Javier Ortega Smith compareció este lunes en la Plaza de la Villa como portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid. Lo hizo sin concejales a su lado, con el carné de afiliado en la mano y con la dirección nacional cuestionando formalmente su cargo. La escena tiene algo de tragicomedia política: un partido que invoca orden y jerarquía muestra, en tiempo real, una guerra interna que ya no se puede disimular.
Disciplina, liderazgo y culto al fundador
La dirección nacional de Vox acordó cesarle como portavoz municipal y designar a Arantxa Cabello en su lugar. Ortega Smith respondió con un argumento reglamentario: no existe mayoría de concejales que haya solicitado votación para relevarle. Traducido: mientras los números no le desmientan, seguirá ocupando el sillón.
Vox ha construido su relato sobre la cohesión interna y la autoridad incontestable del Comité Ejecutivo Nacional. Que un dirigente suspendido de militancia se presente públicamente como portavoz legítimo no es un matiz administrativo; es una impugnación directa de la jerarquía que el propio partido exige a los demás.
Ortega Smith apeló a sus orígenes en la organización, mostró su carné número seis y evocó tiempos en los que “no había sueldo ni beneficio”. La apelación a la épica fundacional es un recurso clásico en partidos personalistas: cuando la estructura actual te cuestiona, se reivindica el derecho histórico. El problema es que Vox nunca fue un proyecto horizontal; fue siempre un proyecto de liderazgo centralizado.
La escena resultó elocuente también por las ausencias. Ninguno de los concejales del grupo municipal acompañó al portavoz en su comparecencia. Fuentes internas apuntan a una división clara en dos bloques. Ortega lo negó con la solemnidad de quien sabe que la evidencia contradice el discurso. “El grupo no tiene bandos”, afirmó. En política, cuando alguien necesita pronunciar esa frase en público, suele ser porque los bandos ya existen.
Más revelador aún fue su afirmación de que no confunde disciplina con sumisión ciega. La frase no está dirigida a la oposición, sino a su propia dirección. Es un reproche directo al liderazgo de Santiago Abascal, cuya autoridad interna ha sido hasta ahora incuestionable. Que un fundador sugiera la existencia de “organizaciones de adoración al líder” dentro de Vox es una fisura ideológica, no solo orgánica.
La paradoja es evidente. Vox ha construido su identidad en torno a la denuncia de los “partidos tradicionales” por sus luchas internas y su burocratización. Ahora exhibe exactamente eso: expedientes disciplinarios, suspensiones cautelares y amenazas de expulsión. La política española es pródiga en ironías, pero pocas tan transparentes.
Desde el punto de vista institucional, la situación tiene consecuencias prácticas. El Pleno de Cibeles se celebra con un grupo municipal cuya representación formal está en disputa. La dirección nacional intenta evitar la imagen de fractura antes de ciclos electorales decisivos, pero la crisis ya es pública y notoria.
En términos más amplios, el episodio revela el límite estructural de Vox: un partido construido alrededor de un liderazgo fuerte tolera mal la autonomía territorial o municipal. Cuando un dirigente local reivindica legitimidad propia frente al aparato central, el conflicto es inevitable.
Ortega Smith asegura que seguirá “partiéndose el pecho” por el proyecto. La dirección, por su parte, activa mecanismos disciplinarios. Entre ambas posiciones no hay matices técnicos; hay una disputa por el control del relato y del poder.
En un partido que ha hecho de la obediencia virtud y de la discrepancia traición, la escena de este lunes es más que una anécdota. Es la constatación de que la cohesión proclamada puede resquebrajarse cuando el liderazgo se enfrenta a sus propios fundadores.
Y, esta vez, la fractura no la ha provocado la izquierda ni el “consenso progre”. Ha sido interna, visible y difícil de encuadrar en el habitual discurso de orden y firmeza. Vox predica disciplina; hoy practica desautorización pública.