No todas las declaraciones judiciales son iguales. Algunas aclaran hechos. Otras revelan carácter. La comparecencia de ayer de Alberto Núñez Feijóo ante la jueza que investiga la gestión de la dana en Valencia pertenece inequívocamente a la segunda categoría. No fue un ejercicio de transparencia ni de responsabilidad institucional. Fue, lisa y llanamente, una operación de repliegue político.
Ante una tragedia que costó 230 vidas, el líder del Partido Popular optó por la fórmula más corrosiva para una democracia: admitir que su relato público no era cierto, reducirlo a una “confusión” y pretender que ese ajuste semántico clausure cualquier exigencia de responsabilidad. No la clausura. La agrava.
Feijóo afirmó ante las cámaras que fue informado “en tiempo real” desde el lunes previo a la catástrofe. Lo dijo en el Centro de Coordinación de Emergencias, flanqueado por Carlos Mazón, en un momento cuidadosamente elegido. No hablaba un comentarista despistado; hablaba el jefe de la oposición nacional, consciente del peso político de cada palabra. Ayer sostuvo que se equivocó. La justicia, y la ciudadanía, están obligadas a preguntarse por qué ese error solo aparece cuando un juzgado interroga.
Este no es un debate técnico ni un problema de matices horarios. Es una cuestión de credibilidad democrática. En otras democracias europeas, un dirigente que admite haber ofrecido información falsa o inexacta sobre una emergencia con víctimas mortales no se refugia en la literalidad ni en la confusión: comparece, da explicaciones exhaustivas y asume consecuencias políticas. En Alemania, en los países nórdicos o en el Reino Unido, el estándar es claro: el liderazgo no se mide por lo que se esquiva, sino por lo que se asume.
Feijóo, en cambio, ha elegido el camino opuesto. Ha querido ser líder cuando tocaba proyectar control y cercanía, y testigo irrelevante cuando ha llegado la rendición de cuentas. Ha reconocido que llamó a presidentes autonómicos, que intercambió mensajes con Carlos Mazón y que le sugirió “liderar informativamente” la tragedia. Pero al mismo tiempo pretende convencer de que no sabía nada relevante, que no habló con nadie decisivo y que, en esencia, pasaba por allí.
Ese doble discurso no resiste el menor escrutinio. Quien orienta la comunicación en una emergencia participa del poder, aunque luego intente negarlo. Y quien participa del poder no puede declararse ajeno a sus consecuencias. La política democrática no admite líderes a tiempo parcial.
La estrategia de Feijóo es transparente: convertir una investigación judicial en un debate competencial, diluir la responsabilidad en un laberinto institucional y confiar en que el desgaste se reparta hasta desaparecer. Es una estrategia conocida en la política española, pero incompatible con la imagen de seriedad y solvencia que el propio Feijóo dice encarnar.
Este episodio no solo afecta a la causa de la dana. Desnuda el límite del liderazgo de Feijóo. Un líder nacional que, ante una de las mayores tragedias recientes, opta por la evasión, el ajuste retrospectivo del relato y la minimización de su papel, no transmite fiabilidad para gobernar un país. Transmite miedo a la responsabilidad.
Y ese vacío no queda sin ocupar. Cada comparecencia fallida, cada rectificación oportunista, cada gesto de repliegue refuerza una percepción creciente dentro y fuera del Partido Popular: que el liderazgo efectivo se desplaza hacia otro lugar. Isabel Díaz Ayuso no ha tenido que decir nada. La declaración de Feijóo ha hecho el trabajo por ella.
Al rebajar el listón de la responsabilidad, Feijóo no solo se ha juzgado a sí mismo; ha abierto la puerta a una alternativa interna más agresiva, más populista y menos institucional. En lugar de consolidar una derecha homologable a las democracias europeas que invoca, ha dejado espacio para que otra derecha, más ruidosa y menos escrupulosa, reclame el mando.
No se trata de una condena penal. Es algo más demoledor en términos democráticos: una inhabilitación política de facto. Ante la dana, Feijóo no solo no estuvo a la altura del cargo al que aspira; demostró no comprender qué exige ese cargo cuando el Estado falla y la ciudadanía muere.
Un dirigente que reformula los hechos cuando llegan al juzgado, que reduce una tragedia a un problema de cronología y que confunde liderazgo con control del relato no está preparado para gobernar un país. Está preparado, en el mejor de los casos, para sobrevivir a titulares. En el peor, para normalizar la irresponsabilidad como método.
La consecuencia es inevitable: Feijóo ha erosionado su propia legitimidad como alternativa nacional. Ya no se discute si mintió o se confundió. Se discute algo más grave: si es fiable. Y cuando la fiabilidad se pierde, el liderazgo se vacía.
Ese vacío no lo ocupa el centro ni la moderación. Lo ocupa el ruido. Isabel Díaz Ayuso no necesita desafiar a Feijóo: cada evasiva, cada rectificación tardía, cada gesto de repliegue la fortalece. La dana no solo ha dejado víctimas; ha dejado claro quién no manda ya en la derecha española.
Al rebajar el listón de la responsabilidad hasta hacerlo irreconocible, Feijóo ha renunciado a construir una derecha europea homologable y ha allanado el camino a una derecha más áspera, más personalista y menos institucional. No es una deriva accidental. Es el precio de huir de la rendición de cuentas.
En política, como en las emergencias, el liderazgo no se proclama: se ejerce. Feijóo eligió esquivar cuando tocaba asumir. Ese gesto, más que cualquier rival o escándalo, marca el principio del fin de su autoridad nacional. El relevo ya no es una hipótesis. Es una consecuencia.