El liderazgo del Partido Popular, en una época de polarización e incertidumbre política, se ve atrapado en un delicado equilibrio entre responsabilidad institucional y la presión de su socio más radical. La portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, ha vuelto a recordarle al jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, los límites impuestos por la extrema derecha: cualquier gesto de diálogo con Pedro Sánchez será considerado como una traición al bloque conservador y poner en riesgo los posibles pactos territoriales del partido, sobre todo en Extremadura y de cara a las futuras elecciones en Aragón, Castilla y León y Andalucía.
El próximo lunes, Feijóo se reunirá con Sánchez para abordar asuntos de política exterior y defensa, entre ellos la eventual participación de tropas españolas en Ucrania. Aunque la reunión se presenta como un acto de transparencia y responsabilidad parlamentaria, Vox ya ha señalado que “Feijóo va a darle la mano a Sánchez en el peor momento para el PSOE”, advirtiendo que cualquier acercamiento podría convertirse en un “balón de oxígeno” para el Ejecutivo. Según Millán, el PP actúa como flotador del Gobierno, ofreciendo un respaldo tácito que la extrema derecha no está dispuesta a tolerar.
La crítica de Vox revela una estrategia calculada: condicionar al principal partido de la oposición para impedir cualquier acuerdo de Estado o política compartida con Sánchez. La dirigente conservadora denuncia la supuesta “pinza” política entre PP y PSOE, en la que, según su relato, los populares terminan facilitando los objetivos del Ejecutivo a costa de los ciudadanos. Este discurso no solo tiene un efecto mediático, sino que marca los límites de acción de Feijóo, quien debe calibrar cada gesto para no desairar a los socios más radicales de la derecha.
En este contexto, el PP ha intentado mantener un perfil institucional, exigiendo que cualquier decisión sobre Defensa se someta a votación vinculante en el Parlamento y que la reunión con Sánchez incluya todas las cuestiones de seguridad nacional y política exterior que preocupan a España, más allá de la propuesta concreta de enviar tropas a Ucrania. El partido insiste en que no puede limitarse a discutir “lo que Sánchez necesita”, sino que debe atender también “todo lo que preocupa a los españoles”.
Entre la responsabilidad y la amenaza de Vox
Este tira y afloja pone de relieve un fenómeno cada vez más común en la política española: la capacidad de la extrema derecha para condicionar al partido conservador principal, no mediante votos, sino a través de la presión mediática, la amenaza de rupturas territoriales y la movilización del electorado más radical. Cada paso que Feijóo da hacia la negociación con Sánchez es evaluado por Vox, que interpreta cualquier acercamiento como una transgresión a la ortodoxia del bloque conservador.
El comunicado del PP, que subraya que “el Gobierno no está en condiciones de exigir apoyo ciego a nadie”, refleja la doble necesidad de mantener su independencia frente al Ejecutivo y, al mismo tiempo, no provocar la ira de Vox, cuya influencia sobre el electorado de derechas es suficiente para afectar elecciones autonómicas y municipales. La presión de la extrema derecha actúa, en la práctica, como un sistema de veto informal que frena cualquier acercamiento que pudiera interpretarse como cooperación institucional entre partidos.
Paralización política
El resultado es una política de parálisis negociadora: mientras Sánchez busca interlocutores para consolidar pactos de Estado en áreas críticas como defensa y política exterior, Feijóo debe maniobrar para no alienar a su derecha más dura. Esta dinámica evidencia cómo la extrema derecha no necesita gobernar para condicionar políticas de Estado: basta con marcar límites claros y mantener la amenaza de rupturas o acusaciones de traición.
España se encuentra, así, ante un dilema estructural: la necesidad de acuerdos políticos estables choca con la capacidad coercitiva de Vox sobre el PP, generando un escenario donde la política de Estado se ve subordinada a la disciplina interna del bloque conservador. La reunión del lunes en Moncloa no es solo un encuentro protocolario; es una prueba de la tensión entre responsabilidad institucional y la dictadura silenciosa de la extrema derecha.
Mientras los focos mediáticos se concentran en la hipotética cooperación PP-PSOE, la verdadera negociación tiene lugar detrás del telón, donde Vox marca la línea roja que Feijóo no puede cruzar sin arriesgar su liderazgo. En este juego de presiones, la política española evidencia que la extrema derecha ha encontrado en el conservadurismo tradicional un instrumento de control efectivo, capaz de condicionar la acción gubernamental sin asumir formalmente responsabilidades de poder.