Durante décadas, Julio Iglesias ha encarnado una forma de celebridad global asociada al éxito, la seducción y el acceso ilimitado. Su figura, mitificada por millones y protegida por el aura de la fama, parecía pertenecer a un mundo impermeable al escrutinio. Hoy, esa narrativa se resquebraja. Una investigación conjunta de elDiario.es y Univision Noticias, desarrollada a lo largo de tres años, describe un patrón sistemático de abuso sexual, coerción laboral y violencia psicológica contra mujeres jóvenes que trabajaban para el cantante en régimen interno en sus residencias del Caribe.
Los hechos relatados no ocurren en escenarios públicos ni en contextos efímeros, sino en espacios cerrados, jerárquicos y cuidadosamente controlados: mansiones privadas en República Dominicana y Bahamas, donde la línea entre empleo, subordinación y sometimiento se difumina hasta desaparecer.
El abuso como sistema
Dos mujeres (identificadas con nombres ficticios para proteger su identidad) describen episodios de agresiones sexuales reiteradas, humillaciones y presiones ejercidas por Julio Iglesias cuando tenía 77 años. Una de ellas, Rebeca, relata penetraciones digitales sin consentimiento, bofetadas, insultos y vejaciones físicas y verbales, en encuentros nocturnos que, según su testimonio, se repetían “cuatro o cinco veces por semana”. La otra, Laura, fisioterapeuta, denuncia tocamientos no consentidos, besos forzados y un entorno de humillación pública constante.
Según la investigación de elDiario.es, estos relatos no son aislados ni contradictorios: han sido contrastados con documentación médica, mensajes, registros de llamadas, visados laborales y testimonios de otros extrabajadores. El patrón que emerge es el de un abuso de poder estructural, sostenido por una jerarquía interna de empleadas que normalizaba la sumisión y castigaba la resistencia.
La casa, dispositivo de control
Las residencias de Julio Iglesias aparecen descritas como espacios de aislamiento extremo, especialmente durante la pandemia, cuando se restringían las salidas de las trabajadoras con el pretexto del miedo al contagio, pese a que las limitaciones gubernamentales ya habían sido levantadas. No había contratos escritos, las jornadas podían extenderse hasta 16 horas diarias, y las empleadas tardaban meses en disfrutar de un solo día libre.
El control se extendía a lo íntimo: revisiones de teléfonos móviles, prohibición de relaciones sentimentales, vigilancia del peso corporal, comentarios sobre la menstruación y exámenes ginecológicos obligatorios gestionados por la administración de la casa. En ese contexto, el consentimiento se convierte en una ficción legal y moral.
Como resume una de las testigos citadas por elDiario.es, “era una casa donde se normalizaba el maltrato”.
Sexo, jerarquía y coerción
La investigación describe una estructura laboral clasista y sexualizada. En la base, el “servicio”: jóvenes empleadas domésticas, muchas de ellas migrantes, con escasa protección legal. Por encima, las llamadas “señoritas”: fisioterapeutas, acompañantes o invitadas, con mejores condiciones pero igualmente expuestas al acoso. En la cúspide, las encargadas del hogar, responsables de la contratación y, según varios testimonios, mediadoras activas en las solicitudes sexuales del cantante.
La coerción no siempre adoptaba la forma explícita de la violencia física. A menudo operaba mediante la insistencia, la humillación, el alcohol, el miedo al despido y la manipulación emocional. “Él te hacía sentir que no tenías derecho a decir que no”, relata Rebeca en su entrevista con elDiario.es.
Silencio, garantía de impunidad
Julio Iglesias y su entorno han rechazado responder a las preguntas planteadas por los periodistas, pese a haber sido contactados reiteradamente por distintas vías. Una de las encargadas negó los hechos calificándolos de “patrañas” y defendió al cantante como un “gran caballero”. Otras personas señaladas en la investigación no ofrecieron respuesta.
Este silencio no es anecdótico. Forma parte del mismo ecosistema de poder que, durante años, inhibió la denuncia, alimentó el miedo y protegió la reputación del artista. La fama, en este caso, no es solo un capital simbólico: es un escudo estructural.
Más allá del caso
Las mujeres que hoy hablan lo hacen tarde, con miedo y tras un largo proceso terapéutico. Lo hacen, dicen, para que otras no entren “ciegas” en un sistema que convierte la precariedad en una trampa y el empleo en una forma de dependencia total.
En ese sentido, este caso no es una anomalía, sino un recordatorio incómodo: allí donde el poder se ejerce sin contrapesos, sin contratos, sin testigos y sin escrutinio público, el abuso deja de ser una desviación y se convierte en rutina.
La caída del silencio alrededor de Julio Iglesias no reescribe el pasado del cantante. Pero sí obliga a revisar una verdad más profunda: la cultura de la impunidad no se sostiene solo por quienes abusan, sino por los sistemas que miran hacia otro lado.