Hay días en que la estrategia política no se diseña en los departamentos de análisis de datos de La Moncloa ni en los despachos de los mejores asesores de campaña. Hay días en que el rival, cegado por su propia sobreexposición y sus cuotas de protagonismo ideológico, te entrega el trofeo envuelto en papel de regalo y con un lazo dorado.
Eso es, ni más ni menos, lo que acaba de suceder en la política española. En plena ebullición previa a las elecciones generales, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal han acabado convirtiéndose en los mejores jefes de campaña involuntarios de Pedro Sánchez.
La historia de esta precampaña se escribirá recordando cómo el intento del Partido Popular por guardar la ropa y esconder el fantasma de los recortes brutales saltó por los aires a causa del ansia de protagonismo de Ayuso y de la complicidad sin matices de la extrema derecha. Alberto Núñez Feijóo había pedido perfil bajo, cautela y distancia reflexiva.
La consigna en la sede de la calle Génova era un secreto a voces: evitar a toda costa que el debate electoral girara en torno a la motosierra social, la privatización de servicios o la tijera en las pensiones públicas. Pero en el ecosistema pepero las órdenes del líder nacional duran exactamente lo que tarda Ayuso en abrir las puertas de su despacho en Sol.
El abrazo de Sol
Isabel Díaz Ayuso no sabe actuar como actriz de reparto. Jamás lo ha hecho. Mientras los estrategas de la dirección nacional del PP se echaban las manos a la cabeza ante la inminente llegada del presidente argentino Javier Milei a Madrid, la presidenta de la Comunidad tramaba su propio movimiento.
Ayuso intentó en un primer momento disimular las formas con una puesta en escena casi clandestina: reunión sin rueda de prensa, secretismo en las convocatorias y un amago de perfil discreto. Sin embargo, la tentación de liderar la trinchera ideológica frente a Sánchez pudo más que la disciplina de partido.
El resultado de ese encuentro a puerta cerrada terminó difundiéndose en forma de fotografía oficial: un abrazo caluroso, efusivo y cómplice entre la presidenta madrileña y el mandatario argentino. Un gesto de respaldo institucional y político capturado apenas unas horas después de que Milei hubiera arremetido contra el presidente del Gobierno español tildándolo de «dictador, ladrón» e instando a «echarlo a patadas» desde un foro público en la capital.
Para el equipo de campaña del PSOE, esa imagen de Ayuso y Milei abrazándose valía más que diez millones de euros en vallas publicitarias. En una sola instantánea, Ayuso borraba del mapa el esfuerzo de Feijóo por proyectar un partido de centro y confirmaba la tesis que La Moncloa lleva meses intentando instalar en el electorado: que votar al PP implica blanquear e importar el modelo de ajuste salvaje y desmantelamiento del Estado del bienestar que encarna el libertarismo.
Ayuso le regaló a Sánchez la prueba gráfica de que la derecha española no solo tolera el exabrupto, sino que abraza con entusiasmo a sus ejecutores.
La videoconferencia de Abascal
Si lo de Ayuso fue un desafío a la línea moderada de su propio partido, la intervención de Santiago Abascal bordeó la caricatura política. El líder de Vox intentó jugar al despiste alegando actos de campaña lejos de Madrid para no recibir a Milei en persona. Sin embargo, la escenografía que organizó a través de la Fundación Disenso reveló la verdadera naturaleza de su alianza.
Conectados por pantalla gigante, Abascal y Milei se embarcaron en un diálogo que pronto se convirtió en una competición de barra de bar para ver quién cargaba con mayor violencia verbal contra el jefe del Ejecutivo español. «No hay nada más divertido que patear culos zurdos», proclamó el argentino ante el regocijo de sus interlocutores; a lo que el dirigente de la extrema derecha española respondió entre risas, presumiendo de compartir punto por punto los calificativos de «dictador» y «ladrón» dirigidos a Sánchez.
Ese espectáculo desinhibido fue el segundo gran regalo para la estrategia sanchista. Con su actitud, Abascal no solo reafirmó la radicalidad de su formación, sino que arrastró al bloque de la derecha hacia un terreno áspero, bronco y deslegitimador que espanta de inmediato al votante moderado e indeciso. La escenografía de la ultraderecha celebrando el insulto institucional sirvió en bandeja la narrativa que el PSOE necesitaba para aglutinar el voto útil.
Sánchez transforma la agresión en orgullo
En La Moncloa no se desaprovechó ni un solo segundo del balón de oxígeno brindado por la derecha. Pedro Sánchez recogió el guante de inmediato, pero no para enredarse en un intercambio de reproches diplomáticos de bajo nivel, sino para librar una batalla de primer orden.
El presidente desmontó el relato de la motosierra con datos macroeconómicos demoledores: recordó que bajo el mandato libertario la economía sumergida en Argentina se ha disparado dejando a más de 11 millones de personas en el desamparo laboral, mientras España alcanzaba récords históricos de cotizantes a la Seguridad Social.
Señaló cómo los recortes de Milei han pulverizado un 40% el salario mínimo y se han ensañado con los pensionistas y los empleados públicos, justo en el momento en que el PP y Vox mantenían mensajes ambiguos sobre el futuro del sistema de pensiones en España.
El PSOE desplegó en su sede central de Ferraz una pancarta gigante con el lema: «Hola, Milei. Los zurdos y las zurdas te dan la bienvenida a España. El país que más crece de Europa». Sánchez asumió el término despectivo "zurdo" utilizado por la extrema derecha para convertirlo en una bandera de orgullo militante y en un catalizador movilizador.
Precampaña dinamitada desde dentro
El balance es desolador para los intereses del centro-derecha y la extrema derecha. La visita de Milei, canalizada a través de la complacencia de Ayuso y la gesticulación de Abascal, ha conseguido exactamente todo lo contrario de lo que necesitaba la oposición a un mes de las urnas.
Feijóo ha quedado recluido en un silencio incómodo, proyectando la imagen de un candidato incapaz de controlar la agenda de su propio partido ni de frenar el impulso de Ayuso.
La presencia del icono del ajuste radical ofreció al electorado de izquierdas un recordatorio vívido de lo que supondría un hipotético gobierno sostenido por la extrema derecha.
Tras meses de apatía o desgaste, el votante de izquierdas ha encontrado en el ataque externo y en la complicidad de Sol el estímulo perfecto para acudir en masa a las urnas.
En el arte de la guerra política, la regla de oro consiste en no interrumpir jamás al enemigo cuando se está equivocando. Sánchez simplemente se limitó a contemplar el espectáculo. Ayuso y Abascal creyeron estar montando una exhibición de fuerza ideológica ante sus fieles, pero en realidad le construyeron al presidente del Gobierno la autopista perfecta para la movilización electoral. Un regalo de campaña en toda regla que deja a la derecha atrapada en su propia trampa.
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