Trump pasa de ídolo a problema para la extrema derecha europea

Figuras de la extrema derecha han comenzado a recalibrar su discurso sobre Trump, adoptando una retórica sorprendentemente cercana a la de los líderes centristas que suelen denostar: defensa de la soberanía europea

24 de Enero de 2026
Actualizado el 26 de enero
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Abascal y Trump en una imagen de archivo
Abascal y Trump en una imagen de archivo

Durante años, Donald Trump fue para la derecha populista europea algo más que un aliado ideológico: fue una confirmación. Desde Washington llegaba la prueba de que el asalto a las élites liberales, el desprecio por las convenciones diplomáticas y el nacionalismo sin complejos podían no solo triunfar, sino gobernar la mayor potencia del mundo. El movimiento Make America Great Again (MAGA) funcionó como espejo y legitimación. Hoy, ese espejo devuelve una imagen incómoda.

A medida que Trump intensifica su ofensiva contra Europa amenazando con aranceles, cuestionando alianzas y, en un momento particularmente explosivo, sugiriendo la anexión de Groenlandia su enfoque de tierra arrasada en las relaciones transatlánticas se ha convertido en una carga política incluso para quienes antes se beneficiaron de su cercanía. El populismo europeo descubre, no sin ironía, que el nacionalismo estadounidense también puede apuntar hacia ellos.

Del aplauso al distanciamiento calculado

Aunque Trump reculó parcialmente, descartando el uso de la fuerza sobre Groenlandia y congelando algunas amenazas comerciales, el daño ya estaba hecho. En Bruselas y en varias capitales europeas, figuras de la extrema derecha han comenzado a recalibrar su discurso, adoptando una retórica sorprendentemente cercana a la de los líderes centristas que suelen denostar: defensa de la soberanía europea, denuncia del imperialismo estadounidense y llamamientos a la autonomía estratégica.

Nicola Procaccini, líder del grupo Conservadores y Reformistas Europeos en el Parlamento Europeo y mano derecha de la primera ministra italiana Giorgia Meloni, lo expresó con una franqueza poco habitual: cuando Trump se equivoca, hay que decirlo. La frase encierra un cambio más profundo: el reconocimiento de que la lealtad ideológica tiene límites cuando choca con los intereses nacionales.

Jordan Bardella, presidente de la Agrupación Nacional de Francia, fue aún más lejos. Desde la tribuna del Parlamento Europeo calificó la presión estadounidense sobre Groenlandia como “chantaje” y acusó a Trump de intentar “vasallar a Europa”. En un giro notable, incluso instó a la Unión Europea (UE) a activar su instrumento anticoerción —la llamada “bazuca comercial”— alineándose con la postura del presidente Emmanuel Macron.

Gobernar obliga, aspirar permite

La reacción no ha sido uniforme. La línea divisoria no pasa tanto entre países como entre quienes gobiernan y quienes aspiran al poder. Los populistas en el poder avanzan con cautela, conscientes de que enfrentarse abiertamente a Trump implica riesgos diplomáticos y económicos.

Giorgia Meloni, cuya relación privilegiada con Donald Trump ha elevado su perfil internacional, ha evitado cuidadosamente la crítica directa. No es casualidad que Italia quedara fuera de la lista de países amenazados con aranceles punitivos cuando Trump apuntó contra aliados de la OTAN por Groenlandia.

En Polonia, el presidente Karol Nawrocki sigue describiendo a Estados Unidos como un aliado “muy importante”, aunque incluso allí empiezan a aparecer grietas: asesores presidenciales han expresado inquietud por la inclusión de Vladimir Putin en la “Junta de la Paz” promovida por Washington. En Hungría, Viktor Orbán mantiene su apuesta por Trump, minimizando las amenazas y reduciendo Groenlandia a un asunto bilateral entre Dinamarca y Estados Unidos.

El caso británico

Nigel Farage, líder de Reform UK, ofrece un ejemplo revelador. Viejo amigo de Trump y figura clave del Brexit, ha marcado distancia al calificar la crisis de Groenlandia como la mayor fractura transatlántica desde la crisis de Suez de 1956. La comparación evoca declive imperial y pérdida de autonomía estratégica europea.

Farage sabe que Trump nunca fue popular en Europa, ni siquiera entre los votantes populistas. Encuestas recientes muestran que su imagen era negativa incluso antes de la escalada actual.

Admiración privada, distancia pública

Marine Le Pen entendió esta dinámica antes que muchos. Aunque comparte con Trump posiciones duras sobre migración y soberanía nacional, siempre vio con recelo su tendencia a intervenir en la política interna europea.

Tras el incendiario discurso del vicepresidente estadounidense J.D. Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Le Pen pidió contención a los suyos. Aun así, la influencia de Trump en la retórica, la estética política y las estrategias electorales de la extrema derecha europea ha sido profunda.

El problema ahora es que esa épica empieza a sonar extranjera. En un continente donde la memoria histórica pesa, invocar a Trump puede provocar abucheos donde antes generaba aplausos.

Aliado demasiado grande

Trump sigue siendo, para muchos populistas europeos, ideológicamente cercano, pero también impredecible, transaccional y, sobre todo, estadounidense hasta la médula. Cuando su nacionalismo choca con el de Europa, la afinidad se disuelve.

La derecha populista europea enfrenta así una paradoja central: el líder que ayudó a normalizar su proyecto político amenaza ahora con socavarlo. El distanciamiento no implica ruptura total, pero sí el fin del romance transatlántico. Y en política, como en geopolítica, el interés nacional siempre termina imponiéndose.

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