El Congreso de los Diputados ha vivido este miércoles una de esas sesiones que quedan registradas no solo en el diario de sesiones, sino en la memoria política de una nación. En un ambiente de máxima tensión parlamentaria, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha comparecido para dar cuenta de la posición de España ante la explosión del conflicto en Oriente Medio y para defender el paquete de medidas para paliar las consecuencias de la guerra de Donald Trump contra Irán. Lo que se esperaba como una comparecencia técnica se ha transformado, desde sus primeros compases, en una comparecencia parlamentaria de alto calado ideológico, donde el pasado de la guerra de Irak y el presente de la crisis en Irán se han fundido en un solo relato de advertencia y soberanía.
Con un tono grave y pausado, Sánchez inició su intervención rompiendo la frialdad del protocolo para dirigir sus primeras palabras a las Islas Canarias, azotadas por una borrasca, sirviéndose de ello para subrayar la "gran paradoja" que asola al mundo contemporáneo. Para el presidente, resulta trágico que, en un momento donde la emergencia climática debería ocupar la totalidad de la agenda política, los representantes públicos se vean "abocados a hablar de la guerra y de la paz". Esta declaración de intenciones marcó el inicio de un discurso que ha buscado elevarse sobre la refriega partidista para apelar a los principios fundamentales del derecho internacional.
El núcleo emocional de la jornada llegó cuando Sánchez evocó el 15 de febrero de 2003. Para el líder socialista, aquella fecha marcó un antes y un después en la memoria colectiva de un país que, con una rotundidad casi unánime, dijo "no a la guerra". Con una intención política evidente de confrontación con la bancada de la derecha, el presidente recordó cómo la sociedad española se negó a secundar lo que calificó como "una mentira que solamente perseguía hacer más ricos a los ricos y más miserables a los ya pobres".
Las alusiones a la figura de José María Aznar fueron constantes y afiladas. Sánchez describió aquel episodio no como un error estratégico, sino como un ejercicio de vanidad personal. "Nos arrastró a esa locura de todos modos porque quería sentirse importante, porque quería que el presidente de Estados Unidos le invitara a un puro y pudiera poner los pies sobre la mesa", sentenció ante el murmullo creciente de las filas del Partido Popular. La acusación fue directa: se canjeó la dignidad de España por una fotografía en las Azores, un error que, según el actual Ejecutivo, ha condicionado la inestabilidad de todo el siglo XXI.
El presidente no se limitó a la retórica, sino que desglosó con minuciosidad las consecuencias de aquel conflicto pasado para advertir sobre el abismo actual. Recordó los 300.000 muertos y los cinco millones de desplazados que dejó la invasión de Irak, calificándola como el "mayor desastre geopolítico desde Vietnam". Según el relato de Sánchez, aquella intervención no solo destruyó un país, sino que galvanizó a Al Qaeda, permitió la creación del Dáesh y, en una ironía histórica que quiso destacar, terminó reforzando al régimen iraní que hoy se sitúa en el centro de la diana.
El paralelismo con la situación actual en Irán fue trazado con una advertencia sombría: no estamos ante el mismo escenario, sino ante algo "mucho peor". Sánchez aportó datos estratégicos para justificar su preocupación, definiendo a Irán como una potencia con una población dos veces mayor que la de Irak, una economía cinco veces más pesada y un ejército que supera en número de soldados regulares a los de Alemania, Francia e Italia juntos. "Estamos en algo mucho peor, con un potencial de impacto mucho más amplio y mucho más profundo", subrayó el presidente para justificar la negativa de España a participar en cualquier aventura bélica.
Uno de los momentos más críticos de la intervención parlamentaria se produjo cuando Sánchez detalló la cronología de los ataques recientes. El presidente fue especialmente contundente al revelar cómo, según sus informaciones, la Administración estadounidense rechazó un acuerdo nuclear que ya estaba prácticamente cerrado en Ginebra y Omán. Según Sánchez, Irán se había avenido a destruir su uranio enriquecido y a aceptar la supervisión internacional bajo términos más estrictos que los logrados por Obama en 2015.
Sin embargo, el relato presidencial describió una ruptura unilateral del diálogo. "La Administración estadounidense tuvo esa propuesta en sus manos y la rechazó sin dar explicaciones", afirmó con severidad, añadiendo que apenas dos días después comenzaron los bombardeos sobre Teherán junto al Gobierno de Netanyahu. El presidente denunció que esta acción se realizó "sin amparo legal y sin un objetivo definido", cuestionando la veracidad de los informes de inteligencia que hablaban de una amenaza nuclear inminente. Citó fuentes de agencias de seguridad para sostener que no existía un programa estructurado para fabricar armas en Irán, concluyendo que las bombas cayeron sobre una premisa falsa.
La crónica de la guerra no se quedó en las fronteras de Oriente Medio; el presidente trajo el conflicto directamente a las gasolineras y a la cesta de la compra de los españoles. Sánchez fue prolijo en cifras económicas para ilustrar la factura de la "sinrazón". Denunció que el precio del diésel ha subido un 35% y el del gas un 95%, mientras que el Ibex 35 ha sufrido pérdidas millonarias que equivalen a casi 5.000 millones de euros por cada día de conflicto.
Frente a esta "erosión de las condiciones de vida", el Gobierno ha reivindicado su política de protección. Sánchez anunció la movilización del "mayor escudo social del conjunto de la Unión Europea", dotado con 5.000 millones de euros en ayudas directas. El presidente aprovechó para marcar distancias con la gestión de las crisis por parte de la derecha, recordando los recortes y rescates bancarios de la era de Cristóbal Montoro. "No elegimos las crisis, pero sí cómo resolver y afrontar estas crisis: con más protección y no menos", defendió, vinculando la resiliencia de España a su apuesta por las energías renovables para reducir la dependencia de los combustibles fósiles.
Uno de los puntos más aplaudidos por la bancada de la coalición fue la confirmación de la firmeza diplomática frente a Washington. Sánchez anunció que España ha denegado a los Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón para cualquier operación vinculada a la guerra ilegal en Irán. Esta medida, que incluye el rechazo a los aviones de repostaje, fue presentada como un ejercicio de soberanía nacional. "Somos un país soberano que no quiere participar en guerras ilegales", sentenció, subrayando que España no aceptará órdenes que contravengan sus principios de paz.
En esta línea de acción, el presidente también destacó la labor humanitaria y de seguridad, mencionando la evacuación de 8.000 españoles de la zona de conflicto y el envío de la fragata más avanzada de la Armada al Mediterráneo oriental para proteger el territorio europeo. Para Sánchez, España hoy es una "referencia internacional en defensa de la paz", una posición que el Gobierno no piensa abandonar a pesar de las presiones internacionales.
El tono de la comparecencia subió de intensidad cuando Sánchez se dirigió directamente a las señorías del Partido Popular y Vox. El presidente acusó a la oposición de mantener un silencio cómplice o un apoyo explícito a una guerra injusta. Especialmente duro fue con Alberto Núñez Feijóo, a quien afeó sus insinuaciones sobre la seguridad nacional vinculada a la inmigración. "Callar ante una guerra injusta e ilegal no es prudencia ni lealtad, es un acto de cobardía y de complicidad", disparó el jefe del Ejecutivo.
Sánchez criticó lo que denominó como "dobles estándares" de la derecha, cuestionando cómo se puede condenar la invasión de Ucrania y, al mismo tiempo, aplaudir los ataques sobre Irán o callar ante el sufrimiento en Gaza y el Líbano. Según el presidente, el patriotismo real no consiste en el seguidismo ciego a otras potencias, sino en oponerse a conflictos que perjudican el interés general de los españoles. "Lo ingenuo es pensar que las grandes potencias van a respetar las reglas si las potencias medianas nos quedamos de brazos cruzados", argumentó para justificar el activismo diplomático de su gabinete.
Hacia el final de su intervención, el presidente reconoció la incertidumbre que planea sobre el conflicto. Admitió que nadie sabe si la presión diplomática surtirá efecto o si, por el contrario, la pesadilla de Irak se repetirá "multiplicada por n". Sin embargo, quiso dejar un mensaje de certeza respecto a la postura de su Gobierno: no habrá cambios de posición. España mantendrá su "no a la ruptura unilateral del derecho internacional" y su "no a la guerra".
Sánchez cerró su crónica parlamentaria apelando a la dignidad y a la coherencia como los pilares fundamentales del orden mundial, por encima de los submarinos de la OTAN o las sedes de Naciones Unidas. Su última frase fue un compromiso personal y político que resonó con fuerza en el Hemiciclo: "España no va a ser cómplice ni de agresiones ilegales ni de mentiras disfrazadas de libertad. No esta vez. No mientras yo sea presidente del Gobierno".