España logra un hito en la lucha contra el discurso de odio digital

La monitorización del OBERAXE ha conseguido que en el mes de diciembre las plataformas digitales retiren más de un 60% de contenidos racistas, destacando TikTok con una tasa de retirada del 86%

26 de Enero de 2026
Actualizado a las 10:59h
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Diciembre ha dejado una paradoja reveladora en el ecosistema digital español. Mientras el volumen absoluto de mensajes de discurso de odio racista y xenófobo sigue siendo alarmantemente elevado, la capacidad institucional para neutralizarlos ha alcanzado su máximo histórico. El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE) logró que las plataformas eliminaran un 62% de los contenidos denunciados, un récord que marca un punto de inflexión en la relación entre Estado, redes sociales y libertad de expresión.

El dato no es menor. En un entorno donde las plataformas tecnológicas han sido acusadas durante años de opacidad y laxitud normativa, la mejora sostenida en la retirada de mensajes demuestra la emergencia de un nuevo régimen de gobernanza digital, basado en cooperación institucional, verificación confiable y uso estratégico de la inteligencia artificial. Detrás de la estadística se perfila una pregunta más profunda: quién decide qué se borra, cuándo y con qué legitimidad.

Durante diciembre, el sistema FARO (Filtrado y Análisis de Odio en Redes Sociales) detectó 28.978 mensajes, elevando el total anual de 2025 a más de 808.000 contenidos hostiles monitorizados en plataformas como TikTok, X, Facebook, Instagram y YouTube. La reducción respecto a noviembre sugiere una moderación más eficaz, pero también una mayor sofisticación de las narrativas de odio, que mutan y se adaptan a los marcos regulatorios.

El papel del trusted flagger, figura clave en el nuevo ecosistema digital europeo, resulta decisivo. Un 38% de los mensajes fueron retirados tras ser señalados por el OBERAXE como verificador institucional, frente a la limitada efectividad del usuario común. La asimetría plantea un dilema democrático: el combate contra el odio avanza, pero lo hace centralizando el poder de moderación en actores acreditados, no en la ciudadanía.

La eficacia no es homogénea. TikTok, con una tasa de retirada del 86%, se consolida como la plataforma más diligente, mientras que YouTube permanece rezagada con apenas un 32%. Estas diferencias no solo reflejan políticas internas dispares, sino también modelos de negocio y culturas corporativas divergentes frente al riesgo reputacional y regulatorio.

Más inquietante que la mecánica de la retirada es la persistencia del blanco del odio. Un 70% de los contenidos se dirigieron contra personas procedentes del norte de África, confirmando la estabilidad de un imaginario hostil profundamente arraigado. La ligera caída porcentual no altera el fondo del problema: el discurso xenófobo sigue estructurando buena parte de la conversación digital cuando se activan debates sobre inseguridad ciudadana, inmigración o crisis económica.

El análisis cualitativo refuerza esta preocupación. Aunque los mensajes deshumanizantes han descendido, aumentan aquellos que presentan a las personas extranjeras como amenaza, normalizando una lógica de exclusión que legitima la expulsión, la violencia simbólica y, en casos extremos, la agresión física. Que el 92% de los mensajes sean de carácter agresivo explícito subraya el riesgo de una polarización digital con consecuencias fuera de la pantalla.

Los detonantes son conocidos. Conflictos internacionales como la guerra entre Israel y Palestina, atentados terroristas como los de Bondi Beach, o episodios locales como el desalojo de inmigrantes en Badalona funcionan como catalizadores narrativos. La inseguridad se convierte así en materia prima política, explotada para reforzar estereotipos mediante datos falsos o descontextualizados.

Desde 2020, el OBERAXE ha construido un sistema de vigilancia que hoy se apoya en inteligencia artificial entrenada con datos del deporte profesional, gracias a la colaboración con LALIGA. El resultado es una herramienta más precisa, pero también un laboratorio de regulación algorítmica del discurso público. El Estado no censura directamente; clasifica, prioriza y señala, delegando la ejecución final en las plataformas.

El récord de diciembre no es solo una buena noticia institucional. Es un indicio de que la lucha contra el odio digital ha entrado en una fase estructural, donde la moderación ya no es reactiva sino estratégica.

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