Cartagena, una cafetería, y allí está Sarah (nombre ficticio). Se toma un café sólo con hielo y mira hacia todos los lados, como si la estuvieran persiguiendo o como si esperara a alguien. Una mujer de más de 50 años que no destaca del resto. Viste una camiseta blanca de manga corta, pantalón vaquero y unas deportivas. Sin embargo, Sarah tiene un secreto que nadie se podría imaginar: se ha visto obligada a ejercer la prostitución para poder sobrevivir.
No se trata de una historia desgarradora de malos tratos, de estar bajo el control de una mafia de trata de seres humanos o de una migración forzada. Sarah es española y ha sido expulsada del mercado laboral por una cuestión de edad, no de profesionalidad o de conocimientos. Ella vive sola. No tiene hijos a su cargo porque los que tuvo con el hombre que estuvo casada durante 10 años ya son independientes y trabajan en el extranjero.
“Trabajé durante más de 20 años como administrativa en una empresa familiar, pero justo antes de la pandemia tuvieron que entrar en concurso de acreedores. Nos despidieron. Yo entré en el paro y empecé a buscar otro trabajo. Pensaba que, con mi experiencia, iba a encontrar rápido. No fue así. Mandaba currículums a través de Infojobs o LinkedIn. Ni me llamaban. Creo que en tres años hice cuatro entrevistas. El paro se acabó y me encontré sin ingresos, viviendo de los ahorros que tenía. Pero no perdía la esperanza. Al principio buscaba empleo como administrativa, pero luego ya echaba currículums a lo que saliera. Nada”, afirma con resignación.
Fue en un momento en que veía que esos ahorros se esfumaban de manera fulminante. El saldo de la cuenta bancaria bajaba. Pensó en alquilar una habitación para tener algún ingreso, pero sus hijos la hicieron desistir de esa idea. “Ellos me mandan un poco de dinero cuando pueden y gracias a eso pude, al menos, hacer frente a los gastos de la casa. Menos mal que la hipoteca ya la había pagado porque si no ahora estaba viviendo en la calle”.
Se vio obligada a acudir al Banco de Alimentos para poder comer. No tenía nada y las empresas seguían despreciándola por su edad. “Me parece vergonzosa esta discriminación que se hace con las personas por un tema de edad. ¿Eso no es un delito? Porque a los políticos se les llena la boca con todo tipo de discriminaciones a cientos de colectivos, pero todavía no he escuchado a ninguno hablar de lo que nos hacen a los que cumplimos más de 47 o 48 años”.
Aunque hay distintos tipos de prestaciones o de subsidios, Sarah no entraba en los parámetros que la burocracia le exigía. Entonces, un día navegando por internet, se encontró con un anuncio de una página en la que se presentaba a mujeres maduras para tener sexo.
“Lo miré y vi que había muchas mujeres en mi zona que se ofrecían para tener sexo. Vi las fotos y conocí a alguna de ellas”, señala Sarah que se puso en contacto con una de esas mujeres a las que conocía. Vivía a tres calles de su casa. Ella le explicó cómo funcionaba.
“Mi situación económica era la que era y no me pareció mal. Me registré en la página, subí unas fotos y, ¡sorpresa! No habían pasado ni dos horas cuando me llegó un mensaje para tener contacto con un hombre. Llamé a la mujer con la que había hablado y me dijo que ese era un cliente, que podía aceptar o rechazar la petición. En ese caso, la rechacé. Me pareció demasiado rápido, pero es que en sólo un me llegaron 8 peticiones. Acepté una de ellas y me llevé la sorpresa de que era un chaval que no tendría ni 20 años. Me acosté con él. Desde entonces, suelo tener unos 20 o 25 encuentros al mes. Es lo que necesito para poder vivir. La gran mayoría son chavales muy jóvenes, por lo menos los que contactan conmigo”, afirma Sarah con toda tranquilidad.
Lleva unos tres años así. Sigue buscando trabajo, pero ni la llaman, y eso que ahora puede presentar el curriculum sin datos de edad. Nada. Tiene que continuar prostituyéndose. Como miles de mujeres en España. “Sólo en esta ciudad, que es una ciudad pequeña, en esta página web, hay registradas más de 150 mujeres”. Aquí no estamos hablando de violencia contra la mujer, ni trata de personas, se trata de violencia del sistema contra mujeres que son expulsadas del mercado laboral por una cuestión de edad, algo que, en teoría, está prohibido.
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