Juanma Moreno Bonilla ha prometido seguir siendo fiel a la denominada "vía andaluza" del diálogo, el entendimiento y la moderación. Lo ha hecho en su toma de posesión para un tercer mandato consecutivo y apenas unos días después de firmar un acuerdo de gobierno con Vox, formación que ocupará la Vicepresidencia de la Junta y participará por primera vez de forma plena en el Ejecutivo andaluz. La imagen resume por sí sola la transformación política que vive la derecha española.
Durante años, Moreno cultivó con esmero la imagen de dirigente templado, alejado de la confrontación y capaz de representar una derecha homologable a las grandes democracias europeas. Esa narrativa le permitió diferenciarse del estilo más bronco de otros dirigentes del Partido Popular y proyectar una idea de estabilidad que muchos analistas presentaron como un modelo político propio. Ese relato acaba de romperse.
No porque haya alcanzado un acuerdo parlamentario. Pactar forma parte de la democracia cuando las mayorías lo exigen. Lo que resulta políticamente relevante es con quién se pacta y qué consecuencias tiene ese pacto. Vox no es un socio cualquiera. Es una fuerza que cuestiona avances consolidados en igualdad, memoria democrática, inmigración, diversidad o lucha contra la violencia machista. Incorporarla al Gobierno significa convertir esas posiciones en parte de la acción institucional de Andalucía.
Moreno intenta presentar esa decisión como una muestra de diálogo y de ausencia de cordones sanitarios. La expresión resulta llamativa. La democracia no consiste en borrar las diferencias ideológicas ni en otorgar la misma legitimidad política a cualquier propuesta. Defender la igualdad entre hombres y mujeres, reconocer el cambio climático o proteger los derechos de las personas migrantes no son posiciones extremas. Forman parte del consenso democrático construido durante décadas y avalado por el ordenamiento constitucional y los compromisos internacionales de España.
El presidente andaluz sostiene que su modelo sigue siendo el mismo. Sin embargo, los gobiernos no se definen por los discursos de investidura, sino por las decisiones que adoptan y por las compañías que eligen. Si la supuesta moderación necesita entregar una vicepresidencia a la extrema derecha para mantenerse en el poder, deja de ser un proyecto político autónomo para convertirse en una fórmula de supervivencia.
El Partido Popular lleva años intentando transmitir que puede gobernar con Vox sin asumir su agenda. La experiencia demuestra lo contrario. Allí donde la extrema derecha obtiene capacidad de influencia, el debate público gira hacia sus prioridades. Ocurre con la inmigración, con las políticas de igualdad, con la memoria democrática o con la cultura. La extrema derecha nunca entra en un gobierno para gestionar lo existente. Entra para desplazar los límites de lo aceptable.
Moreno Bonilla conoce perfectamente esa realidad. Por eso sorprende aún más que siga apelando a una "vía andaluza" construida sobre la serenidad y el entendimiento. La serenidad pierde credibilidad cuando se gobierna con quienes hacen de la confrontación permanente su principal herramienta política. El diálogo resulta difícil de invocar cuando se incorpora al Ejecutivo a una formación que cuestiona derechos fundamentales conquistados con décadas de consenso democrático.
También llama la atención que el presidente sitúe entre sus prioridades la igualdad, los jóvenes, las mujeres o los servicios públicos. Gobernar con Vox obliga a explicar cómo piensa desarrollar esas políticas junto a un socio que ha combatido sistemáticamente buena parte de ellas. Esa contradicción no desaparece por repetir la palabra moderación.
Andalucía afronta desafíos enormes. La sanidad pública, la educación, el acceso a la vivienda, la financiación autonómica, el empleo juvenil o la adaptación al cambio climático requieren gobiernos sólidos y proyectos capaces de mirar más allá de la próxima legislatura. Nada de eso se consigue blanqueando a quienes convierten la división, el retroceso en derechos y el enfrentamiento cultural en su principal bandera.
La verdadera "vía andaluza" no puede construirse sobre la normalización de la extrema derecha. Moreno Bonilla ha decidido recorrer ese camino convencido de que el poder justifica el coste político. La historia reciente de Europa demuestra que cada vez que la derecha tradicional abre las puertas del gobierno a la ultraderecha, quien termina desplazándose no es la extrema derecha hacia el centro. Es la derecha democrática la que acaba alejándose de los principios que decía defender.
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