Ayuso silencia más de 70 años de persecución de los cristianos en Israel

La presidenta de la Comunidad de Madrid se ha autoerigido como la defensora europea de la cultura judeocristiana y ha denunciado la persecución y el asesinato de cristianos en diferentes partes del mundo sin citar, casualmente, a Israel

13 de Mayo de 2026
Actualizado a las 12:09h
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Isabel Díaz Ayuso en una imagen de archivo | Foto: CAM

Isabel Díaz Ayuso se ha autoerigido como líder de la defensa de muchas cuestiones y todo ello con una plaga de contradicciones que la descubren como una sectaria del mismo nivel, al menos, que los sanchistas, la ultraizquierda y la extrema derecha. Uno de los puntos donde se ha cimentado mucho es en la cuestión de la persecución de los cristianos en diferentes partes del mundo. Sin embargo, el sionismo que profesa Ayuso la ha llevado a afirmar que "las matanzas constantes de cristianos en las últimas décadas no reciben la atención que merecen. Los masacran, expulsan y persiguen solo por su fe", tras el asesinato por parte del Estado Islámico de 50 cristianos en el Congo. En cambio, de lo que sucede en Israel desde hace más de 70 años, Ayuso ni dice ni mú. 

La historia de los cristianos en Tierra Santa durante los últimos 70 años no es solo una crónica de fe inquebrantable, sino un relato crudo de supervivencia frente a un proyecto estatal que, bajo el pretexto de la seguridad nacional y la identidad religiosa excluyente, ha erosionado una de las presencias más antiguas y vibrantes de la región. Mientras en los atriles de la Puerta del Sol se alza la voz de Isabel Díaz Ayuso para denunciar, con una vehemencia que roza lo mesiánico, la persecución de cristianos en países musulmanes, el silencio de la presidenta madrileña ante las profanaciones y ataques sistemáticos cometidos por el Estado de Israel dibuja una cartografía política donde la ética parece subordinada al marketing ideológico.

Para entender la magnitud de esta anomalía política, es necesario desglosar una cronología que los grandes medios occidentales a menudo prefieren ignorar. La presencia cristiana en Palestina no es un residuo colonial, sino una raíz que precede a las fronteras modernas. Sin embargo, desde la Nakba de 1948, esta comunidad ha sido víctima de una pinza histórica. En aquel año, miles de cristianos palestinos fueron expulsados de sus hogares en ciudades como Haifa, Jaffa y los barrios occidentales de Jerusalén. El Estado de Israel nació no solo sobre las cenizas de la sociedad árabe en general, sino también sobre la confiscación de tierras eclesiales que habían sido custodiadas durante siglos.

A lo largo de las décadas de 1950 y 1960, la estrategia de ocupación se sofisticó. La confiscación de propiedades de la Iglesia bajo leyes de "ausentismo" se convirtió en una herramienta administrativa para asfixiar a las parroquias. La ocupación de Jerusalén Este en 1967 marcó un punto de inflexión irreversible. Al tomar el control de la Ciudad Vieja, Israel no solo se convirtió en el guardián de los Santos Lugares por la fuerza, sino que inició un proceso de "judaización" que ha marginado progresivamente a los cristianos de su propio centro espiritual. Los muros que hoy dividen Belén de Jerusalén no son solo barreras de hormigón; son cicatrices que impiden a los fieles de la cuna de Cristo acudir al Santo Sepulcro, una violación sistemática de la libertad religiosa que rara vez encuentra espacio en los discursos de Isabel Díaz Ayuso.

El siglo XXI ha traído consigo una radicalización de este asedio. El auge del nacionalismo religioso en el seno del gobierno israelí ha dado alas a grupos de colonos extremistas que actúan con una impunidad casi absoluta. La cronología de estos ataques es desoladora: el incendio de la Iglesia de la Multiplicación de los Panes y los Peces en 2015, las constantes pintadas de "muerte a los cristianos" en los muros de los conventos del Monte Sión, y la tendencia al alza de jóvenes radicales que escupen a los clérigos en la vía pública. Estos actos no son "travesuras" de radicales aislados, sino el resultado de un ecosistema político que deshumaniza al "otro" no judío.

Mientras tanto, en Madrid, Isabel Díaz Ayuso construye un relato de confrontación de civilizaciones. Para la presidenta, el peligro para el cristianismo siempre proviene de una dirección: el mundo musulmán. Esta narrativa, útil para movilizar a su electorado en clave interna, choca frontalmente con la realidad de los cristianos en Gaza y Cisjordania, quienes han denunciado repetidamente que su principal amenaza no son sus vecinos musulmanes (con quienes comparten lengua, cultura y destino nacional) sino la maquinaria bélica israelí. Cuando Ayuso calla ante el bombardeo de la Iglesia de San Porfirio, la tercera más antigua del mundo, o ignora el asesinato de mujeres cristianas dentro de la parroquia de la Sagrada Familia por francotiradores, está enviando un mensaje claro: la vida y la dignidad del cristiano solo importan si el agresor sirve a su agenda política.

La reciente conducta de las tropas israelíes en el sur de Líbano añade un capítulo grotesco a este calvario. La difusión de vídeos donde soldados se mofan de estatuas de la Virgen María o destruyen iconos de Jesucristo no son errores tácticos, sino síntomas de una crisis moral en un ejército que se promociona como el más ético del mundo. Que estos soldados se sientan con la libertad de grabar y compartir estas profanaciones en redes sociales demuestra que no temen represalias reales. La reacción de Benjamín Netanyahu, centrada exclusivamente en el control de daños para no perder el apoyo de los lobbies evangélicos en Estados Unidos, es una prueba de cinismo político que Ayuso parece dispuesta a validar con su silencio cómplice.

El doble rasero de Sol es, en última instancia, una traición al humanismo y la libertad que dice defender. No se puede reclamar la herencia de la civilización judeocristiana mientras se ignora la destrucción de las comunidades que mantienen viva esa fe en su lugar de origen. Al contraponer las proclamas de Ayuso contra los países musulmanes con su ceguera ante las atrocidades en Tierra Santa, queda al descubierto una verdad incómoda: para cierta derecha, la religión es solo una herramienta de agitación, y la defensa de los cristianos es un eslogan que se apaga cuando entra en conflicto con la geopolítica de los aliados.

Siete décadas de resistencia cristiana en Palestina y Líbano merecen un análisis que trascienda el sectarismo. El asfixiante control de visados para misioneros, la expropiación de huertos en el Monte de los Olivos y la demolición de infraestructuras vitales en aldeas cristianas son hechos que requieren una condena universal. La historia juzgará a quienes, teniendo la plataforma para denunciar el atropello, prefirieron mirar hacia otro lado para no incomodar al poder, confirmando que en la política de las apariencias, algunas cruces pesan menos que otras.

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