Washington y Madrid. Pocos veían esa conexión hace unos años, pero hay algo flotando en el aire que huele a mimetismo puro y duro. Donald Trump a un lado del Atlántico; Isabel Díaz Ayuso al otro. Dos escenarios distintos, sí, pero la misma partitura: guerra abierta contra el Estado del bienestar, la bandera de la "libertad" flameando en cada mitin y esa promesa tan golosa de que se puede vivir mejor pagando menos al fisco. Populismo económico en estado puro. Se cuestiona el impuesto a los más ricos, se mira con recelo la inversión pública y se incita a las regiones a competir entre sí como si fueran empresas rivales.
Pero no nos engañemos... esto va mucho más allá de compartir cuatro eslóganes pegadizos. Es un plan con todas las letras: dinamitar la burocracia, recortar impuestos directos a machete y vender la milonga de que el mercado, por arte de magia, lo arregla todo solo. Pues bien, al aterrizar las recetas del trumpismo en el asfalto de Madrid, saltan las chispas. El beneficio inmediato para unos pocos arriba termina por rajar, y de qué manera, la red de los servicios públicos abajo.
La trampa del recorte fiscal
El motor de la Puerta del Sol es calcado al de la Casa Blanca en tiempos de Trump: perdonar impuestos a los que más tienen. Bonificar Patrimonio, Sucesiones o Donaciones ha transformado a la capital de España en un imán para grandes patrimonios. Fenomenal para los números macro, ¿verdad? El problema es el agujero silencioso que queda en las arcas públicas. Un "dumping" fiscal que hace rechinar los dientes al resto de autonomías, que ven cómo se escapan los recursos hacia la capital.
Y claro, la factura la termina pagando el de siempre. Para cuadrar las cuentas tras dejar de ingresar millones, la administración madrileña recurre a la tijera encubierta. Sanidad de barrio bajo mínimos, colegios masificados y listas de espera eternas en dependencia. Esto no es un simple despiste de gestión; es la consecuencia lógica de entender el gasto social como un estorbo y no como un escudo. Ocurrió en EE. UU. con sus carreteras y puentes tras las bajadas fiscales de Trump, y ocurre hoy en la periferia madrileña.
Privatización por la puerta de atrás
La sintonía entre la Real Casa de Correos y ese "capitalismo de amiguetes" tan estadounidense se nota sobre todo en las contratas. Como el sistema público no da más de sí, por falta de presupuesto, claro, se abre el grifo a la gestión privada. Hospitales, escuelas infantiles y hasta las emergencias van a parar a manos de grandes corporaciones. El negocio perfecto con dinero de todos.
Esta jugada fractura a la sociedad en dos. Quien tiene un sueldo decente termina pagándose un seguro privado y el colegio concertado para esquivar el colapso. Quien no llega a fin de mes se queda atrapado en una red pública saturada. Así se dibuja un Madrid a dos velocidades: el brillo del norte de la capital frente al ahogo del sur y el olvido de los pueblos del campo.
Llevar este modelo al Gobierno central sería jugar con fuego. Un experimento de alto riesgo para el estado del bienestar español. Si la filosofía de la Puerta del Sol se impone en toda España, la solidaridad entre regiones salta por los aires. Las comunidades más pobres se quedarían vendidas en una carrera donde solo gana el más fuerte.
Sin olvidar ese ramalazo negacionista que salpica al discurso: frenos a la transición ecológica, rechazo a regular el precio de los alquileres y alergia a poner cotas al mercado laboral. ¿El resultado? Especulación inmobiliaria salvaje, empleos más precarios y menos dinero para investigación.
En fin. El espejo americano deja una lección bien clara: las recetas mágicas envueltas en la bandera de la libertad sin límites salen caras. Muy caras. Si el país entero compra la idea del "sálvese quien pueda", la cuenta no la van a pagar en los grandes despachos corporativos. La pagaremos los de siempre, esperando turno en las urgencias del hospital.
Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.