El pasado sábado conocimos el fallecimiento de Santiago Aparicio, el último cronista que usaba el teclado como una trinchera y el adjetivo como una granada de mano. Se nos va la pluma más ácida, faltona y desquiciante de las últimas décadas. Un tipo que hizo del no dejar títere con cabeza su verdadera declaración de principios.
Para él, la política no tenía nada de señorial. Nada de salones nobles ni partidas de ajedrez. Era, más bien, un circo romano con gladiadores en traje a medida, expertos en esconder su mediocridad tras discursos de cartón piedra. Y ahí entraba él. A bocajarro. Sin anestesia.
Su firma era la pesadilla de los gabinetes de comunicación. Le daba exactamente igual la sigla, el color o el carné: trituraba por igual la superioridad moral de la izquierda que el clasismo acomodado de la derecha. Y es que lograr que ambos bandos echen pestes por la boca el mismo día no era un despiste; para él era la única prueba de haber dado en el clavo.
Tenía una alergia visceral a los liderazgos absolutos. No soportaba al militante de aplauso fácil ni a esos caudillos de pacotilla que van por la vida como si la historia les debiera un monumento. ¿Su especialidad? La dentellada directa, cruenta, al límite de la crueldad. Sus columnas bordeaban, y cruzaban sin pestañear, la línea del insulto personal cuando detectaba una injusticia, una metedura de pata o, simplemente, la estupidez de turno revestida de poder.
Ese mismo veneno lo volcó en el fútbol. Colchonero hasta el tuétano y antimadridista por prescripción médica, entendía al Atleti como eso: la trinchera del pueblo frente al gigante de la capital.
Pues bien, el verdadero espectáculo empezaba cuando ponía la mira en el palco del Santiago Bernabéu. Sus ataques contra Florentino Pérez eran auténticas piezas de orfebrería ácida. Puro ácido sulfúrico. Tanto, que sus columnas terminaron siendo devoradas y aplaudidas como salmos sagrados en las peñas rojiblancas de España y del mundo.
Fue, en el fondo, un abogado de causas perdidas. Un defensor profesional de lo indefendible. De esos cronistas de raza que prefieren quedarse más solos que la una antes que comulgar con ruedas de molino.
Se apaga una voz incómoda en las formas, pero salvajemente honesta. Hoy los despachos respiran tranquilos. Nosotros, en cambio, nos quedamos un poco más huérfanos.
Que la tierra te sea leve, compañero Santiago.
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