Hay noticias que uno escribe con el nudo apretado en la garganta. Muertes que no se quedan en una simple nota de pátina biográfica, sino que le dan un sacudón seco a la conciencia de todo un país.
El corazón de María del Carmen Abascal dijo basta en una habitación del Hospital Gregorio Marañón. Tenía 87 años. Se fue apenas unas semanas después de que los agentes de policía la sacaran a la fuerza de su piso de Sainz de Baranda, en pleno distrito madrileño de Retiro. Aquella no era una vivienda cualquiera. Era su hogar. El lugar donde vivió desde 1956, entre fotos en blanco y negro, recuerdos familiares y siete décadas de vida.
Pero este desahucio en Madrid no terminó en el bordillo de la acera. No. Lo que ocurrió en esa calle arbolada encendió una mecha imparable: acampadas en el centro de la ciudad, una huelga general en marcha y, para sorpresa de muchos en la Moncloa, un adelanto electoral que acaba de saltar por los aires la agenda política.
Para entender cómo llegamos a este punto hay que mirar atrás. Seis años, concretamente. Fue entonces cuando un fondo de inversión le echó el ojo al inmueble. Lo compraron a precio de saldo, casi una ganga para la zona. ¿El motivo de ese precio irrisorio? Muy sencillo: dentro vivía una anciana con un contrato de alquiler de renta antigua. Maricarmen no era ninguna morosa. ¡Qué va! Había trabajado más de treinta años como secretaria en una empresa farmacéutica y cobraba una pensión de 1.400 euros. Pagaba sus 500 euros mensuales entre renta y facturas con una puntualidad británica.
Pero en 2020 la propiedad decidió que ya bastaba. Alegaron que el contrato no podía subrogarse más veces. Primero estuvo a nombre de su madre —que ni siquiera pudo figurar como titular formal por culpa de las viejas leyes franquistas— y luego a nombre de ella. Ofreció pagar más. Su abogada presentó propuestas de todo tipo. ¿La respuesta de la empresa propietaria? Negativa tras negativa. La maquinaria judicial se puso en marcha y, tras cuatro intentos fallidos, la orden de desalojo se ejecutó a rajatabla.
Una victoria histórica que llegó demasiado tarde
A veces las leyes son de un frío que asusta. A lo largo de casi siete años de pleitos, el cuerpo de Maricarmen fue encogiendo. Literalmente. El estrés de verse en la calle la confinó a una silla de ruedas, le arruinó la masa muscular y le cambió hasta el tono de voz. Dos días antes de que la sacaran, rodeada de cajas de cartón con sus porcelanas y sus recuerdos de la mesita del té, le decía a quien quisiera escucharla una frase que se te clava como un dardo: «Yo ahora no soy yo».
La brutal presión del Sindicato de Inquilinas y la indignación popular consiguieron lo impensable: que la empresa diera un paso atrás. Firmaron un acuerdo histórico para hacerle un contrato nuevo y devolverle las llaves. Sí, por primera vez en España una persona desahuciada le ganaba el pulso al gigante inmobiliario y volvía a su casa. Pero el triunfo duró un suspiro. La justicia social llegó cuando el cuerpo de Maricarmen ya no tenía fuerzas para sostener la alegría. Había ganado la batalla legal, pero perdido la salud en el intento.
Maricarmen no tenía madera de activista. Ni la buscaba. Era, simplemente, una vecina del barrio de Retiro. Le gustaba levantarse a las nueve, bajar a la carnicería de la esquina, saludar a los comerciantes y cuidar con mimo las pinturas de su casa. Por las noches, aunque no se consideraba religiosa del todo, le daba las buenas noches a Dios, a sus padres, al papa Francisco y a su hermano difunto. Por ese orden.
Pues bien, esa mujer tranquila terminó convertida en un auténtico símbolo de la lucha por la vivienda.
Desde la cama del hospital, agotada, mandaba audios y vídeos animando a los jóvenes que dormían al raso en las plazas. «Luchad, defended lo que es vuestro», les pedía con un hilo de voz. Y la gente la escuchó. Las camisetas con el lema «Todos somos Maricarmen» inundaron las calles y las imágenes de su desalojo abrieron los telediarios, arrinconando a los partidos políticos contra la pared.
El impacto social ha sido tan salvaje que el Parlamento se ha roto por la mitad. Lo que comenzó como el drama de una anciana en un barrio acomodado de la capital ha terminado por erosionar la mayoría del Gobierno. Las tensiones por el precio de los alquileres y la falta de soluciones habitacionales han provocado el cierre prematuro de la legislatura y la convocatoria inmediata de elecciones generales.
Hoy, la vivienda es el tema central de la campaña. Nadie puede ponerse de perfil. Maricarmen quería dos cosas muy sencillas antes de irse: morir en la misma habitación donde vio partir a sus padres y que sus cenizas descansen en el mar Cantábrico. La primera se la arrebataron por unas semanas; la segunda se la darán los suyos muy pronto.
Su otra familia, la del sindicato que no la dejó sola ni un solo día, promete mantener el pulso en las calles. Dijeron que su historia no acaba con un entierro. Y tienen razón. El nombre de esa secretaria jubilada que plantó cara a los especuladores ya está escrito en la historia política de este país.
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