manipulación en 2023 y que el Gobierno, al no poder repetirlo con la misma eficacia, busca ahora otras vías. Esta lógica reproduce punto por punto la narrativa trumpista: cuando el resultado no favorece a la derecha, el problema no es el electorado, sino el procedimiento.
La mención a los censos cumple una función aún más profunda. Al hablar de borrar personas y sustituirlas, Ayuso introduce la idea de que el cuerpo electoral está siendo alterado artificialmente, lo que convierte la alternancia en una ficción. Si los votantes “ya no son los mismos”, entonces el principio de soberanía popular queda vaciado de contenido. Esta es una apropiación directa del núcleo duro del discurso de Trump: no hemos perdido apoyo, nos han cambiado el país sin preguntarnos.
Lo relevante no es solo lo que se dice, sino lo que se normaliza. Al instalar la sospecha permanente sobre los mecanismos electorales, Ayuso transforma la alternancia en una amenaza sistémica. Gobernar deja de ser una cuestión de convencer mayorías y pasa a ser una carrera contrarreloj para impedir que el adversario, supuestamente ilegítimo, consolide su control. En este marco, cualquier medida del Gobierno se interpreta como parte de un plan para perpetuarse en el poder, y cualquier resultado electoral desfavorable se convierte en una prueba más del fraude.
Este giro tiene consecuencias profundas. En lugar de reforzar la democracia frente a los populismos, el discurso contribuye a debilitar la confianza en las reglas del juego, exactamente igual que ocurrió en Estados Unidos tras las acusaciones infundadas de Trump. Cuando la derecha asume que solo puede perder si hay trampas, la democracia deja de ser un espacio compartido y se convierte en una trampa diseñada por el enemigo.
La paradoja es que Ayuso afirma defender la alternancia mientras la vacía de contenido. Si el adversario gana porque manipula censos, controla el voto por correo o altera el cuerpo electoral, entonces la alternancia ya no es legítima. Se acepta solo una alternancia condicional: aquella en la que el poder cambia de manos únicamente cuando gana el propio bloque ideológico. Este es el mismo principio que subyace al asalto al Capitolio: la convicción de que el poder solo es válido cuando confirma una identidad previa.
Como en el trumpismo, el discurso no llama explícitamente a desconocer resultados electorales, pero prepara el terreno emocional para hacerlo. La sospecha reiterada, la deslegitimación preventiva y la idea de un sistema secuestrado por el adversario crean una atmósfera en la que aceptar la derrota se vuelve casi imposible sin traicionar la propia narrativa.
Así, la alternancia deja de ser la prueba de salud democrática y se convierte en el síntoma del fraude. No gobierna quien convence más, sino quien manipula mejor. Y en ese marco, la democracia ya es un obstáculo a superar, no un valor a preservar.