Elon Musk pone precio a la conversación: X limita las interacciones gratuitas y reabre el debate sobre la libertad de expresión

La red social restringe a las cuentas no verificadas a un máximo de 50 publicaciones originales y 200 respuestas diarias

Elon Musk billones
Elon Musk con la motosierra de Javier Milei.

Cuando Elon Musk desembolsó 44.000 millones de dólares para hacerse con Twitter en octubre de 2022 aseguró que su objetivo era proteger la libertad de expresión y devolver a la plataforma su condición de gran plaza pública digital. Criticó las políticas de moderación de la anterior dirección y prometió una red social con menos censura y mayor pluralidad de opiniones. Sin embargo, desde entonces la transformación ha sido radical.

Tras rebautizar la compañía como X, el magnate impulsó una profunda reestructuración que se saldó con el despido de miles de empleados, entre ellos buena parte de los equipos encargados de la moderación de contenidos y de revisar las denuncias presentadas por los usuarios. Aquellos recortes fueron justificados como una forma de reducir costes y eliminar lo que Musk consideraba “una política excesivamente intervencionista”.

Pero las consecuencias no tardaron en hacerse visibles. Desde entonces, los usuarios con cuentas en la antigua Twitter empezaron a detectar un incremento de la circulación de mensajes de odio, antisemitismo, racismo y otros contenidos violentos o extremistas tras la reducción de los equipos de moderación, mientras crecían las críticas por una aplicación menos estricta de las normas internas de la plataforma. También, se vieron incrementados los perfiles extraños, generalmente bits y trolls , con imágenes de superhéroes, de dibujos animados, o con fotografías de paisajes que nada tienen que ver con una personalidad reconocida de la política, la cultura, la sociedad civil o simplemente con un nombre y apellido de un ciudadano a pie de calle. Detrás del anonimato, consentido por la propia red, empezaron a aflorar mensajes muy ligados a partidos de la extrema derecha que han contaminado el espíritu del debate que se había mantenido en la red desde sus orígenes.

Si este clima enrarecido se le suma que Musk cortó de raíz la antigua política de verificación de cuentas, el reconocido check azul, al sustituirla por el pago mensual de 6 euros independientemente de quien la solicitase, no hizo más que agregar más leña al fuego. Cabe recordar que la exTwitter daba ese reconocimiento de forma gratuita a quien lo solicitara pero bajo ciertos parámetros (personalidad de la política, cultura, economía, etc.) y previa petición y acreditación de dicha condición. Por ejemplo, a los periodistas les pedía no solo DNI, sino dirección de mail del medio para el que trabajaba, enlaces a sus publicaciones y a la web del periódico, radio, televisión, blog, etc. En definitiva, el también dueño de Tesla al llegar a la red, primó el “clic caja” a dar garantías sobre quienes son la autenticidad de sus usuarios. La rebautizada X se volvió más insegura por solo prioridad económica de su nuevo propietario. Y en esta misma línea transcurren las nuevas limitaciones impuestas en lo que va de año.

De esta manera, Musk favoreció que la antigua Twitter virara a una mayor permisividad con determinados discursos y con una menor capacidad para actuar frente a contenidos denunciados, una percepción que alimentó el éxodo de miles de cuentas, sobre todo de perfil progresista, hacia otras plataformas. La indefensión a la que estaban sometidos a diario los usuarios mayoritariamente de izquierdas frente a los mensajes de odio desenfrenados en X sumado a que las denuncias y reportes que caían en saco roto por la nueva política de Musk, provocó un cierre masivo de cuentas o simplemente abandono de ellas.

Poner precio al debate

Según la propia documentación del Centro de Ayuda de X , las cuentas no verificadas quedan limitadas a 50 publicaciones originales y 200 respuestas diarias, además de otros topes técnicos destinados, según la empresa, a combatir el spam y la actividad automatizada. En pocas palabras, la compañía ha endurecido las limitaciones para quienes utilizan la versión gratuita. Curiosamente, esta restricción solo aplica a quienes utilizan la versión gratuita no así para los suscriptores Premium.

Esta diferencia, más que evidente ha despertado las sospechas de sus usuarios de que Elon Musk pretende forzar el pago en la exTwitter para participar plenamente en la conversación: para debatir en X hay que pasar por caja.

No se trata solo de escribir menos mensajes. Para periodistas, medios de comunicación, divulgadores, activistas o responsables de comunicación, estas restricciones afectan directamente a la posibilidad de cubrir acontecimientos en tiempo real, responder a otros usuarios, mantener conversaciones prolongadas con sus comunidades o simplemente difundir sus publicaciones, artículos, ensayos, novelas, etc. En otras palabras, la conversación empieza a tener precio.

De la libertad de expresión a una red de pago

El mismo empresario que llegó defendiendo una red más libre para expresarse impulsa ahora una política que limita la capacidad de interacción de quienes no pagan una suscripción. En la práctica, participar plenamente en la conversación empieza a depender de contratar alguno de los planes Premium de la compañía.

Y es aquí donde la empresa de Elon Musk entra en una contradicción difícil de ignorar: mientras arrasó con la moderación de los mensajes en su red bajo el discurso de la “libertad de expresión”, allá por 2022.favoreciendo la irrupocion de determinados contenidos homófobos, racistas, xenófobos, en definitiva, de odio, ahora restringe esa misma libertad de expresión para intervenir activamente en el debate público al quedar condicionada por la capacidad económica de cada usuario. Es decir, pasando por caja, pagando una suscripción al mes que no todo los ciudadanos se lo pueden permitir, la exposición de ideas es infinita. Por el contrario, si no cuenta con recursos, sus opiniones quedan reducadas a 50 publicaciones originales y 200 respuestas diarias.

Bluesky no consigue arrebatarle el liderazgo

El descontento con la gestión de Musk provocó una importante espantada hacia otras plataformas, especialmente Bluesky.

A ese movimiento se sumaron miles de usuarios y también personalidades públicas, periodistas como Maruja Torres, comunicadores y representantes políticos —incluidos cargos de relevancia en nuestro país como la vicepresidenta del Gobierno Yolanda Díaz y otros miembros de su formación Sumar— que anunciaron públicamente su salida de X por discrepancias con la deriva adoptada por el magnate estadounidense. Sin embargo, esta alternativa no ha terminado de consolidarse como un verdadero competidor.

Pese a su crecimiento en los últimos meses, Bluesky continúa muy lejos del alcance e influencia de X. De hecho, algunos de esos periodistas y creadores de contenido que abandonaron la plataforma de Musk ( como por ejemplo, los periodistas Ignacio Escolar o Enric Juliana) han regresado al comprobar que el impacto de sus publicaciones, la repercusión mediática y la capacidad para generar conversación no eran ni remotamente comparables.

Quizás por este mismo motivo y siendo conocedor de ello, Elon Musk, hace de la antigua Twitter lo que le viene en gana aprovechando su posición preferente entre las redes sociales. Y las nuevas limitaciones impuestas a los usuarios gratuitos es otra de sus ocurrencias con una final puramente económica: obtener beneficios. En cualquier caso, esta pretensión de parte del magnate tiene efectos colaterales: la libertad de opinar y de debatir tiene un precio. Y hay que pagarlo mediante una suscripción Premium, al menos si el usuario quiere evitar las restricciones a ese derecho que, en nuestro país, es constitucional.

La pregunta ya no es solo qué puede decirse en X, sino quién puede permitirse decirlo sin restricciones. Y esa es una discusión muy distinta de la libertad de expresión que Elon Musk prometió defender cuando compró la plataforma.

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