La imagen de Isabel Díaz Ayuso en la Casa Rosada, recibida por Javier Milei, tiene una carga simbólica que va mucho más allá de una visita “personal”, como se ha apresurado a subrayar el gobierno de la Comunidad de Madrid. En la diplomacia contemporánea, pocas cosas son realmente privadas, y menos aún cuando quienes se fotografían representan dos de los laboratorios políticos más visibles del nuevo populismo de derechas alineado con el trumpismo global.
La escena resume una tendencia más amplia: la consolidación de una red transnacional de líderes que, bajo el lenguaje amable de la cooperación, promueven un proyecto político profundamente antisocial, hostil al Estado, a la redistribución de la riqueza, a la justicia social y a los contrapesos democráticos. Madrid y Buenos Aires aparecen así como nodos de una misma constelación ideológica, unida no tanto por intereses económicos concretos como por una visión compartida del poder.
El trumpismo como método
Ni Ayuso ni Milei necesitan a Donald Trump presente para operar dentro de su marco conceptual. El trumpismo, más que un movimiento nacional, se ha convertido en un método político exportable: confrontación permanente, desprecio por la mediación institucional, glorificación del mercado como sustituto del Estado y una narrativa de guerra cultural contra enemigos difusos (el “socialismo”, el “progresismo”, la “casta”) que justifica cualquier recorte social.
En este contexto, hablar de “colaboración institucional, económica y social” resulta revelador. La pregunta clave no es si colaboran, sino para qué y en beneficio de quién. Las políticas que Milei está aplicando en Argentina (recortes drásticos del gasto público, desmantelamiento de servicios esenciales, liberalización salvaje de precios) ofrecen una pista inquietante sobre el contenido real de esa cooperación.
Madrid como escaparate ideológico
La Comunidad de Madrid se ha convertido en los últimos años en un escaparate europeo de políticas de baja fiscalidad, privatización y debilitamiento de lo público, defendidas como sinónimo de libertad económica. Ayuso ha construido su proyección internacional sobre esa marca: una región presentada como refugio del capital y del individuo frente a un Estado descrito como opresivo.
Ese relato conecta de forma natural con el ideario de Milei, que ha hecho del Estado mínimo y del ajuste permanente su seña de identidad. La afinidad no es casual ni superficial. Ambos dirigentes comparten una visión según la cual la política social no es una herramienta de cohesión, sino un obstáculo para la eficiencia del mercado.
La trampa de la colaboración
En este ecosistema ideológico, la palabra “colaboración” funciona como un eufemismo. No se trata de cooperación para reforzar derechos o mejorar servicios, sino de alineamiento político y legitimación mutua. Cada visita, cada fotografía, cada declaración conjunta contribuye a normalizar un modelo que desplaza el debate desde la justicia social hacia la obediencia a supuestas leyes económicas inmutables.
El riesgo no reside únicamente en los acuerdos que puedan firmarse —que, por ahora, parecen limitados— sino en la transferencia de marcos discursivos y prioridades políticas. Madrid aprende de Buenos Aires cómo avanzar en el desmontaje del sector público sin pagar un coste electoral inmediato. Buenos Aires se nutre del relato madrileño de prosperidad selectiva como coartada para su ajuste.
Cierre de filas de la internacional reaccionaria
El momento elegido tampoco es casual. En un contexto internacional marcado por inflación, desigualdad y fatiga democrática, el trumpismo global cierra filas. Frente a la crisis de legitimidad del modelo económico dominante, estos líderes no proponen correcciones, sino radicalización: más mercado, menos derechos; más disciplina social, menos protección.
La reunión entre Ayuso y Milei encaja en esa lógica defensiva. No es tanto una alianza ofensiva como un pacto de resistencia ideológica frente a cualquier intento de reconstruir consensos sociales más amplios. La cooperación, en este caso, no busca soluciones compartidas, sino blindar un proyecto político que considera la desigualdad un daño colateral aceptable.
Una amenaza más que una anécdota
Sería un error interpretar el encuentro como una simple curiosidad diplomática o un gesto personal entre dirigentes afines. Es, más bien, un síntoma. El trumpismo ya no necesita grandes cumbres ni declaraciones formales: se reproduce a través de gestos, afinidades y redes informales que van consolidando una agenda común.
La visita de Ayuso a la Casa Rosada no anuncia necesariamente nuevos acuerdos económicos, pero sí refuerza una idea peligrosa: que las recetas antisociales pueden presentarse como cooperación moderna, que el recorte de derechos puede venderse como libertad y que el debilitamiento del Estado es un proyecto exportable.
En política internacional, las palabras importan. Y cuando la “colaboración” empieza a significar sumisión a un mismo dogma, conviene prestar atención. Porque detrás del lenguaje diplomático se está librando una batalla mucho más profunda sobre qué tipo de sociedad emergerá de la próxima crisis.