Ayuso nunca habla de Fray Bartolomé de las Casas

La presidenta madrileña exalta la figura de los conquistadores pero jamás menciona figuras tan importantes como fray Bartolomé de las Casas

16 de Mayo de 2026
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Ayuso y fray bartolome de las casas
Imagen creada con la herramienta de IA Grok

La figura de Bartolomé de las Casas vuelve periódicamente al centro del debate político y cultural español porque representa algo incómodo para determinados discursos contemporáneos: la existencia, ya en pleno siglo XVI, de una conciencia crítica dentro de la propia España imperial sobre la violencia de la conquista de América.

Cinco siglos después, esa tensión histórica reaparece con fuerza en el discurso político actual, especialmente a raíz de las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso, quien ha defendido reiteradamente una visión reivindicativa de la presencia española en América y ha denunciado lo que considera una “leyenda negra” construida contra España.

El choque entre ambas visiones no es únicamente historiográfico. Se trata de una disputa cultural profunda sobre cómo debe narrarse el pasado colonial español, qué papel juega la memoria histórica en la identidad nacional y hasta qué punto una democracia contemporánea puede asumir críticamente su legado imperial sin interpretarlo como una humillación colectiva.

Fray Bartolomé de las Casas: la conciencia incómoda del imperio

La figura de Las Casas posee una singularidad extraordinaria dentro de la historia europea. Fue conquistador antes que fraile. Participó inicialmente del sistema colonial español en el Caribe y recibió encomiendas, pero terminó convirtiéndose en el principal denunciante de los abusos cometidos contra los pueblos indígenas.

Su obra más célebre, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, constituye uno de los testimonios más demoledores jamás escritos contra la violencia colonial europea. Las Casas describió matanzas, esclavitud, torturas y destrucción sistemática de comunidades indígenas a manos de conquistadores españoles. Su lenguaje era brutal porque pretendía conmover a la Corona y provocar una reacción moral. “Entraban los españoles en los pueblos, no dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hicieran pedazos”, escribió fray Bartolomé.

Ese tipo de relatos convirtió a Las Casas en una figura profundamente polémica ya en su tiempo. Para algunos era un defensor radical de los indígenas. Para otros, un traidor que exageraba deliberadamente los abusos españoles y debilitaba políticamente a la monarquía.

La paradoja histórica es que sus textos terminaron siendo utilizados durante siglos por las potencias rivales de España (especialmente Inglaterra y Países Bajos) para construir la llamada “leyenda negra”, una narrativa que presentaba al imperio español como excepcionalmente cruel frente a otros colonialismos europeos.

Ahí reside precisamente la complejidad contemporánea del personaje: Las Casas fue simultáneamente un pionero de los derechos humanos y una figura instrumentalizada geopolíticamente contra España.

Ayuso y la reivindicación de la conquista

Frente a esa tradición autocrítica emerge hoy una corriente política y cultural que rechaza frontalmente cualquier lectura negativa de la conquista de América. Isabel Díaz Ayuso se ha convertido en una de las voces más visibles de esa reinterpretación reivindicativa del pasado imperial español.

Ayuso ha defendido en varias ocasiones que España llevó a América “universidades, civilización, idioma y catolicismo”, y ha criticado duramente los intentos de juzgar la conquista con parámetros morales contemporáneos. En uno de sus discursos más comentados afirmó:“España llevó libertad, derechos y prosperidad al continente americano”.

Ese enfoque forma parte de una batalla cultural más amplia impulsada desde sectores conservadores españoles que consideran que la izquierda y determinados movimientos indigenistas latinoamericanos han construido una visión culpabilizadora y distorsionada de la historia española.

Para ese discurso, insistir únicamente en la violencia de la conquista supone ignorar el mestizaje, la expansión cultural, la evangelización y la creación de estructuras políticas y universitarias que marcaron profundamente el continente americano. La reivindicación de la “hispanidad” se convierte así en una respuesta identitaria frente a lo que consideran un revisionismo histórico hostil hacia España.

Dos relatos enfrentados

El contraste entre Las Casas y Ayuso revela en realidad dos maneras distintas de entender la relación entre historia, identidad y poder. Las Casas representaba la idea de que el poder imperial debía someterse a límites morales universales. Su pensamiento era revolucionario para su época porque sostenía que los indígenas poseían plena dignidad humana y derechos naturales. En pleno siglo XVI, aquello suponía cuestionar la legitimidad absoluta de la conquista.

Ayuso, en cambio, encarna una reacción contemporánea contra lo que muchos sectores conservadores consideran un debilitamiento constante del orgullo nacional español. Su discurso intenta desplazar el foco desde la violencia colonial hacia los logros culturales y civilizatorios del imperio. Por eso el choque entre ambos relatos resulta tan emocionalmente intenso. No se discute únicamente el pasado. Se discute qué tipo de país quiere ser España hoy.

La conquista de América, campo de batalla cultural

El debate sobre la conquista se ha transformado en uno de los grandes escenarios simbólicos de la polarización cultural contemporánea.

En América Latina, gobiernos y movimientos sociales han impulsado procesos de recuperación de memorias indígenas y críticas al colonialismo europeo. En España, sectores conservadores responden defendiendo el legado histórico de la monarquía hispánica y denunciando una supuesta “autofobia” nacional.

En ese contexto, Las Casas reaparece constantemente porque desmonta cualquier simplificación ideológica. Su existencia demuestra que la crítica a los abusos coloniales no nació en universidades contemporáneas ni en movimientos poscoloniales modernos. Surgió dentro de la propia España imperial.

Pero también demuestra algo más incómodo para ciertos sectores progresistas: que el imperio español no fue un bloque monolítico, sino un espacio de intensos debates morales, jurídicos y religiosos sobre la legitimidad de la conquista. Esa complejidad histórica suele desaparecer en los discursos políticos actuales, donde la conquista de América funciona más como símbolo ideológico que como objeto de análisis histórico riguroso.

El fondo del debate no es estrictamente historiográfico, sino identitario. Cuando Ayuso reivindica la conquista, está defendiendo una determinada idea de España: una nación histórica orgullosa de su legado global y cansada de pedir perdón por su pasado. Cuando sectores académicos o progresistas recuperan la figura de Las Casas, intentan subrayar la necesidad de una memoria crítica capaz de reconocer la violencia estructural del colonialismo.

Ambas posiciones reflejan una fractura cultural cada vez más visible en Occidente: la tensión entre orgullo nacional y revisión histórica. Por eso Bartolomé de las Casas sigue siendo una figura tan incómoda cinco siglos después. Porque obliga simultáneamente a reconocer la grandeza intelectual del pensamiento español del Siglo de Oro y la brutalidad real que acompañó a la expansión imperial. Y porque recuerda que la historia de España nunca fue un relato simple de héroes o villanos, sino una lucha permanente entre poder, conciencia moral y construcción de identidad.

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