Sánchez admite que en Ceuta se perpetró un ataque híbrido

El presidente del Gobierno, en su entrevista en RTVE y sin mencionar a Marruecos, ha admitido que el Estado tiene que estar mejor preparado para la prevención de ataques híbridos como los ocurridos en Ceuta el 30 y el 31 de julio

09 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 12:28h
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Sánchez entrevista RTVE

Acorralado por la peor crisis de la historia reciente tras el ataque híbrido en Ceuta, golpeado por los reveses del Supremo y con la sombra de la corrupción planeando sobre su partido, Pedro Sánchez ha decidido jugar la carta de siempre. La de la resistencia a la desesperada. En un plató de Radio Televisión Española y con la cámara enfrente, el presidente del Gobierno ha vuelto a fiar su futuro a la confrontación directa y a un relato de victimismo que está poniendo al límite las propias costuras del Estado.

Pocos políticos en Europa manejan los tiempos de la televisión como Sánchez. Hay que reconocérselo. Sabe transformar un callejón sin salida en una trinchera ideológica sin que se le mueva una sola de esas canas que tiene tan bien colocadas. Ante las cámaras, la autocrítica simplemente no existe. Si algo sale mal, la culpa es de los jueces, de la oposición, de la derecha, de la ultraderecha o de las "alertas típicas del verano".

Sin embargo, detrás de esa voz pausada y de la corbata impecable, la realidad del país enseña una cara bastante más fea.

Ceuta

Lo ocurrido a finales de julio en Ceuta no fue un contratiempo cualquiera. Fue un auténtico roto a la seguridad nacional. Que más de 70.000 personas crucen la frontera en apenas cuarenta y ocho horas deja en evidencia a todo el aparato de Inteligencia y al Ministerio del Interior. Sencillamente, nadie vio venir la marea.

Y claro, cuando al presidente le preguntaron en televisión por semejante colapso, su respuesta rozó lo insólito para un líder europeo. Dijo, sin despeinarse, que “no se previó en absoluto una llegada masiva de tantos migrantes”. Justificó la falta de reacción asegurando que las alertas de esos días eran las “típicas de julio y agosto”.

En fin. Decir que te ha pillado el toro en pleno verano porque las alertas eran las habituales denota una falta de reflejos preocupante.

Ahora toca correr y apagar el fuego con la billetera. Promesas de 180 millones de euros, planes para crear 6.000 plazas de acogida y el reconocimiento tardío de que “no puede ser que tengamos centros que acojan solamente a 1.000 personas”. Soluciones de urgencia para tapar el agujero.

Por no hablar del encaje de bolillos con Marruecos y la Corona. Mientras Sánchez califica la actuación policial como “inteligente” y presume de haber desplegado al ejército, sigue esquivando ponerle fecha al anunciado viaje del Rey Felipe VI a Ceuta y Melilla. Dice que la visita del monarca es “más necesaria que nunca” porque la ciudad exige el “cariño de las instituciones”... pero la fecha sigue metida en un cajón. Un cálculo político con Marruecos que huele a prudencia excesiva. Por no decir otra cosa.

Los jueces estropean el libreto de Moncloa

Mientras la frontera echaba humo, en Madrid el frente judicial le abría otro boquete al Gobierno. El frenazo del Tribunal Supremo a la aplicación de la llamada "ley de nietos" sentó como un jarro de agua fría en el complejo de la Moncloa.

¿La reacción del presidente? En lugar de acatar el fallo y ajustar la norma, prefirió encender el ventilador. Acusó a la derecha de alimentar bulos y sugerir "pucherazos" al estilo de Donald Trump en Estados Unidos. “Hay una corriente de fondo, un denominador común de cuestionamiento de los regímenes democráticos”, llegó a decir en la entrevista. No le falta razón respecto a la estrategia de la ultraderecha, a la que se ha sumado el PP, de cuestionar el sistema electoral, pero señalar un cambio de opinión del PP cuando él es el rey en decir hoy una cosa y mañana la contraria, como ocurrió, por ejemplo, con la amnistía, es una muestra de que vivimos en el escenario del rey desnudo. 

Ese discurso de desacreditar a los tribunales, con teorías que rozan lo conspiranoico, cada vez que dictan algo que no conviene al Ejecutivo es un juego peligroso. Afirmar tan campante que “no estamos a favor ni compartimos la resolución del Supremo” y pedirles que lo arreglen “antes de las elecciones de 2027” roza la línea roja de la separación de poderes.

Y el guion se repite punto por punto cuando el tema toca los escándalos que salpican al PSOE. Cuando le preguntaron por los contratos sospechosos y las declaraciones que apuntan a la financiación del partido, Sánchez tiró de ataque preventivo contra los acusadores: “Se le da mucha más credibilidad a un delincuente que a una organización política”. Firmó un cheque en blanco a los suyos proclamando que “no hay financiación irregular”, pero la duda, nos guste o no, ya está instalada en la calle.

La huida hacia adelante como única salida

La performance mediática de Pedro Sánchez ha confirmado lo que muchos ya sospechaban: el Gobierno ha entrado en una fase de atrincheramiento táctico. Cuando los problemas se acumulan en la puerta de casa, la consigna es resistir y pasarle la factura al siguiente.

Hasta los gestos más solemnes se rebajan en el relato oficial. Ver al Rey reunido con la cúpula militar y la ministra de Defensa en plena crisis de Ceuta fue despachado por el presidente como “una foto oportuna, normal”, de esas que “a veces se publican y a veces no”. Restarle importancia a la movilización de miles de soldados en la frontera no deja de ser un intento de maquillar lo obvio: que la diplomacia falló antes.

Sánchez ha decidido fiarlo todo a la meta de 2027. Aguantar, encajar los golpes y confiar en que la maquinaria de propaganda vuelva a hacer el milagro de movilizar a una masa sectaria. La pregunta es cuánta tensión institucional aguanta un país mientras su presidente sigue empeñado en ganar tiempo a cualquier precio.

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