El ataque híbrido contra Ceuta consigue uno de sus objetivos: desatar un tsunami de odio

Un demoledor informe revela un vertiginoso incremento del 76 % en los discursos xenófobos durante agosto, impulsado por narrativas deshumanizantes que convierten a niños y mujeres en los principales chivos expiatorios del ataque híbrido de Marruecos

15 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 12:34h
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Odio Ceuta
Ataque a campamento de migrantes en Ceuta

La crispación social ha encontrado su canal de amplificación más devastador en  las sombras de los algoritmos y tras las pantallas de millones de dispositivos. No fue un accidente. Fue, más bien, la consecuencia previsible de un ecosistema diseñado para premiar el enfado, la exageración y el miedo. Es la explotación de un escenario de tensión latente que ha sido aprovechado por Marruecos en su ataque híbrido contra Ceuta.

La emergencia humanitaria en la frontera sur derivada del ataque marroquí contra territorio español no solo puso a prueba la capacidad de respuesta institucional sobre el terreno. Encendió, también, una gigantesca pira de hostilidad digital. Una hoguera alimentada, gota a gota, con bulos, medias verdades y prejuicios rancios.

En apenas treinta días, las plataformas digitales se convirtieron en el escenario de una cacería verbal sin precedentes. La desinformación y el prejuicio étnico fueron moldeados sistemáticamente para sembrar el pánico, fracturar la convivencia y, sobre todo, rentabilizar la polarización política. Porque el odio, hoy, también es un negocio.

Los datos presentados por el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE), organismo integrado en el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, dibujan una radiografía aterradora de la agresividad en el ecosistema digital. Durante el mes de agosto se contabilizaron más de 100.000 contenidos de carácter explícitamente racista. Una cifra que supone un disparo de tres dígitos en la curva del rechazo social con respecto a los registros del mes anterior.

No eran exabruptos aislados. No era gente enfadada escribiendo a deshoras. Casi cuatro de cada diez mensajes detectados estuvieron directamente articulados en torno a los acontecimientos de la frontera ceutí. Utilizaron la desesperación de quienes cruzaban el espigón  para construir una calculada narrativa de invasión. La imagen era potente. Y, por eso mismo, difícil de contrarrestar.

La maquinaria del miedo

El análisis técnico del fenómeno demuestra la existencia de un libreto propagandístico perfectamente diseñado. Para calar en el imaginario colectivo, la estrategia del odio digital necesitó conectar la llegada de personas migrantes con el fantasma de la criminalidad urbana. Más de un tercio de las publicaciones monitorizadas recurrieron a la falsa equiparación entre migración y delincuencia, presentando la permanencia de los recién llegados como una amenaza directa a la seguridad de las calles. Es evidente que existen acciones protagonizadas por los migrantes (peleas, robos, ocupaciones de viviendas, violencia contra las fuerzas del orden) que generan inseguridad entre la población ceutí. Son hechos denunciables, pero la criminalización de las más de 10.000 personas que aún permanecen en Ceuta, es un acto de odio. 

A esta línea de ataque se sumó la fiscalización venenosa del gasto público. Cuestionar las partidas destinadas a la acogida humanitaria en un momento de incertidumbre económica generalizada resultaba, además, electoralmente rentable para la extrema derecha. El mensaje era sencillo: “mientras tú te lo quitas de la boca, a ellos les dan todo”. Falso, por supuesto. Pero muy efectivo.

Sin embargo, el rasgo más cruento de este brote de intolerancia radica en la selección de sus víctimas. El discurso de odio concentró su mayor virulencia contra la población de origen norteafricano y las personas de confesión musulmana. Pero registró, también, una escalada alarmante hacia los colectivos que ostentan la mayor cota de desamparo: las mujeres y los niños, niñas y adolescentes que viajan solos.

En lugar de despertar empatía hacia la infancia desprotegida, la narrativa imperante optó por la deshumanización sistemática. Insultos explícitos. Amenazas. Una jerga agresiva encaminada a despojar a los menores de su condición de seres humanos vulnerables para catalogarlos, directamente, como peligros potenciales. Da escalofríos. Pero es lo que hay.

TikTok, X y YouTube: tres respuestas, tres mundos

Frente a esta marea de descalificaciones y bulos, la respuesta de las grandes corporaciones tecnológicas volvió a exhibir grietas estructurales que cuestionan sus compromisos éticos. Aunque la tasa general de eliminación de contenidos reportados por los verificadores de confianza rozó los dos tercios del total, el comportamiento individual de cada red social reveló abismos insalvables en la moderación de sus espacios.

El contraste resulta sonrojante para los gigantes de Silicon Valley. Mientras plataformas de formato corto como TikTok alcanzaron la plena efectividad retirando la totalidad de los mensajes nocivos que le fueron notificados, y X mantuvo un índice de depuración superior al noventa por ciento, otras plataformas mostraron un desinterés rozando la negligencia.

El caso más sangrante lo encabeza YouTube. Allí, apenas una fracción testimonial de los contenidos denunciados terminó siendo erradicada. El resto permaneció, intacto, en sus servidores. Permitiendo que la retórica del odio siga circulando, recomendándose, multiplicándose.

Esta disparidad deja en evidencia que, cuando la voluntad corporativa falla, la impunidad digital se convierte en el mayor caldo de cultivo para la destrucción democrática.

Lo ocurrido en agosto no fue un episodio aislado. Fue la confirmación de una tendencia que lleva años gestándose. Las redes sociales no son neutrales. Sus algoritmos premian lo que genera interacción. Y, lamentablemente, nada genera tanta interacción como el miedo, la indignación y el rechazo al otro.

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