España cerró 2025 con un dato que parece contradictorio: menos personas migrantes llegando a sus costas, pero miles muriendo en el intento. Según el último informe del colectivo Caminando Fronteras, que pueden consultar íntegramente y descargar al final del artículo, 3.090 personas perdieron la vida este año cuando trataban de alcanzar territorio español. No es una cifra menor. Es un recordatorio brutal de que reducir flujos no equivale a proteger vidas.
Tras un 2024 récord con más de 10.000 fallecidos, el descenso de muertes puede interpretarse, a primera vista, como una mejora. Pero el propio informe desmonta esa lectura complaciente. El cambio no está en una frontera más humana, sino en rutas distintas, más cortas o con embarcaciones más pequeñas, donde mueren menos personas… porque viajan menos a la vez.
Menos llegadas, misma lógica
El Ministerio del Interior confirma que, hasta el 15 de diciembre, las llegadas irregulares a España cayeron un 40,4% respecto a 2024. En Canarias, el descenso fue aún más acusado: casi un 60%. Estos datos han sido presentados como un éxito de la política migratoria. Sin embargo, Caminando Fronteras advierte que el coste humano sigue siendo devastador.
De las 3.090 personas fallecidas, 192 eran mujeres y 437 menores de edad. No son números abstractos. Son trayectorias truncadas por una política que prioriza el control sobre la protección.
La ruta argelina sustituye a la atlántica
El gran cambio de 2025 ha sido geográfico. La ruta argelina hacia Baleares se ha convertido en la más transitada, superando por primera vez a la atlántica. Se han registrado 121 tragedias entre Argelia e Ibiza, Formentera y Mallorca, dentro de un total de 303 naufragios documentados.
La explicación es sencilla y perturbadora: cuando se cierra una ruta, se abre otra. Y no necesariamente más segura. Las embarcaciones que parten de Argelia suelen ser más pequeñas que los grandes cayucos que cruzan hacia Canarias. Cuando naufragan, mueren menos personas en términos absolutos, pero el riesgo individual sigue siendo extremo.
Canarias, la más letal
Aun así, la ruta canaria continúa siendo la más mortífera. Con 1.906 víctimas, concentra el mayor número de muertes debido al volumen de personas que la utilizan y a la peligrosidad del trayecto. A ello se suma un fenómeno inquietante: la apertura de una nueva ruta desde Guinea Conakry, aún más larga y peligrosa, en la que viajan mujeres y menores.
En el Estrecho, el panorama tampoco mejora. Han aumentado los intentos de entrada a nado, con 139 víctimas, casi una cuarta parte de ellas niños y adolescentes. El cuerpo humano convertido en última embarcación.
Rescate insuficiente y fronteras externalizadas
Para Helena Maleno, coordinadora del informe, el descenso de muertes no responde a una mayor protección del derecho a la vida, sino a una cuestión estadística. La raíz del problema sigue intacta: “La insuficiente activación de los dispositivos de rescate y la externalización del control fronterizo hacia terceros países”, dinámicas que aumentan la vulnerabilidad y la desprotección durante el trayecto.
Europa y España han apostado por delegar la frontera, alejándola del radar político y mediático. El resultado es una migración más peligrosa, más clandestina y menos visible, donde el mar sigue funcionando como filtro mortal.
Contradicción europea
La política migratoria actual permite una paradoja cómoda: menos llegadas oficiales, menos presión política interna, pero miles de muertos lejos de la costa, donde no votan ni protestan. El éxito se mide en porcentajes; el fracaso, en cuerpos que rara vez tienen nombre.
En 2025, España no ha resuelto la crisis migratoria. Solo la ha desplazado. Y mientras las rutas cambian, el patrón se repite: cuando el control se endurece, el mar se cobra la diferencia.