¿Qué es cultura? ¿De qué bolsillos debe salir? ¿Y quién tiene derecho a disfrutarla? Son preguntas estupendas para congresos, planes estratégicos y concejalías con logotipo nuevo. Luego llega agosto, una asociación vecinal, convierte una calle estrecha y vecinal en una creación colectiva visitada por un número brutal de personas y la respuesta administrativa adquiere una claridad admirable: que se espabilen y paguen los vecinos.
El proyecto sensórico SENSE de Magenta-Tech estima que por Fraternitat se produjeron entre 185.000 y 215.000 tránsitos peatonales durante siete días, con un valor central próximo a 200.000. No son necesariamente 200.000 individuos distintos: hay gente que repite, y vecinos que no han huido de los calores barceloneses; es un corredor de casas bajas; quien entra acaba saliendo y puede ser detectado en ambos extremos. Los sensores registraron 247.231 impactos y trece ventanas aleatorias de observación manual, firmadas por responsables de seguridad, documentaron 6.185 cruces en 302 minutos.
De madrugada circulaba poca gente, pero por la tarde y por la noche, las colas reunían a centenares de personas y el tránsito era compacto y forzado, precisamente cuando los radares tenían más dificultades para separar trayectorias. Por eso la estimación combina patrones temporales, mapas de calor y recuentos humanos, en vez de multiplicar alegremente cada impacto hasta obtener el número políticamente más simpático.
Tres sensores acústicos, colocados al principio, en el centro y al final de la calle, mostraron mínimos aproximados de 56 a 58 decibelios entre las cuatro y las siete de la mañana y niveles sostenidos de 75 a 84 entre las nueve de la noche y la medianoche, todos son datos más que razonables para un barrio en fiestas. También se midieron 30,5 grados de temperatura media, humedades próximas al 60 %, iluminaciones muy distintas según el tramo y dos noches de lluvia sin daños documentados.
El despliegue permitió declarar TRL 7 para la configuración utilizada de SENSE de Magenta-Tech: tecnología integrada y demostrada en un entorno operativo real. Pero también sirvió para medir una paradoja bastante menos innovadora.
La Associació de Veïns i Amics dels carrers Fraternitat, Josep Torres i plaça Gato Pérez —EFiT— sostiene que recibió cero euros de subvención pública para engalanar la calle. Sí, ciertamente, recibió unos 4.700 euros de la Fundació de la Festa Major que se dedica a gestionar los recibido por los esponsors y repartirlo entre las diversas calles que en número de 23 estaban adornadas esta año. Y también tiene un taller prestado de unos 100 metros en unas escuelas en desuso del que deben pagar agua, luz y mantenimiento.
Pero repitamos, Cero euros. Una cifra impecable, muy fácil de presupuestar y todavía más sencilla de ejecutar. Los vecinos aportan trabajo, creatividad, materiales, noches sin dormir y dinero propio. Después llegan unas 200.000 visitas, se multiplican las fotografías y el consumo, y las instituciones, barcelonesas y catalanas, celebran encantadas el éxito de «la ciudad». La colaboración público-privada alcanza aquí su máxima perfección: lo privado paga y lo público se hace la foto.
Compárese ahora con el Gran Teatre del Liceu, sin necesidad siquiera de salir de Barcelona. Según su memoria oficial de la temporada 2024-2025, el Liceu reunió 290.000 espectadores, de los cuales unos 173.000 asistieron a representaciones de ópera. Su presupuesto ascendió a 54,2 millones de euros y las aportaciones ordinarias de las administraciones públicas alcanzaron los 25,6 millones.
Solo la calle Fraternitat de Baix acumuló, en una sola semana, más tránsitos peatonales que espectadores tuvo toda la programación operística del Liceu durante una temporada y una cifra equivalente a casi el 70 % de su público total. Naturalmente, las magnitudes no son idénticas: una contabiliza pasos por una calle para disfrutar de un decorado, y la otra entradas a espectáculos. En el Liceu el público se sienta; en Fraternitat procura avanzar entre centenares de personas. Esa diferencia postural, al parecer, tiene importantes consecuencias presupuestarias.
Si realizáramos la división más rudimentaria, 25,6 millones entre 290.000 espectadores, obtendríamos unos 88 euros de aportación pública por asistente. No es un cálculo de costes serio, porque la financiación sostiene una institución estable, su personal, sus producciones y su actividad social. Pero el otro cálculo sí resulta dolorosamente exacto: cero euros divididos entre unos 200.000 tránsitos continúan siendo cero.
No se trata de quitar financiación al Liceu. La ópera es cultura y merece apoyo público. La pregunta es por qué una obra colectiva que transforma un barrio, moviliza a sus habitantes y atrae una afluencia extraordinaria se convierte, por arte de magia, en una afición privada de quienes la levantan.
Y multipliquen la aglomeración de la calle Fraternitat por 22 calles más, con impactos semejantes.
Barcelona ingresó en 2024 unos 106,5 millones de euros mediante el recargo turístico. No sabemos cuántos de los visitantes de Fraternitat de Baix pernoctaron: los sensores contaban pasos, no facturas de hotel. Pero resulta entrañable que el turismo sea una industria cuando recauda el Ayuntamiento y una tradición vecinal cuando toca sufragar el decorado.
Tal vez la cultura no dependa de la obra, del público ni del esfuerzo. Tal vez dependa de quién tiene taquilla, patronato, contactos y partida presupuestaria. Si hay terciopelo, millones. Si hay cartón, madera y vecinos, voluntariado.
Y después, por supuesto, todos a presumir de Barcelona.
Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.