Cinco de los seis miembros del Comité Ejecutivo Provincial de Vox en la Región de Murcia dimitieron en bloque este jueves por la noche. La consecuencia es inmediata: José Ángel Antelo queda fuera del órgano provincial y la dirección nacional asume el control. El partido que presume de disciplina férrea vuelve a exhibir en público sus grietas internas.
La versión oficial habla de “profundo desacuerdo con la gestión”. La traducción política es más sencilla: ruptura total.
La vicepresidenta provincial, la secretaria, el responsable de Relaciones Institucionales, el encargado de Intermunicipal y la responsable de Organización Territorial abandonan simultáneamente el órgano de dirección. Cinco de seis. No es un un retoque o desavenencia puntual. Es una desautorización colectiva.
Los estatutos de Vox son claros: al quedarse solo, Antelo queda automáticamente fuera del Comité Ejecutivo Provincial. El liderazgo se desactiva por pura aritmética interna. La escena tiene algo de déjà vu. Vox ha construido su relato sobre la idea de cohesión monolítica, mando vertical y ausencia de fisuras. Sin embargo, las dimisiones en bloque no son habituales en organizaciones estables. Son síntomas.
La formación de Santiago Abascal ha justificado el movimiento como la antesala necesaria para que la dirección nacional “tome las riendas” y resuelva una “grave crisis de cohesión interna”. La frase es reveladora. Cuando el control vuelve a Madrid es porque la estructura territorial ha dejado de funcionar. O porque ya no se fía de ella.
En Murcia, Antelo había concentrado poder orgánico y protagonismo institucional. Su salida del comité provincial no significa su desaparición política inmediata, pero sí una pérdida evidente de respaldo interno. La fractura afecta a quienes sostenían la arquitectura orgánica del partido en la región.
La política de Vox hacia fuera suele ser de confrontación constante. Hacia dentro, la disciplina se impone sin demasiadas explicaciones públicas. Pero esta vez la ruptura ha sido imposible de ocultar. Cinco dimisiones simultáneas no admiten relato edulcorado.
La intervención de la dirección nacional no es una excepción en Vox; es casi un método. Cuando surgen conflictos territoriales, la solución pasa por recentralizar. El partido que exige descentralización competencial cuando habla de España aplica centralismo férreo en su propia casa. La paradoja no parece incomodarles.
La crisis murciana llega además en un momento delicado para la formación, con tensiones abiertas en otros territorios y una competición constante por el liderazgo del discurso más duro dentro de la derecha española. La cohesión interna es un activo imprescindible cuando la estrategia se basa en la contundencia. Sin cohesión, la contundencia se convierte en ruido.
En público, Vox seguirá hablando de firmeza, unidad y defensa de principios inquebrantables. En privado, la foto es distinta: dimisiones en cascada, liderazgo cuestionado y la dirección nacional obligada a intervenir.
El partido que presume de orden interno ha vuelto a exhibir desorden. Y esta vez no ha sido la oposición quien lo ha señalado. Han sido los suyos.