Ayuso ningunea el mensaje del Papa y pone la foto de la fe al servicio de la crispación

Isabel Díaz Ayuso convirtió la visita apostólica de León XIV en el mayor activo de marketing político de su legislatura. Primero abrazó al Pontífice. Luego ignoró metódicamente cada uno de sus mensajes

14 de Junio de 2026
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Ayuso Papa
Isabel Díaz Ayuso saluda al Papa León XIV | Foto: CAM

Hay una imagen que resume con precisión quirúrgica la relación de Isabel Díaz Ayuso con la visita del papa León XIV a España: la presidenta de la Comunidad de Madrid en el Vaticano, el 1 de junio, entregando al Pontífice la Medalla Internacional de la Comunidad con una sonrisa institucional impecable, rodeada de flashes y con el comunicado de prensa ya redactado. El gesto era, en apariencia, un acto de cortesía protocolaria. En realidad, era el primer movimiento de una operación de imagen que se prolongaría durante toda la semana apostólica y que culminaría, de manera particularmente elocuente, con una frase lanzada al pleno de la Asamblea de Madrid el jueves 11 de junio, apenas cuarenta y ocho horas después de que el Papa pusiera rumbo a Barcelona: «En la próxima visita del Papa va a haber tantos sanchistas en la cárcel que no va a tener tiempo ni de visitarles».

Pocas frases podrían resumir mejor la distancia entre el mensaje de León XIV y el uso que Ayuso hizo de él.

La maniobra de apropiación

Desde el momento en que se confirmó el viaje apostólico, la presidenta madrileña entendió que la llegada del primer Papa estadounidense a Madrid era una oportunidad que no podía desaprovechar. Su viaje al Vaticano una semana antes de la visita, su presencia en cada acto institucional, las dos audiencias privadas con León XIV (una en Roma y otra en la Nunciatura Apostólica durante la propia estancia del Papa en Madrid), el despliegue de medios para difundir esos encuentros: todo respondía a una estrategia meticulosamente construida. La imagen de Ayuso entregando la Medalla Internacional al Papa contrastaba con la de un presidente asediado por los tribunales, que ni siquiera pudo capitalizar su propia audiencia con León XIV. El mensaje implícito estaba calculado hasta el milímetro: mientras el Gobierno de Sánchez acumulaba escándalos judiciales, la presidenta de Madrid recibía a Su Santidad en la puerta de la Real Casa de Correos.

El uso político de la visita papal por parte de Ayuso fue tan evidente que terminó resultando contraproducente en su propio relato. La presidenta ha evitado instrumentalizar las palabras del Papa, pero su balance es también un argumentario político contra Sánchez y el independentismo. Difícilmente puede considerarse casualidad que cada declaración sobre el Papa incluyera, invariablemente, una crítica al Ejecutivo central o una reivindicación de Madrid como territorio espiritualmente superior al resto de España.

El patrón se repite desde el primer momento. Antes incluso de que el Pontífice pisara suelo español, la presidenta de la Comunidad de Madrid ya había elevado la temperatura política con unas declaraciones dirigidas contra Pedro Sánchez que no habían pasado desapercibidas, acusando al presidente del Gobierno de intentar apropiarse del viaje papal. Era una acusación que contenía una dosis significativa de ironía involuntaria: nadie en la política española se había apropiado más rápido y más eficazmente de la visita del Papa que la propia Ayuso.

El Papa pidió lo contrario de lo que Ayuso practica

El problema de fondo no es solo que la presidenta madrileña convirtiera la visita apostólica en material de campaña permanente. El problema más profundo es que el mensaje que León XIV trajo a España era, en esencia, una crítica directa al estilo político que Ayuso encarna con mayor coherencia y convicción dentro del panorama español.

El Papa alertó de que la tentación de buscar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones continúa creciendo, mientras que la dignidad humana sigue siendo vulnerada. Ayuso es, precisamente, la política española que ha convertido la polarización en su principal instrumento de comunicación y en la columna vertebral de su estrategia electoral. Su lenguaje bélico contra el Gobierno («mafia al más alto nivel», «Sánchez o democracia», «corrupción de Estado») no es un exceso ocasional sino el tono constante y deliberado de quien sabe que la crispación moviliza a su electorado mejor que cualquier propuesta concreta.

León XIV fue también extraordinariamente preciso en materia de inmigración. El Pontífice dejó escrito en el libro de honor de la ciudad: «Que Madrid siga siendo una ciudad acogedora e integradora, donde la vida en sociedad se inspire en los auténticos valores humanos». Las palabras del Pontífice contrastan con el discurso de quienes defienden una prioridad nacional en el acceso a determinados derechos y servicios públicos. Ese contraste no era abstracto: la «prioridad nacional» es una política que el PP de Ayuso ha aceptado aplicar en varias comunidades con el apoyo de Vox, el mismo Vox del que Ayuso depende para sacar adelante sus presupuestos autonómicos.

El portavoz de la Conferencia Episcopal, César García Magán, calificó la «prioridad nacional» como un simple «eslogan», y afirmó que «la Iglesia no se mueve a nivel de eslogan, ni de este ni de ninguno, y menos todavía cuando de un lado se quiere anular, excluir o eliminar al otro». Las palabras del portavoz episcopal eran un torpedo en la línea de flotación del discurso de la presidenta madrileña, aunque Ayuso se cuidó muy mucho de mencionarlas en sus balances posteriores.

La coartada del mensaje universal: un ninguneo al Pontífice

Ante la evidencia de que los mensajes de León XIV chocaban frontalmente con sus políticas, Ayuso encontró una salida elegante en apariencia, pero que en el fondo constituye un ninguneo de notable envergadura al propio Pontífice. En una entrevista en Espejo Público, la presidenta madrileña resolvió la contradicción con una sola frase: «Creo que hay que aprovechar la oportunidad para entender que el Papa no estuvo ayer, no ha estado estos días en Madrid hablando para Madrid, ha estado hablando al mundo desde España».

La argumentación tiene una lógica aparente que se deshace en cuanto se examina con detenimiento. Ayuso venía de haber sido recibida dos veces en audiencia privada por el Pontífice, de haber presentado su región como el anfitrión ideal de los valores católicos, de haber reivindicado Madrid como tierra de fe y convivencia. En ese contexto, decir que el Papa no estaba hablando de España sino al mundo entero es trasladar los mensajes incómodos a un plano tan abstracto que pierden toda aplicación práctica. Si el Papa habló al mundo, no habló a Madrid. Y si no habló a Madrid, la presidenta de Madrid puede seguir haciendo exactamente lo que hacía antes de que el Pontífice llegara.

La misma lógica se aplicó cuando quiso marcar distancias con las reivindicaciones independentistas: reprochó al independentismo pedir al Papa que hablara en catalán y afirmó que «no habla para cuatro, lo hace para el mundo». El Papa habla para el mundo cuando sus palabras incomodan al independentismo, pero también habla para el mundo cuando sus palabras sobre la polarización, la inmigración o la descalificación del adversario podrían incomodar a Ayuso. La universalidad del mensaje pontificio se convierte así en un paraguas bajo el que guarecerse selectivamente.

El jueves en la Asamblea: la frase que lo dice todo

Si hubiera una sola declaración que condensa el abismo entre el espíritu del mensaje papal y la práctica política de la presidenta madrileña, esa declaración llegó el jueves 11 de junio, en el pleno de la Asamblea de Madrid. Con el calor de la visita aún fresco y el Papa recorriendo Barcelona, Díaz Ayuso cargó contra el Gobierno de Pedro Sánchez vaticinando que «en la próxima visita del Papa va a haber tantos sanchistas en las cárceles que no va a tener tiempo ni de visitarles», añadiendo que la situación del país se dirimía entre «Sánchez o democracia».

Conviene detenerse un momento en la naturaleza de esta declaración. León XIV había pedido explícitamente que la pluralidad política no degenerara en descalificación permanente del adversario. Había llamado a desarmar el lenguaje, a abandonar los enfoques identitarios que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos, a apostar por la cultura del encuentro frente a la del enfrentamiento. Menos de cuarenta y ocho horas después de que esas palabras resonaran en el Congreso, la presidenta de la región que las había acogido con mayor pompa y protocolo las convertía, sin pudor aparente, en el envoltorio de un ataque político de una dureza notable.

No se trata, además, de una frase aislada o de un desliz momentáneo. La presidenta regional describió al Gobierno como encabezando una «mafia al más alto nivel», y subrayó que el Ejecutivo está ya «investigado por tramas de corrupción contra los poderes del Estado», controlando «al legislativo desde La Moncloa». Ese fue el lenguaje de Ayuso el jueves en la Asamblea. El mismo jueves en que el Papa aún estaba en suelo español.

El faro moral como activo político de corto plazo

Tras reunirse en privado con Sánchez, León XIV recibió al líder de la oposición y a la presidenta de la Comunidad de Madrid, dos encuentros que Génova convirtió en una demostración de sintonía con un discurso papal que ha removido los grandes debates. La sintonía, sin embargo, era más estética que sustantiva. El PP y Ayuso en particular se apresuraron a reivindicar al Papa como «faro moral», pero el problema de los faros es que iluminan en todas las direcciones, incluidas aquellas que uno preferiría mantener en la penumbra.

León XIV es una figura incómoda para la derecha española precisamente porque no encaja en ninguno de los moldes preestablecidos. Ha criticado las políticas migratorias de Trump con una contundencia que no admite matices. Ha pedido integración frente a la exclusión. Ha pedido diálogo frente a la descalificación. Ha pedido mesura en el lenguaje político frente a la guerra permanente de trincheras. Ninguno de estos mensajes encaja con el modelo político que Ayuso ha perfeccionado durante su presidencia: una política de confrontación total, de lenguaje bélico, de polarización como método y no como accidente.

Apropiarse de la visita del Papa como activo electoral mientras se ignoraban metódicamente sus contenidos más incómodos es una operación que quizá rinda frutos a corto plazo en términos de imagen. Pero hay algo en esa operación que merece ser señalado con claridad: utilizar a un Pontífice que pide exactamente lo contrario de lo que se practica no es solo una incoherencia política. Es, en el mejor de los casos, una descortesía hacia el invitado. Y en el peor, una demostración de que las palabras del Papa no importaron más allá de la foto.

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