La catástrofe ha dejado de ser un espacio de duelo para transformarse en un escenario de cacería ideológica. La extrema derecha ha diseñado una maquinaria de rentabilización del dolor ajeno que opera con precisión quirúrgica. Convierte el impacto emocional inmediato en un activo de movilización electoral. Cuando el barro, las víctimas o el caos dominan la actualidad, las fuerzas reaccionarias no acuden con propuestas de reconstrucción. Acuden con un arsenal de desinformación, declaraciones descontextualizadas y un lenguaje hiperbólico concebido para erosionar la confianza en las instituciones democráticas. Justo cuando la ciudadanía se encamina hacia las urnas.
Esta estrategia de agitación no es el fruto del azar ni de la mera vehemencia ideológica. Es el resultado de un acoplamiento perfecto entre la estrategia política radical y la arquitectura técnica de las plataformas digitales. Los algoritmos de recomendación que gobiernan las redes sociales no están programados para premiar la veracidad, el matiz ni la ponderación analítica. Están programados para maximizar la permanencia del usuario mediante la provocación de emociones primarias. El miedo, la indignación y la rabia son los combustibles más eficientes para elevar las métricas de interacción (engagement). La ultraderecha ha comprendido antes que nadie que el dolor colectivo es la materia prima ideal para alimentar el algoritmo. Desata incendios digitales en los que la verdad es siempre la primera víctima.
Bulos, tijeretazos y señalamiento
El modus operandi se repite con metódica crueldad ante cada crisis nacional. Apenas se produce un suceso dramático, la red se ve inundada por un torrente de campañas de desinformación perfectamente coordinadas. Clips de vídeo amputados de su contexto original. Declaraciones manipuladas mediante el tijeretazo audiovisual. Y viejas imágenes descontextualizadas puestas en circulación por una red imbricada de perfiles anónimos, influenciadores afines y pseudomedios de comunicación. El objetivo es construir una narrativa falsa. En ella, los servicios públicos, los expertos técnicos o las autoridades gubernamentales son presentados como incompetentes, malévolos o directamente cómplices de la tragedia.
A la fabricación del bulo le sigue el señalamiento con lenguaje hiperbólico. Se califica a los adversarios políticos de "traidores" , "criminales" o "enemigos de la patria" . Utilizan una adjetivación inflamatoria pensada para romper cualquier posibilidad de debate deliberativo. Este léxico del odio no solo busca deslegitimar a las autoridades gestoras. También canaliza la frustración de las víctimas hacia colectivos vulnerables o minorías. Los utiliza como chivos expiatorios de una quiebra sistémica inventada. Cuando la falsedad es desmontada por los verificadores de datos, el algoritmo ya la ha difundido a millones de pantallas. Hace que la rectificación resulte invisible frente al impacto masivo de la mentira original.
Peligro inminente ante la cita con las urnas
La proliferación de este ecosistema de manipulación alcanza un nivel de amenaza existencial cuando el calendario político sitúa unas elecciones a la vuelta de la esquina. Las citas electorales exigen un cuerpo electoral informado. Capaz de evaluar la gestión de los representantes públicos sobre la base de hechos contrastados, programas de gobierno y datos verificables. Sin embargo, cuando la contienda se celebra en un clima saturado por el veneno de la mentira algorítmica, el voto deja de ser un ejercicio de soberanía democrática. Se convierte en una reacción emocional inducida por el pánico y el resentimiento.
La extrema derecha rentabiliza la erosión del espacio público sembrando la desconfianza generalizada en las instituciones. Al convencer a franjas enteras de la población de que los datos oficiales son falsos, los medios tradicionales mienten y los procesos de recuento están viciados, estas fuerzas populistas preparan el terreno. Preparan el cuestionamiento de la propia legitimidad del resultado electoral si este les resulta adverso. Este cuestionamiento sistemático de las reglas del juego democrático perfora el consenso social básico que sostiene la convivencia. Abre la puerta a episodios de desestabilización institucional de imprevisibles consecuencias.
Blindar la verdad
Hacer frente a esta ofensiva contra la verdad no equivale a censurar el debate político ni a limitar la legítima crítica a la gestión de las crisis por parte de los gobiernos. Consiste, por el contrario, en exigir responsabilidad a las corporaciones tecnológicas que diseñan algoritmos opacos. Algoritmos que priorizan el beneficio económico derivado del odio sobre la salud democrática de los estados. La transparencia algorítmica, la alfabetización mediática de la ciudadanía y la aplicación rigurosa del marco legal contra quienes difunden calumnias o incitan al odio son herramientas urgentes para frenar la deriva autoritaria.
El periodismo comprometido y riguroso tiene la obligación ética de desentrañar esta mecánica de la manipulación. Poner al descubierto la cínica arquitectura que convierte el luto en papeletas de voto. Si la sociedad permite que las elecciones se decidan en el lodazal de la desinformación masiva y el lenguaje del odio, no solo se estará entregando el poder a quienes instrumentalizan el sufrimiento ajeno. Se estará firmando el acta de capitulación de la propia democracia frente a la tiranía del algoritmo.
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